Oficios y usos tradicionales en el parque nacional Los otros conservacionistas de Doñana

  • Hay oficios y usos tradicionales en Doñana que están  en peligro de extinción

  • Un saber que algunos testigos transmiten oralmente y que otros logran proyectar fuera

Oficios y usos tradicionales en el parque nacional de Doñana / Antonio Pizarro

Doñana es un libro abierto que no todos saben leer. Un periódico que cada día da noticias a quienes, a fuerza de observar, han aprendido a hablar con la naturaleza. José María Galán se adentra en las dunas, desde la playa de Matalascañas, en apenas veinte metros es capaz de llenar ya más de una página de información con huellas de sapos, zorros, gatos y ciervas. Él es guía del parque nacional y conoce este código que forma parte de un patrimonio inmaterial que ya existía mucho antes de que Doñana se convirtiera en un espacio protegido y que en parte se ha ido perdiendo. Hasta tres años de investigación tuvieron que emplear en la Estación Biológica para aprender a distinguir las huellas del macho y la hembra del lince, una sabiduría que se llevaron a la tumba los últimos guardas forestales. Antiguas generaciones que también son Doñana y cuya intervención ha sido clave para que el parque sea hoy lo que es.

José María Galán, rastreador y guía del parque nacional. José María Galán, rastreador y guía del parque nacional.

José María Galán, rastreador y guía del parque nacional. / Antonio Pizarro

Galán pertenece a esa llamada generación de Félix Rodríguez de la Fuente, fuente de inspiración para muchos que  soñaron con ser forestales, biólogos o naturalistas gracias a la televisión. Él parte con una ventaja, pisaba el terreno antes, cuando pocos sospechaban que el rastreo, además de un arte, era una ciencia. Sigue aprendiendo y la respuesta que no encuentra en las marismas las busca en tribus de África. Como guía del parque nacional participa  en un programa de intercambio y formación que permite dar una proyección al oficio de rastreador que se mantiene vivo no sólo gracias a la investigación, también como herramienta para luchar contra el tráfico ilegal de especies y frenar la matanza de elefantes y rinocerontes. “A esas comunidades las enseñamos a valorar y proteger su entorno para que puedan sobrevivir en él con equilibrio”, comenta.

“Ni las abejas entran”

Francisco Roldán, antiguo guarda y apicultor en Doñana. Francisco Roldán, antiguo guarda y apicultor en Doñana.

Francisco Roldán, antiguo guarda y apicultor en Doñana. / Antonio Pizarro

A Francisco Roldán nadie tuvo que enseñárselo. Tiene más de 80 años y 25 los pasó como guarda en la finca de los Noguera, una de las que forman parte del parque, cuando ver linces en el campo era un rutina. “Ya nada es como antes, había agua y trabajo para todo el mundo y la riqueza se repartía mejor”, comenta Francisco El Breva, como le apodan en El Rocío. Cuando hace 50 años Doñana se declaró parque nacional lo indemnizaron, pero formó durante un tiempo a los nuevos guardas.  Hoy sigue vinculado a este espacio gracias a sus colmenas, pues trabaja como apicultor, uno de los usos tradicionales que está regulado en el territorio cerrado para pesar de estos antiguos pobladores. “Hoy no quieren ni que las abejas entren en la reserva, hay muchas cosas que no entiendo... Por ejemplo, cuando se  hizo el Plan Almonte Marismas se cometieron fallos porque decidieron gente inexperta, se han secado muchos alcornoques y acebuches, aquí hay metro y medio de arena que antes no  había”, comenta desde el puente del Ajolí resignado pero lamentando que nadie los haya escuchado.

Trabajó en Alemania para ganar algo de dinero y casarse y nunca más ha salido de la aldea, convencido de que como en Doñana no se vive en ningún sitio, aunque sólo tenga “para ir tirando de la manta”. Hoy, jubilado, la miel le da un complemento, pero asegura que no se podría vivir sólo de eso como antes. Los precios no dan para cubrir costes y, de hecho, tiene hoy en una cooperativa 7.000 kilos que se resiste a malvender. “Dicen que son los chinos, que compran aquí barato, agregan azúcar a la miel y la venden luego mucho más cara en su país. Se ponen ricos y los demás, eso, a hambrear”.

Ni piñas ni madera

Manuel Ramos, rociero que ha trabajado como piñero y carbonero, entre otros oficios tradicionales. Manuel Ramos, rociero que ha trabajado como piñero y carbonero, entre otros oficios tradicionales.

Manuel Ramos, rociero que ha trabajado como piñero y carbonero, entre otros oficios tradicionales. / Antonio Pizarro

Manuel Ramos se presenta como "panzorrino", dice que así se conoce a los que no han salido de El Rocío y, aunque reconoce que su vida ha sido muy dura, cuenta que siempre tenía la posibilidad de echar un conejo a la olla o rebuscar criadillas (un tubérculo silvestre parecido a la patata). Va a cumplir 71 años y hasta hace dos ha estado trabajando en el campo. Camina apoyado en un palo que él mismo ha tallado y se dirige hacia el pinar del Moralejo donde años atrás recogía piñas y hacía ranchos de carbón. “Yo he ganado muy buen dinerito con las dos cosas, todo Almonte se dedicaba a esto”, explica mientras mira para los pinos y se lamenta del abandono de los árboles. “No sé cómo no hay más incendios, a esto le hace falta una limpieza grande y ni limpian ni dejan que lo hagamos, si dejaran coger la madera habría todavía carboneros, pero la madera la muelen y se la llevan hecha virutas”, explica Manuel El Conejo, como le conocen en la aldea, mientras explica cómo se subía a los pinos o los tipos de boliches de carbón que se hacían. Sus tres hijos dejaron el campo y su saber, que es muy variado, ya empieza a borrarse. “Ya sólo quedamos los de mi raza”, comenta risueño.

La protección de Doñana supuso en gran medida la salida del hombre de ese territorio. Hay usos regulados, pero apenas hay colmenas, ni piñeros ni carboneros porque no hay madera ni frutos que recoger. El Breva está convencido de que en 50 años toda Doñana será un espeso pinar. Y Manuel el Conejo se sorprende de que no haya más incendios y desastres en el parque, mientras recuerda cómo los carboneros quemaban incluso en verano sin que ello supusiera un riesgo ni amenaza. “Ahora ni las vacas pueden entrar y todo molesta a los pájaros, dicen...”, apunta.

El Triste, último carbonero de Doñana

Antonio Mondaca, el último carbonero de Doñana, posa en lo alto de un boliche a medio hacer. Antonio Mondaca, el último carbonero de Doñana, posa en lo alto de un boliche a medio hacer.

Antonio Mondaca, el último carbonero de Doñana, posa en lo alto de un boliche a medio hacer. / Antonio Pizarro

Galán, el rastreador, suele encontrarse a menudo por el parque con Antonio Mondaca alias el Triste o el de la Pescueza. Es el último carbonero de Doñana. Va a cumplir 70 abriles y sigue al pie de sus boliches haciendo carbón. En un land rover acarrea la leña con sus manos, sin más ayuda, cuando le dan permiso para retirar los troncos del parque. Pino, acacia y eucalipto negro que almacena en un terreno propio en Almonte. “Sólo descanso el lunes de la Virgen, este año quizás sea el último que me meta abajo”, comenta mientras empalma un cigarro con otro y con la única compañía de dos perrillas da inicio a un nuevo boliche para hacer carbón. “Yo siempre he vivido de esto, me enseñó mi suegro y aquí sigo”, explica mientras se lamenta de los robos de hoy que le han hecho perder en el último año 5.000 kilos de carbón. Hoy vende a los bares y domicilios y se resiste a los remitentes, empresas que compran al por mayor, porque lo que me pagan no da ni para arrancar la motosierra”.

Ni sus hijas ni nadie de su familia va a seguir con la tradición de construir estos hornos de carbón que acabarán desapareciendo. “Hoy ya cuecen en calderas, ese carbón se hace en 40 horas y en un rato en la barbacoa se hace ceniza, yo necesito un mes”, comenta el Triste que con una fuerza sobrenatural se sube  arriba de un boliche a medio terminar con más de seis metros de altura que hoy son auténticos monumentos, como las primitivas chozas.

Vacas y yeguas

Juan Adolfo Arangüete, presidente de la Asociación de Criadores de Ganado Marismeño. Juan Adolfo Arangüete, presidente de la Asociación de Criadores de Ganado Marismeño.

Juan Adolfo Arangüete, presidente de la Asociación de Criadores de Ganado Marismeño. / Antonio Pizarro

Antonio el Triste es una excepción. Los marismeños ya no viven de Doñana y mantienen algunas actividades por puro sentimiento. Estas marismas han sido históricamente un criadero de ganado, pues hay referencias de hace mil años.  Mantenerlo dentro del parque le cuesta hoy el dinero a Juan Adolfo Arangüete. Es el presidente de la Asociación de Criadores de Ganado Marismeño y, aunque su actividad con más proyección es la tradicional Saca de las Yeguas, convertida en un atractivo turístico mundial, lucha a diario por alzar la voz de quienes mantienen unos usos tradicionales que han modelado lo que hoy es Doñana. “No es una actividad económica, se mantienen por una razón cultural”, explica mientras se ven algunos caballos en la laguna frente a la ermita almonteña. El Plan Rector de Usos y Gestión (PRUG) regula cuántas cabezas de ganado debe haber en el espacio. Hoy no llegan a las 2.500 en 86.000 hectáreas de terreno “y hay fincas en las que no se ve ni un rabo”. Los ganaderos y otras voces locales que representa Arangüete mantienen una buena colaboración con el parque y acatan los límites, a pesar de que tienen sus opiniones sobre la “exclusión del hombre” del parque nacional, cuya gestión no puede ser buena sin una simbiosos entre los nuevos viejos conservacionistas.

Galán, buscando huellas en las dunas de Matalascañas. Galán, buscando huellas en las dunas de Matalascañas.

Galán, buscando huellas en las dunas de Matalascañas. / Antonio Pizarro

El recorrido por el parque termina de nuevo en las dunas de Matalascañas. En la playa, dentro del parque nacional hay gente practicando pesca deportiva y alguien observa que hay barcos pesqueros que han sobrepasado los límites. “¿Furtivos? Hoy también los hay, siempre se asocian a la caza pero no es un furtivo el que coge piñas o coquinas sin permiso”, pregunta Galán, el guía mientras señala otras huellas, las de los plásticos y palos de bastoncillos que se acumulan en la orilla. Otro capítulo del libro abierto de Doñana que les tocará escribir a otros.

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