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25 años de la muerte de Lola Flores

Historias de Lola

  • Un relato por algunas de las andanzas de La Faraona a su paso por Jerez, momentos que muchos jerezanos todavía guardan en el recuerdo como algo mágico y emotivo

Lola Flores, entregando a Curro Romero la Insignia de Oro de Tío José de Paula. Lola Flores, entregando a Curro Romero la Insignia de Oro de Tío José de Paula.

Lola Flores, entregando a Curro Romero la Insignia de Oro de Tío José de Paula.

El fenómeno Lola Flores sigue, 25 años después de su fallecimiento, sin perder un ápice de fuerza. La jerezana falleció un 16 de mayo de 1995 y hoy, más de dos décadas después, sigue siendo un icono a nivel internacional, a la altura de otras grandes leyendas mundiales de la talla de Ché Guevara, Camarón de la Isla o John Lenon, entre otros muchos.

Lo que más llama la atención de esta artista, nacida en la calle Sol, es que ni siquiera el cambio generacional, ni tampoco el paso del tiempo, le han hecho perder relevancia ni actualidad. Como ejemplo más claro debemos remontarnos hasta 2016, cuando, coincidiendo con la conmemoración del veinte aniversario de su muerte, el gigante Google la eligió para incorporarla a sus característicos doodles, una imagen que se pudo ver en más de veinte países, muchos de ellos tan dispares como Japón, Ucrania, Indonesia, Kenia o Kazajistán.

Lola es actualmente un icono se mire por donde se mire, no hay nada más que poner su nombre en Google y encontrarnos con más de 34 millones de resultados, cifras que no están al alcance de cualquiera, más si cabe teniendo en cuenta que falleció hace 25 años.

Su repercusión y relevancia se mantiene ahí, principalmente por todo ese legado artístico, un legado forjado a base de una enorme personalidad dentro del escenario, pero también por su vida más íntima. Incluso después de abandonar este mundo, las historias y affaires de La Faraona han llenado minutos y minutos de las parrillas televisivas, páginas de papel en revistas y periódicos o textos en formato digital.

Hablar de Lola es pues hablar de historias, historias que nos acercan un poco más a lo que fue la persona, lo que fue la artista y lo que fue el mito.

Una de ellas nace del recuerdo de Ana María Domínguez Algeciras, ‘La Jerezana’. Su padre, El Batato’, cantaor jerezano, había coincidido con Lola cuando ésta daba sus primeros pasos dentro del terreno artístico. Junto a otros artistas de la época, El Batato, Javier Molina y una jovencísima Lola recorrieron en más de una ocasión los pueblos de la zona buscándose la vida. “Mi padre trabajó con ella siendo muy niña, y aunque nunca lo dicen, tanto María Pantoja como él influyeron mucho en sus primeros años. Mi padre cantaba muy bien y le enseñó muchas cosas a Lola”, recuerda.

Aquella amistad propició que allá por los años 40, cuando La Faraona ya había empezado a despuntar dentro del mundo del arte, el Batato recurriera a ella para que Ana María pudiera tener una oportunidad. “Recuerdo que fue en Villamarta, en una de sus actuaciones con Manolo Caracol, porque ya entonces trabajaban los dos. Entré en el camerino y allí estaba Lola. Me impactó porque me recibió desnuda, y era la primera vez que yo veía eso”, asegura la artista jerezana.

Sin embargo, todas aquellas buenas palabras no acabaron con un feliz desenlace, porque “al final Lola me dejó tirada. Yo estaba trabajando entonces, y lo dejé todo porque me dijo que me llevaría con ella y me presentaría al maestro Quiroga. Hasta lo juró por su hermano Manolo, que hacía seis meses que había muerto pero al final, nada. Años después coincidimos, cuando yo ya era artista, en el bar Calderón, donde coincidíamos todos, y me pidió disculpas”.

Lola Flores, en plena fiesta en Tío José. Lola Flores, en plena fiesta en Tío José.

Lola Flores, en plena fiesta en Tío José.

Lola nunca perdió su contacto con Jerez y tras consagrarse como estrella mundial, aprovechaba alguna que otra ocasión para bajar a su tierra. En 1953, recién llegada de una gira de 19 meses por diversos países de América, Lola visitó Jerez. Lo hizo invitada por la bodega González Byass para recibir la Orden del Tío Pepe de Oro. Esta distinción, junto con la idea de vestir al Tío Pepe, había sido creada en 1939 por el burgalés Luis Pérez Solero, jefe de propaganda de González Byass. Su iniciativa pasó a ser uno de los reconocimientos más preciados de la sociedad de entonces, en especial entre artistas, toreros y personalidades de la ciencia y literatura. Tanto que lo recibieron nombres como Gregorio Marañón, José María Pemán, Lora Tamayo, Carmen Amaya, Manolete, Amparo Rivelles, Estrellita Castro, Concha Piquer, Juanita Reina, Curro Romero, Manolo Caracol o el mismísimo Urtain.

Estamos hablando de noviembre de 1953, cuando Lola Flores recibe en González Byass esta distinción. “Aquello fue algo especialmente llamativo entre todos los que trabajábamos en la bodega”, recuerda Manuel Pérez Celdrán, que llevaba apenas “dos años allí”.

Lola Flores, en una visita a González Byass posterior a la firma de la bota. Lola Flores, en una visita a González Byass posterior a la firma de la bota.

Lola Flores, en una visita a González Byass posterior a la firma de la bota.

Su presencia revolucionó, como era de esperar, a toda la plantilla de González Byass, no hay que olvidar que, en aquellos años, la jerezana se había convertido ya en una auténtica estrella. “Al final de la visita, donde firmó en una de las botas que se conserva en un buen lugar-asegura-, nos hicimos una foto todos los trabajadores y empleados de la bodega con ella, que quedó para la historia”.

Una imagen previa al saque de honor de Lola en el Domecq. Una imagen previa al saque de honor de Lola en el Domecq.

Una imagen previa al saque de honor de Lola en el Domecq. / Cedida por Rafael Romero Tarrío

Dos días después de aquel paso por González Byass, Lola acudió (en compañía del productor Cesáreo González), como invitada, a realizar el saque de honor de un partido del Jerez CD, que militaba en Segunda División. El choque enfrentaba en el estadio Domecq al equipo entrenado por Ventura Martínez con el Real Mallorca y acabó con 3-0 a favor del equipo local (con goles de Pereda, Redolat y Cortés), que entonces vestía con rayas azul y blancas. Cuentan el investigador Rafael Romero Tarrío que la artista “confundió a los equipos, porque pensaba que el Jerez vestía de rojo”, en lo que fue la anécdota del acto.

José Luis Zarzana tuvo la misión de contratarla en 1991, en la que curiosamente fue su última actuación en público en Jerez. Ocurrió en la Plaza de Toros y como de la campaña electoral de Pedro Pacheco. Para él, “aquello fue algo histórico”, recuerda, sobre todo porque además de La Farona, aquel día también había sido contratada Francisca Méndez Garrido ‘La Paquera de Jerez’. “Imagínate, la mejor cantaora de la segunda mitad del siglo XX y un genio del arte”.

Aquel evento, con un Pedro Pacheco en plena efervescencia política, supuso que en el coso jerezano se congregasen “más de ocho mil personas, si no más”, asegura Zarzana.

Lola, en el cierre de campaña de Pedro Pacheco en 1991. Lola, en el cierre de campaña de Pedro Pacheco en 1991.

Lola, en el cierre de campaña de Pedro Pacheco en 1991. / Pascual

“Tengo que reconocer que al principio estuve un poco receloso”, recuerda, principalmente porque las elecciones “coincidían en miércoles, y el lunes antes era el Lunes de Pentecostés, y Lola estaba en El Rocío. No sabía cómo iba a terminar aquello”. Sin embargo, se encontró “con una gran profesional. Lola era una profesional como la cordillera del Himalaya. La recogimos, llegó morenísima, y tras comprobar, con aquella mirada inquisidora que tenía, lo que acontecía en la plaza, salió a actuar”.

“Aquello fue un hito, porque luego también La Paquera puso su grano de arena, para mí fue una experiencia inolvidable”.

Pero para noches, las que vivieron y compartieron los socios de la Peña Tío José de Paula con La Faraona. Hasta en tres ocasiones coincidió Lola con esta entidad, con la que se estableció un vínculo estrecho.

La primera fue también en 1991 (concretamente en marzo), cuando la artista había sido invitada para recibir la Insignia de Oro de la entidad, honor que comparten nombres como Manuel Alejandro, Moraíto, Bernarda y Fernanda de Utrera o Curro Romero.

“La recogimos en el aeropuerto y estuvo aquí tres días”, relata Carmen Rodríguez, entonces relaciones públicas de la peña. Para ella, conocer a Lola “fue un descubrimiento, me encontré con una persona comprensiva y educada, e incluso después de todos aquellos actos mantuvimos una buena relación, hablando muchas veces por teléfono”.

Lo primero que pidió a los socios, que preguntaron a ésta sus preferencias gastronómicas, fueron “pimientos fritos, es que a mí me encantan”, me decía. La entrega, celebrada en las bodegas Harveys de Jerez, fue una cena en la que “Lola llamó a muchos artistas amigos suyos para que vinieran”. La fiesta, como era de esperar, duró hasta bien entrada la madrugada. Cuenta Carmen Rodríguez que, en uno de sus arrebatos, “le regaló una pulsera a una de las mujeres de la peña, ella era así”. Al día siguiente, La Faraona fue llevada a la sede de la calle Merced, y allí “le preparamos un puchero y otra vez pimentos fritos”, recuerda.

Aquel acto, no obstante, sirvió para que, dos años después, Lola acudiese por iniciativa propia a la entrega de la Insignia de Oro a Curro Romero. No obstante, su visita se debió también a otros dos temas, de un lado el homenaje rendido en el Lope de Vega de Sevilla a su amigo Beni de Cádiz, en el que Lola participó el viernes antes; y por otro, una reunión con Pedro Pacheco, alcalde de Jerez, para tratar de convertir la casa donde había nacido, en el 45 de la calle Sol, en una casa-museo.

Esta vez la cita fue en la peña, un 13 de febrero de 1993. “A mí esto me da vida”, decía a las mujeres de la entidad, con las que se mostraba como una más, si bien, tenía una relación más íntima con Salvaora y Bastiana, madre de Tomasito. La velada también duró hasta las tantas y el cante y el baile surgió a borbotones en el corazón del barrio de Santiago. Lola, que estuvo acompañada de su hija Lolita, lo pasó en grande, y las voces de Juan Junquera, Curro de la Morena, Lorenzo Gálvez ‘Ripoll’ o el mismísimo Manuel Sorto ‘Sordera’ pusieron la banda sonora a una noche. “Fue la mejor experiencia que se puede vivir”, insiste Carmen Rodríguez. “Cómo no sería aquello que hasta el propio Curro se atrevió a cantar por fandangos y a bailar”.

Otra de nuestras historias tuvo como epicentro del jerezano barrio de El Calvario, un barrio humilde situado en la zona oeste de la ciudad. Hasta allí se desplazaba Lola muchas de las veces en las que venía a Jerez de incógnito o no tenía ganas de irse a un hotel. ¿Por qué allí? Simplemente porque era la vivienda de uno de sus hombres de confianza y con el que trabajó durante casi quince años: Diego Vargas. “Lola siempre venía a casa, porque le gustaba estar tranquila, alejada de todo”.

Recuerda Diego que una de las veces, La Faraona pidió a éste, que llamara a algunas de las vecinas de la zona, para hablar un poco con ellas. Pero hete aquí que la noticia corrió como la pólvora y “cuando nos quisimos darnos cuenta, allí estaba medio Jerez debajo de mi bloque”.

Dentro de este conjunto de historias no hay que dejar pasar otra que tiene que ver con la peña Tío José de Paula. En una de sus visitas a ésta, la artista regaló a la peña uno de los cuadros que pintaba, titulado ‘El bautizo’. La única condición que puso fue que “la teníamos que invitar a un bautizo de verdad, a modo de fiesta”, asegura Carmen Rodríguez. Dicho y hecho. La entidad organizó una velada particular en la desaparecida Venta Antonio en la que fue “otra fiesta de cante y baile”.

El cuadro, con la firma de Lola arriba a la izquierda, que cedió a Tío José de Paula. El cuadro, con la firma de Lola arriba a la izquierda, que cedió a Tío José de Paula.

El cuadro, con la firma de Lola arriba a la izquierda, que cedió a Tío José de Paula.

Lola guardó especial cariño de aquel acontecimiento, sucedido en torno al año 1994, pues se sorprendió “al ver el arte de Carlitos (JuanCarlos Gil)”, un joven del barrio de Icovesa con síndrome de down, que después popularizó Jesús Quintero. “Aquello le impactó”.

En esta lista de historias está también la de amor-odio que vivieron Lola y Pedro Pacheco. El alcalde no comulgaba, al principio de su andadura política, con aquello de que Lola dijera que era de Sevilla. Sin embargo, aquella relación se fue suavizando con el paso del tiempo, hasta el punto de que Lola llegase a reconocer en público que era “el único político que había querido”.

Fue al principio de los noventa cuando quería que el Ayuntamiento arreglase la casa donde nació para convertirla en museo. Aquello nunca se hizo realidad, pues al principio del 2000 fue embargada por Hacienda, pero su relación, como demuestra su presencia en el fin de campaña de 1991, fue buena. No en vano fue el jerezano quien abanderó la escultura en su honor que hoy por hoy es uno de los iconos de Jerez de la Frontera.

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