Pero no quieren hacer daño
Educación | Psicología
Hay frases que no se olvidan porque nacen en mitad del miedo.
“Pero no quieren hacer daño”.
La guerra siempre empieza lejos, en mapas, en discursos, en decisiones económicas que parecen técnicas. Hasta que de pronto entra en una casa, en un colegio, en un hospital. Se oye en el cielo y se siente en el pecho. Obliga a cerrar puertas, apagar luces y buscar un cuarto sin ventanas.
En ese espacio pequeño, el mundo se vuelve inmenso y frágil y la vida se siente muy larga y muy corta a la vez . Los niños preguntan. Preguntan porque necesitan ordenar el ruido y entender. Porque cuando la tierra tiembla, lo primero que tiembla es la seguridad interior. Y entonces los padres hacen lo que pueden: sostener, explicar, traducir lo incomprensible en algo que no destruya por dentro.
“No nos quieren hacer daño”.
No es una consigna política. Es un acto de protección emocional. Es la decisión consciente de no sembrar odio en el corazón de un niño. De no permitir que el miedo se convierta en rencor. Porque el odio, cuando prende temprano, se queda a vivir dentro y marca las vidas.
Quienes hemos crecido en Europa hablamos de guerras como quien comenta tormentas lejanas. Analizamos alianzas, bases militares, equilibrios e intereses internacionales. Pero hay una diferencia radical entre pensar una guerra y escucharla sobre tu cabeza. Entre opinar y esconderte. Entre leer titulares y abrazar a tus hijos mientras esperan que pase el estruendo, a que se llegue un alto el fuego firmado por los que deciden.
La psicología de esos momentos es sencilla y profunda: el cuerpo busca seguridad; el alma, sentido. Y los padres, incluso con el corazón acelerado, intentan ofrecer ambas cosas. Proteger no solo del ruido, sino del veneno invisible que puede dejar la violencia, la muerte y el terror cuando se instala como relato.
Esas palabras -“pero no quieren hacer daño”- no son ingenuas. Son valientes. Porque elegir no odiar cuando todo invita a hacerlo exige una fortaleza silenciosa.
Sé que las pronunciaron dos niñas pequeñas, hijas de un matrimonio de españoles que viven en Catar por trabajo desde hace poco tiempo. Ahora , además, deben intentar que sus hijas no aprendan a mirar el mundo con miedo ni con odio.
La guerra, aunque uno sobreviva y la cuente , jamás tiene justificación. Tal vez ahí empieza la verdadera filantropía , durante una guerra en un cuarto sin ventanas. En la voz de unos padres que, aun en el miedo, deciden enseñar esperanza.
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