Jerez

Los primeros 'turistas' del vino de Jerez

  • Lo que escribieron de Jerez los viajeros románticos del XIX. Así nos vieron... y así lo bebiero.

El vino de Jerez esconde una inmensidad de historias. Nunca he abordado el asunto de aquellos aristocráticos hombres y mujeres que  atravesaron la Península durante los siglos XVIII y XIX cegados por la búsqueda del 'paraíso del Sur'. Alemanes, holandeses, irlandeses, franceses y británicos arribaron a una Andalucía en su momento histórico de máxima postración.

Para los viajeros románticos, contrarios al espíritu de la Ilustración, Andalucía era la región más diferente de Europa, la más africana, la más paisajística y, culturalmente, por la distancia y persistencia del mundo árabe, la más excepcional, la más imprevisible, la más pintoresca.

Bien es verdad que Sevilla, Granada, Córdoba, Ronda o incluso Gibraltar, fueron los destinos preferidos por los viajeros románticos. Aunque es innegable  en nuestro haber que hay una gran legión de estos 'viejos turistas', literatos y artistas, atraídos por nuestros afamados vinos  y el patrimonio monumental que reflejaban después en sus libros  de viajes o primeras 'guías de turismo'. José Luis Jiménez ha llegado a reunir los nombres de cerca de 140 de estos viajeros entre el XVIII y primera mitad del siglo XX. Pero, para no aburrir, escogeré a los más sobresalientes del siglo más prolífico, el del XIX.

LA RUTA DE BYRON

Uno de estos pioneros del turismo, ávidos por conocer los paisajes, el flamenco, el vino y el 'berigüelfandango', se llamó George Noel Gordon Byron. El inglés universal Lord Byron zarpó de Falmouth un día de julio de 1809 junto a su condiscípulo y amigo John Cam Hobhouse y, tras una travesía de cuatro días y medio, arriba a Lisboa, enviando su equipaje a Gibraltar por vía marítima. Deportista acérrimo a pesar de su cojera -emularía más tarde al legendario Leandro atravesando a nado el Estrecho de los Dardanelos y realizando otras travesías a nado- adquiere un caballo en Portugal y con él se adentra en España -en plena invasión napoleónica- en dirección  a Sevilla, ciudad que curiosea ávida y detenidamente. De Sevilla a Jerez, a caballo, a través de una bellísima campiña, como contara a su madre en una carta fechada el 11 de agosto.

Lord Byron es bien recibido por su pariente Jacobo Arturo Gordon Smythe, jefe de familia, y le hospeda en su casa de las Atarazanas durante varias horas, en las que tiene oportunidad de visitar las viñas y contemplar las faenas bodegueras del negocio de los Gordon.

Byron escribirá a su madre: "En Jerez, donde se hace el jerez que bebemos, conocí a un gran comerciante, un tal Mr. Gordon, familiar nuestro, que fue muy amable y me concedió el privilegio de visitar sus sótanos y bodegas. Así que pude beber el famoso vino en su misma fuente", una de las más bellas citas sobre el vino de Jerez. Cinco días antes le había escrito a Francis Hodgson lo siguiente:  "Volveré a España antes de ver Inglaterra, porque me he enamorado de este país".

Una vez en Cádiz, donde llega a caballo también, Byron entabla amistad con el viejo Arthur Gordon, fundador del negocio de los Gordons, y otro pariente lejano, Sir William Duff Gordon. Aún hoy, muchos anglosajones vienen a la provincia para reconstruir el viaje de Byron, como el que hicieron en mayo de 1977 los miembros de la Byron Society de Londres.

Casi veinte años después a Byron, aparece en El Puerto el norteamericano Washington Irving. Por entonces, se hizo amigo de Böhl, un alemán que dirigía las bodegas de Duff Gordon, padre de la escritora Cecilia Böhl de Faber. Cuando Irving se marchó de Andalucía, escribió a Böhl haciéndole un pedido de vino para la embajada americana en Londres. Su pedido consistía en algo insólito: "Me he comprometido con Mr. Mclane (el ministro) a procurarle, con su ayuda, una bota de jerez viejo que contenga buenas razones en cada copa; un poco de ese licor con el que Lady Macbeth se encargó de convencer a los pajes del rey Duncan. ¿Me permitirá saldar mi compromiso enviando una bota de ese vino generoso, viejo y selecto?".

Después de visitar y comer en Domecq un cálido día de agosto, Irving escribió en su diario: "Dios quiera que pueda vivir todo el tiempo para beber todo este vino y estar siempre tan feliz como él pueda ponerme". Todo eran elogios hacia el vino de Jerez, que ya conocían bien estos ricos aventureros en Europa y Norteamérica.

CIUDAD DESLUMBRANTE

En su detallado libro 'Viajeros apasionados. Testimonios en la provincia de Cádiz (1830-1930)', Ramón Clavijo Provencio nos habla del aluvión de románticos que recorrieron y reflejaron la provincia. Se detiene en el personaje de Henry David Inglis, un británico que llega a Jerez en 1830 cuando la ciudad contaba con más de quinientas bodegas censadas. Su libro 'España en 1830' fue considerado por su colega George Borrow como "uno de los mejores libros que nunca fueron escritos sobre este país". En su trabajo, resulta sorprendente cómo el hombre se desenvuelve de maravilla al hablar del proceso de elaboración del vino, exportaciones, estado de los comercios y otros muchos conocimientos que nos descubre el funcionamiento del negocio en aquella época.

Y un viajero francés, poeta y novelista para más señas, Pierre Louys, queda maravillado con la ciudad,  a la que describe en sus cartas en septiembre de 1896 como "deslumbrante... toda llena del olor de sus bodegas. En ninguna parte, el blanco demasiado intenso la deslumbra -a la vista- tanto  como en  Jerez".

"¡Hice perfectamente! Es una de las ciudades que quiero guardar en mi recuerdo. Por ella  daría dos Cádiz, ciento veinticinco Málagas y casi un rinconcito de Sevilla.

Imagínate, es una llanura ondulada, que en primavera debe estar verde, pero que en este mes es un Sahara, una ciudad enteramente blanca, pero blanca a más no poder (...) Las calles son amplias como avenidas o estrechas como corredores. En las plazas hay palmeras muy altas, por todas partes se ven bodegas y cavas".

UN ABURRIMIENTO

George W. Suter, un inglés que visitó la ciudad en 1831, es menos generoso en sus escritos: "Antes de que se importasen los elegantes carruajes, había únicamente tres coches privados y ninguno de alquiler. Uno de ellos, un vehículo enorme y antiguo tirado por mulas y enjaezado con arneses, era propiedad de un marqués del lugar. Era tan alto y tan incómodo que un criado tenía que llevar un taburete para ayudar a su señor a subir y bajar. Las calles no tenían alcantarillado y no estaban pavimentadas ni iluminadas (...) Cuando una familia iba por la noche al teatro o a una fiesta les precedía un criado que portaba una antorcha encendida en una mano y una fuerte garrocha en la otra, mientras que los muchachos llevaban faroles encendidos sujetos en las altas copas de sombreros puntiagudos. Iban armados con espada y, a veces, con pistolas".

La aventurera francesa Joséphine de Brinckmann, muy aguerrida ella, se protegía siempre del asalto de los bandoleros con dos pistolas en su viaje por España. Pisó Jerez, "una ciudad aburrida", aunque en su libro 'Paseo por España' recalca la curiosidad que supone la contemplación de "las bodegas almacenes de vinos". "Hay que ver esta ciudad, pero hay que cuidarse de no quedarse allí más de un día; es de una tristeza mortal o de una tristeza tonta que os conduce al aburrimiento. Me dicen que un buen tercio de la población se compone de ingleses; deben ser esos insulares los que la han marcado con ese  lamentable sello".

Franceses hay tela del telón: Theóphile Gautier manifestará en su libro 'Viaje a España', de 1845, su asombro por los toros y los vinos, según ha estudiado Jiménez. "Marchamos por  avenidas de toneles colocados en cuatro o cinco filas superpuestas. Tuvimos que probar todo aquello, por lo menos de las clases principales, de las que hay infinitas". Y su compatriota también de fama mundial, Alejandro Dumas, dejó escrita en su libro de viajes 'De París a Cádiz' la frase "Jerez, símbolo de la alegría y del espíritu español".

Hay más: En 1862, el hispanista Jean-Charles Davillier organiza un viaje a España junto al artista Gustave Doré, que le acompañó con idea de conocer el país y realizar unas ilustraciones para una edición de El Quijote. En el libro 'Voyage en Espagne' incluye el capítulo 'Cádiz, Jerez y la Bética', en la que nos habla del  paisaje y paisanaje de la ciudad. "Lo que nos sorprendió al entrar en Jerez fue su aspecto de bienestar, de riqueza y de limpieza, que no es privilegio de todos los pueblos de España'. Ambos prestan también atención a los aspectos artísticos, folklóricos y sus vinos. El cuadro de Doré del monasterio de La Cartuja, uno de los grandes ganchos para el viajero romántico, es de enorme belleza, como también lo fueron las pinturas  y grabados de otro romántico, el escocés David Roberts.

El escocés Roberts apareció por Jerez en abril de 1833, donde realizó cinco obras: Vistas desde la muralla, interior de San Miguel, fachada de la iglesia de Santiago, la Cartuja y vistas de la puerta del Arroyo.

En una carta a su amigo David Ramsay, escribe: "En Jerez me detuve algunos días porque tenía algunas cartas para amigos escoceses (posiblemente los Gordons) que me recibieron con todas las atenciones posibles (...) Después de visitar alguna de sus inmensas bodegas y de probar un jerez inmejorable, decidí partir".

  El 'Manuel para viajeros por España y lectores en casa' es una de las 'guías' más acreditadas de este movimiento. Lo escribió en 1845 el inglés Richard Ford, todo un personaje, que puso de moda el traje de majo, con el que viajó por toda España porque, de lo contrario, "se expondrán a que todos les miren y a verse importunados por los mendigos, que se ceban particularmente con los extranjeros".

En uno de sus viajes, Ford llega a Jerez en calesa tras tomar un vapor desde Cádiz a El Puerto. El hombre demuestra un perfecto conocimiento de la producción de nuestros vinos pero la verdad es que patina al hablar de algunos de nuestros monumentos.

William Somerset Maughan, personaje de fama internacional, escritor y hasta espía, nació en la embajada de Gran Bretaña en París en 1874 y en su libro 'Andalusía. The land of blessed virgin' habla de su viaje a la región. Uno de sus capítulos lo titula 'Jerez', donde la define de esta manera: "Una pequeña ciudad en mitad de una fértil planicie. Limpia, confortable y amplia. Jerez la Blanca es, desde luego, el hogar del sherry".

Me gusta ese 'hogar del sherry'. Quizás por eso, siempre se ha dicho que de Jerez no hace falta nunca salir, porque todo el mundo venía y viene a Jerez.

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