La sabiduría de lo breve

Educación | Cerebros en toneles

La sabiduría de lo breve.
La sabiduría de lo breve. / Luis Miguel ‘moga’
Juan Carlos González García

10 de marzo 2026 - 09:30

“La guerra de todos es padre, de todos rey; a los unos los designa como dioses, a los otros, como hombres; a los unos los hace esclavos, a los otros, libres”, decía Heráclito de Éfeso. Quizás sea este el pensamiento más claro del filósofo apodado “el oscuro”. Ya se tome en sentido literal o metafórico, lo que dice nos hace pensar, porque algún tipo de verdad, de claridad, encierra.

“La sabiduría es el reposo en la luz”, decía Joubert. Suena a felicidad y plenitud. A lo mejor por eso sostenía Pascal que “La sabiduría nos devuelve a la infancia”. Pero pensar implica mirar a la luz y a la oscuridad al mismo tiempo. En las tierras movedizas del pensamiento, la luz se confunde con la oscuridad. El lado amargo de la infancia nos recuerda que “Uno no tiene derecho a lo imposible”, como sentenciaba Rivarol. Madeleine de Souvré remataría afirmando que “La sabiduría del hombre consiste en conocer sus locuras”. Hay infinitas interpretaciones…

El pensamiento breve es una especie de rayo en la oscuridad, una explosión en el silencio de la noche, un martillazo certero, una flecha en el blanco, un grito ambiguo en la lejanía… Los aforismos y sentencias constituyen ese saber portátil que nos han legado todas las culturas, “frases a modo de lemas fáciles de recordar y utilizar en momentos de confusión vital”, explica José Luis Trullo en el prólogo a su antología de los moralistas franceses titulada Un monstruo incomprensible, publicada en la editorial Renacimiento. Y añade que el arte del pensamiento breve consiste en “destilar en el espacio más corto la experiencia más larga”.

Al utilizar el aforismo definimos, ese es el origen de la palabra. Definir es delimitar. La sentencia y la máxima también definen y delimitan. Muestran lo que hay que hacer o lo que hay que ver. Generan una regla o un principio, pero también desvelan la naturaleza paradójica de nuestra existencia. El buen aforismo invita a pensar, a rumiar la realidad y sus contradicciones. El pensamiento breve no puede quedarse en una mera descripción. Se necesita un giro que, ayudado por la figura literaria, apunte hacia algo inquietante.

Hay en este libro pensamientos breves demoledores, como este de Chamfort: “Uno se siente tentado a contemplar la sociedad como un monte lleno de ladrones, donde los más peligrosos son sus centinelas”. El pensamiento radical, el que va al fondo de las cosas, no tiene por qué ser siempre pesimista. A veces nos desborda el optimismo, como cuando Malesherbes nos susurra que “El pensamiento de la eternidad nos consuela de la rapidez de la vida”.

Pensar es dudar y sospechar, pero también imaginar otros mundos posibles. El aforismo nos ayuda a desvelar lo oculto, a ir más allá de las apariencias. Pensar significa hacer el esfuerzo por ser auténtico y no dejarse deslumbrar. Pensar es desmontar los tópicos que nos rodean, sacar a la luz la falsa inteligencia. Pensar es no dejarse manipular. De ahí que el buen aforismo sea capaz de abrir grietas, arañazos que permanecerán grabados en la piedra o en el acero para siempre.

El contenido no se puede separar de la forma. Es esencial el estilo, el saber usar antítesis, metáforas, paralelismos, ironías, quiasmos… Así gana fuerza lo que se dice, lo que se piensa, y queda para la eternidad. Pero hay que tener cuidado, nos advierte José Luis Trullo. “Debemos mantener una distancia prudente respecto a las breverdades del pasado”, porque “una sentencia mal empleada, en lugar de imbuirnos de sabiduría, expande la ignorancia y la barbarie”.

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