La sangre, la pluma y la palabra
XXX Festival de Jerez
Julio Ruiz, el primer bailaor y coreógrafo de flamenco becado por el Centre National de la Danse y la Cité Internationale des Arts de París, presentó 'La familia' en el 30º Festival de Jerez
Sergio Bernal, o cómo esculpir el baile
“Cada vez que se juntan esta familia sangra”, escribe y baila Julio Ruiz en La familia, una obra marcada profundamente por su parte textual y literaria, con la que el bailarín almeriense establece un diálogo que marca el pulso del cuento. Julio Ruiz tira del cordón umbilical que es la familia, especialmente las familias guiadas por el matriarcado, para contar un cuento que tiene ecos de ser una carta de amor pero también una tragedia con aires de La casa de Bernarda Alba.
El bailaor se mete en la piel de tres animales —cucaracha, cisne y zorro—, que representan su tía, madre, abuela. Este cuento de Julio Ruiz abre en el festival nuevos canales de interacción con la obra. Hay música, danza y punto de partida, como ocurre en la gran mayoría de propuestas, pero en este caso se genera un vínculo diferente con el propio leit motiv de la propuesta, convirtiendo el escenario en un espacio filosófico, un baile-ensayo para que cada cual abra sus propios cordones umbilicales. La familia funciona como libro, pero a diferencia del papel, aquí las páginas están vivas y habitadas por la danza, el gesto y la música.
Para lograr esta conexión Julio Ruiz se apoya en otras disciplinas, especialmente en la palabra, que pasa a ser una protagonista más. Tan importante aquí es el baile como la narrativa, con unos textos poéticos y evocadores que conversan con la obra (que son en realidad la obra) y que acaban bailando entre el público. Son afilados, sabios y punzantes, realistas y mágicos.
Con La familia Julio Ruiz rastrea sus orígenes y lo hace desde una perspectiva poco complaciente y alejada de la romantización del legado. En Andalucía más que en otras latitudes, la familia supone una forma de vida y un valor casi moral. La familia como centro que no se cuestiona ni se enfrenta, y que sin embargo es transmisora de silencios y violencias. Como disecciona Nazareth Castellanos en su ensayo El puente donde habitan las mariposas, heredamos el color de ojos o la forma del pelo, pero también heredamos los miedos y la angustia. ¿Es posible sanar vínculos sin culpabilizar a nadie en el proceso? Puede que Julio Ruiz haya encontrado la manera de re-conocer a su propia familia, de quedarse con lo que aporta y desechar lo que pesa, como las plumas del vestido que lo acompañan en una coreografía y que van cayendo a medida que baila. La pluma que ya no se esconde, la pluma que vuela orgullosa, porque “todo lo que está cerca de las alas es siempre mejor”.
De La familia salí con la sensación de haber echado en falta más baile de Julio Ruiz, de haber alargado un poquito más esos tangos con bata de zorra, pero tras este primer impulso, pensé, ¿y qué? El cuento de Julio Ruiz es este, una catarsis íntima y compartida que más allá de su aspecto formal, de los distintos lenguajes que usa, consigue conectar a través de la ensoñación. De la música que acompaña a las proyecciones y que me llevan a las películas de dibujos animados de los 90, esas que eran historias de terror disfrazadas de cuentos fantásticos, de los animales que Ruiz encarna o del título final que cierra el espectáculo, con la familia escrita con la letra de su abuela. La voz de Pepe de Pura otorga un anclaje flamenco a la propuesta, que cuenta con el asesoramiento escénico de Ernesto Artillo y la guitarra de David de Ana. La interpretación de la cucaracha -un insecto poco transitado en el baile- da buena muestra del humor que deposita en la pieza, y consigue un estado que oscila entre la risa y la repugnancia; mientras que la coreografía de la zorra es la que a nivel dancístico más consigue conmover. Ahora que estoy dentro del universo de Julio Ruiz, me quedo con el gusanillo de ver más de su cuerpo y su baile, de encontrar un mayor equilibrio entre texto y danza.
En este espacio de pensamiento que es La familia recuerdo una brillante reflexión de Leila Guerriero: “Mirar fotos viejas no ayuda a escribir, pero volver a la casa de la infancia ayuda a escribir”. La casa, la infancia, la raíz y la familia. Y donde dice escribir, se podría decir bailar, o el proceso creativo que cada cual explore. La familia sanada puede ser un lugar de construcción y de amor, pero que sangra puede ser hostil y conflictiva. La familia es como una cucaracha, la única superviviente cuando este planeta se extinga. Mientras que llega el fin del mundo y no, celebro las propuestas como esta de Julio Ruiz, una pequeña sacudida inesperada, el baile-libro que nunca había visto.
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