Ópera

Il Trovatore de Verdi, un clásico renovado para los cinco sentidos

  • Marta Eguilior estrena en el Villamarta la partitura perfecta

Un momento de la obra. Un momento de la obra.

Un momento de la obra. / foto © Miguel Ángel González (Jerez)

En tiempos de plagas el amor por la lírica nos retrotrae a los tiempos en los que la vida era también complicada y el destino estaba escrito en el fuego que alumbraba cárceles, dormitorios y campamentos. Una auténtica odisea llegar al fin del día sin haber perecido en las manos de las tinieblas, de las guerras o de la misma hoguera. O lo que es lo mismo, de las redes sociales, la economía o la salud. La apuesta por crear un espectáculo capaz de unificar todos los sentidos apoyándose en un compositor como Verdi, un libreto como el del Trovador y una historia llena de fuerza desgarradora, que por cierto escribió un chiclanero, da sus frutos en esta producción que ha aterrizado en el Villamarta a pesar de las condiciones adversas de una sociedad en proceso de reencuentro. La directora escénica Marta Eguilior, de la que se va a hablar mucho y bien, condensa con sabiduría la estructura clásica y el matiz revolucionario de aprovechar las nuevas tecnologías. Los figurines de un Jesús Ruiz siguen creando tendencia y perfilan cuerpos en movimiento. La orquesta y su director musical ayudan a mover los hilos que Verdi tejió para renovar los códigos de la lírica italiana del momento. Y todo el equipo técnico y artístico se afana por dotar de credibilidad a la magia de un espectáculo henchido de melodrama de la época romántica en pleno siglo XXI. El conflicto teatral planteado desde un principio, permanece durante toda la obra. Un conflicto de intereses que hace que el desgarro y la soledad de los personajes convivan en todo momento. El destino, como nexo argumental, y las pasiones como paradigma del amor en todos sus grados y en todas sus formas posibilitan que el amor heroico, el amor de madre, el amor romántico y el amor propio sean los dueños del subtexto de la obra. Emociones llevadas al extremo y enfrentadas por celos, venganzas o pasiones.

Aunque la historia del trovador, la gitana, y los demás personajes es archiconocida, siempre podemos tener nuevos matices a la hora de enfrentarnos a ella. Y ahí, la partitura hace de directora espiritual de quienes crean arte en una mañana de invierno y quienes disfrutan como espectadores de emociones personales dejándose embelesar por una melodía que lleva en volandas la creación anímica de cada escena. Desde el comienzo, el fuego es protagonista. La narración musical del preludio nos lleva por el camino del belcanto verdiano y la fuerza de la puesta en escena hace el resto durante los cuatro actos. Atractiva y a la vez metafórica, con lunas llenas, arboledas, luces de neón y proyecciones que cubren todo el escenario de luz con maestría para que los personajes se hagan diminutos ante la fuerza de la naturaleza surrealista que llena de fantasmas el escenario. Fantasmas que inundan las gasas de proscenio, de los sucesivos telones intermedios y de las pausas técnicas dejando entrever la intención de que el nivel de ilusionismo conseguido permanezca en altos umbrales de atención visual. La verdadera idiosincrasia de Verdi pone en alerta a todos desde el principio. En particular en esta ópera tan peculiar y en concreto desde una dirección de escena que exige a todos los demás componentes por igual. Exigencias, que se subraya desde regiduría con docenas de cambios de escenografía con maquinaria, proyecciones para los cicloramas y un trabajo técnico imponente. Exigencias que se plasma en los cambios de vestuario y en la iluminación. Esfuerzo tremendo el de los solistas, para además de cantar, hacer que sus personajes tengan vida propia movidos como títeres en el escenario en función de los mutis, los movimientos y los apartes ideados por dirección de escena a diferentes alturas y mediante cuadros troceando el escenario en función de los focos y las gasas móviles.

El fuego y la pasión han dado carácter a los grandes momentos de esta producción. Esa fuerza se ha adueñado de la estructura dramática y musical por la musicalidad de los conflictos tanto en la presentación de los personajes como en los otros momentos cumbres de la obra: el coro de los gitanos, el miserere, los duetos y los tercetos haciendo que las tonalidades estén bien ligadas, con una métrica muy efectista y con una calidad de voces digna de una gran partitura. Todos ellos con un fraseo muy correcto y elocuente, timbres muy atractivos, tesitura adecuada a su voz y fineza a la hora de atacar las notas. Una Leonora impresionante. Con una fuerza espiratoria tal que le permite crear personaje en todo momento, sin abombar y haciendo que la glotis fuese protagonista, con tonos bemoles que acompañan a su personaje desde el aria de salida del primer acto hasta el más conocido y sublime del cuarto. Una mezzo y un tenor en tonalidades sostenidas. Con sorpresas, por dar importancia incluso a nivel del barítono a una mezzo que en pocas ocasiones es tenida tan en cuenta. Siendo capaz de abrir los sonidos sin esfuerzo y que en ocasiones se encarga de acercarse a una soprano delicada. Mientras, la línea del tenor consigue afianzarse en lo limpio y sonoro de la garganta subiendo sin problemas en la cabaletta, intensificando emociones y acelerando el ritmo musical sin problemas de respuesta torácica.

Por su parte, un viejo conocido como Luis Cansino, un barítono en su línea de brillantez del personaje ampliando notas. Los demás solistas acompañan a un gran nivel, y el coro, en un momento de renovación de voces, supera con éxito los escasos momentos en que intervenía con garra y personalidad en todas las cuerdas. La pasión añadida, a modo de apuesta corporal de un cuerpo de baile, revoluciona la escena con una danza urbana intensa y endiablada. Toda esa amalgama de pasión se ve apoyada en todo momento por una batuta que también está dando que hablar, concentrada en todo momento, dirigiendo con maestría a una orquesta que ya ha cumplido con creces la mayoría de edad y llevando el ritmo ayudando en todo momento a los solistas, respetando la partitura en cuanto a las cuerdas y los vientos y dando especial notoriedad a los metales y la percusión, con variaciones melódicas, que en esta obra tienen momentos especiales de protagonismo, a la hora de cambiar de estados de ánimo y de ambiente musical, en todos los momentos difíciles de la ópera, en los duetos y tercetos, especialmente en las arias de los solistas, en la conjunción del Miserere interno con el aria final de una María Katzarava imponente y sobre manera para los famosos concertantes que tiene, que en esta ocasión han tenido una ejecución limpia y acompasada con la orquesta.

El discurso Verdiano siempre da que hablar. Sus partituras han sentado cátedra. Igual que esta producción que ha tenido una respuesta impresionante entre el público asistente y tiene todos los mimbres para seguir en boca de todos. Sobre todo, una idea clarísima de lo que se quiere. Unas ganas enormes de crear. Y un ensamblaje entre teatro, música, lírica, danza y medios audiovisuales que ejemplifica a las claras lo que un espectáculo de ópera actual requiere.

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