Cultura

De las calles de La Granja a las alturas de Málaga

Un festival de cine tiene mucho de glamour y de revistas del corazón. El de Málaga no podía ser menos, y de eso se ha ido nutriendo para poder alcanzar, este año, la mayoría de edad. Pero todo lo que rodea a un festival, incluso al límite de lo falso, es necesario para que los publicistas y las marcas sean capaces de aportar dinero a cambio de notoriedad. Pero este festival tiene algo especial: joven y sobradamente preparado para lo que organiza. Un festival que, escudriñándolo por dentro, tiene mucho de osadía, porque es capaz de apostar por nuevos directores y programar operas primas de autores desconocidos. Tiene también mucho de novedoso, porque es el escaparate para todas las nuevas cintas que se han grabado el pasado año y sobre todo tiene algo de frescura, la que le aporta un equipo de gente joven, siempre dispuestas a agradar, amable con todos y que sabe compaginar la seriedad a la hora de llevar a cabo un evento como éste con la capacidad de hacer enamorar con la magia del cine.

En este entramado circense, Juan Miguel del Castillo y todo su equipo se han bautizado en estos menesteres. Han sido centro de atención de cámaras, periodistas y enviados especiales. Se han movido entre bambalinas con especial timidez. Han sabido captar la atención desde la humildad. Ha transcendido la imagen de grupo antes que el protagonismo de nadie. Es lo que tiene ser personas antes que floreros.

Desde la llegada a Málaga, Juan ya nos manifestaba sorpresa y nervios sobre la respuesta de la película. Las ruedas de prensa con periodistas eran puestas en escena dedicadas a repetir lo mismo… "pero es necesario en este mundo", nos decía. Las reuniones de salones de los hoteles, encuentro entre amigos y profesionales, con abrazos sinceros pero con el callado egoísmo de los sentimientos sobre la propia película. La alfombra roja, un manojo de nervios a las puertas de las proyecciones. Y la tarde de la presentación en la sección oficial, un cúmulo de segundos y minutos interminables, de idas y venidas, de llamadas de teléfono, de wasaps de todo tipo, de saludos y de parabienes, de dolores de cabeza, de sentimientos encontrados y de alegría de poder estrenar en un festival algo que durante años ha sido un proyecto y que definitivamente es realidad.

La sala del Cervantes, llena de amigos, de periodistas y de público deseoso de ver en directo la cinta de la que tanto se ha hablado. La hora y media de proyección con el corazón en un puño, recibiendo emociones y haciendo que los espectadores no pestañearan para no perder un plano. Las respiraciones entrecortadas, los suspiros de muchos de los presentes los únicos sonidos que acertaban a cortar el aire y lágrimas, muchas lágrimas, de congoja y de empatía, de cientos de personas entregadas a lo que estaban viendo en la gran pantalla. Los ojos de Natalia de Molina, capaces de hablar sin palabras, el tempo acorde con la trama argumental, los primeros planos y los diálogos encadenando la angustia de una mujer al límite y los actores y actrices acompañando de manera magistral. El ambiente que se respira en todo momento es el de Jerez, y de cualquier rincón de esta Andalucía castigada por el paro, el hambre, los desahucios. Gracias a los planos mantenidos, y al encadenamiento de secuencias, la película alberga la fineza de los genios del neorrealismo en el cine. Tan tangible como cruda es la realidad.

El fin de semana posterior a ese jueves de gloria, más de lo mismo, la parafernalia y los amigos incondicionales. La espera sobre los premios que, a la larga, son los que dan recorrido a un film. Contando las horas para conocer alguna filtración del jurado. Y como epílogo, encantados con los tres premios recibidos. Merecidos y justos. Pero en el fondo de muchos de los que estuvimos, de los amantes del cine, de los que creen en el poder de las artes escénicas, un premio a la forma de montar historias, para hacer pensar a los demás, y a la perseverancia de un director jerezano, que cuenta historias y además hacen que sean creíbles. Un crío de Las Viñas que ha visto cumplido su sueño de dirigir un largometraje. Una película, digna de los montajes a los que nos tiene acostumbrados. Cine de autor del de verdad, con sentimiento de celuloide diferente. Una forma de contar la realidad que seguro dará mucho que hablar.

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