Confusión

19 de enero 2026 - 05:20

El mundo que nos hemos dado persigue con ansiedad vital la seguridad, una seguridad que nos es muy difícil alcanzar a casi todos los que vivimos en él.

La ausencia de certeza en las verdades que nos atañen, en los postulados que afectan el existir en el que somos, es una constante que desconcierta la consciencia que nos habita, agita la tranquilidad que ansiamos y obstaculiza la paz que nuestro espíritu apetece y la conciencia, que nos permite entender, necesita.

La causa, tal vez una de ellas, tal vez la primera y más relevante de ellas, podría residir en la abismal desproporción entre la agilidad cambiante y volátil de lo que de inmaterial reside en nuestra condición y la terrible pereza y estanqueidad y resistencia al cambio que lastra lo que de material y tangible nos condiciona como los seres humanos que somos. Es posible, así lo creemos, que el continuo enfrentamiento entre esos dos componentes de la esencia que nos determina, tan desfasados en el ritmo y la rapidez con la que cada uno de ellos se manifiesta y actúa, provoque un desajuste emocional que conlleve la dificultad para asimilar certezas, pues la percepción que recibimos gracias a los sentidos y la posterior elaboración que con esa información asimilada lleva a cabo la razón, debido a ese compás desigual con el que los unos y la otra se desenvuelven, parece que tuviesen lugar en mundos distintos, cuando es evidente que no es así.

Conjuntar en la consciencia, con armonía y coherencia, sensaciones e ideas cuando unas se generan con pausada parsimonia, pues lo hacen al paso con el que se puede mover todo lo material que conocemos, y otras lo hagan dejando en muy lejanos pañales la velocidad a la que se desplaza la luz, requiere de facultades que probablemente no tenemos.

La realidad es cambio. Nada permanece: ni las percepciones ni lo que entendemos, y comprendemos después, ni la razón ni las ideas, todo, y siempre, cambia. Y si es importante tener clara conciencia de lo, en nuestra opinión, irrefutable de esta afirmación, no lo es en menor medida tener también muy presente, y en cuenta, lo trascendente que para nuestro existir pueda ser la presteza o lentitud con la que cambie lo que cambia. Aunque ni todo tenga porqué hacerlo a igual ritmo ni tampoco este haya de ser siempre el mismo o nunca inamovible.

Si el magín con que contamos tiene capacidades que aún desconocemos, y de seguro son muchas, nuestro cuerpo, además de ser mucho más limitado, nos es mucho más conocido: ha sido más 'fácil' trasplantar un pulmón, un hígado, o un corazón que averiguar algo más del 10% de las facultades que se esconden en el cerebro. Sin embargo, somos los seres que somos: mente y cuerpo, pues si faltase alguno de los dos nuestra realidad, tal como la entendemos, no sería posible y nuestro existir, tampoco.

De manera que, a modo de más gráfico ejemplo, sería como si colocásemos el motor del último modelo de la casa de Módena: el Ferrari Purosangue -nuestra mente-, en la carrocería de… un autobús de línea -nuestro cuerpo-: las prestaciones de una, al estar condicionada por las carencias del otro jamás, podrían desarrollar todas las posibilidades con las que cuenta ni dar de sí las potencias que posee. Las limitaciones de un cuerpo, como materia corrompible y caduca que es, lastran los posibles de la mente, coartan sus potencias, frenan su expansión, restringen su alcance, confinan y reducen sus realidades…

¿Cómo no estar sometidos a la continua confusión si una de las dos 'partes' -expresémoslo así- que nos determinan como los seres que somos, racionales y por ende humanos: la mente, habita universos inaccesibles para la otra: el cuerpo?:

Cuerpo y alma habitan universos diferentes, a veces cohabitables, otras incompatibles. Es entonces cuando nos invade la confusión.

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