Gafas de cerca
Tacho Rufino
Sudoku
Una abuela de mi mujer fue novia del abuelo de un amigo. A todos los efectos, parecían la pareja perfecta, pero no pudo ser: ella era anglófila y él germanófilo. Cuando nos lo contaba, nos reíamos. Aquella diferencia puramente teórica en una guerra que no era la suya (en la que ambos compartieron bando con fervor) arrasó un compromiso tan romántico…
En la derecha actual están surgiendo ásperas divergencias. No sé compromisos, pero ya he visto amistades saltar en pedazos. La posición proisraelí y la antisionista generan acusaciones cruzadas de herejía o de mal catolicismo, con la peculiaridad de que el que acaba de lanzar su fatwa se escandaliza mucho de que a él le cuelguen un sambenito. Es un tema crucial, sí, pero lo bastante lejano como para no meter esas hostilidades en casa.
Otro es la etiqueta del liberalismo. Digo “etiqueta” a posta porque, luego, hasta los más antiliberales quieren que les paguen según las reglas del mercado, que nadie se inmiscuya en su libertad personal y que la separación de poderes funcione. Y la mayor parte de los liberales reconoce principios inviolables que ni la autonomía individual ni el mercado deberían tocar.
Un nuevo barullo se está montando entre “jardineros”, partidarios de volver la espalda a la batalla cultural, y los “defensores”, preparados para darla. Resulta raro. Quien defiende algo es porque tiene detrás algo que guardar, o sea, un jardín. Y quien cuida un jardín sabe que las lindes son sagradas y, además, su trabajo cotidiano es arrancar las malas hierbas, pulverizar fungicidas y poner coto a las orugas. Mi experiencia es que los frutos y las flores, como el bien, salen solos, de milagro, con tal de que el jardinero… los defienda.
Otro rifirrafe: ¿basta con echar a Sánchez o hay que echar también al sanchismo? En esta cuestión, debería ser fácil llegar a un acuerdo, aunque no lo está siendo. ¿La mejor manera de echar a Sánchez no es expulsar también su ideología? Que no pase como con la derrota de Zapatero, que, al final, fue para nada.
Mi abuela política hizo bien en romper su compromiso con el germanófilo o, al menos, salió bien, porque yo no cambio el código genético de mi mujer por nada del mundo. Sin embargo, los debates de ahora, necesarios, no deberían romper nada. Que nuestras simpatías no emboten nuestra simpatía.
También te puede interesar
Gafas de cerca
Tacho Rufino
Sudoku
Yo te digo mi verdad
Manuel Muñoz Fossati
¡El rey va desnudo!
Cambio de sentido
Carmen Camacho
Razones
El pinsapar
Enrique Montiel
La muñeca rusa