Monticello
Víctor J. Vázquez
Nobleza obliga
De entre las plumas más finas y mejor cortadas del periodismo español sobresalió -siempre a pasos agigantados- la de Manuel Bueno. Jamás rasgó el papel. Hoy sus crónicas -como reflejadas en la negra oscuridad de un espejo nocturno- no únicamente resultan invisibles, y ni siquiera incunables, sino -para más inri- el nombre y primer apellido de quien las firmaba tampoco retumba ni de lejos ni de cerca en el reconocimiento -o, peor aún, en el mero conocimiento- de las novas promociones de lectores en ciernes (inclúyanse los periodistas pertenecientes a las tres últimas generaciones -¿tiro corto?- de profesionales tan familiarizados de otra parte con la inminencia y el necesario dominio técnico de la informática). Manuel Bueno -de la cuna a la tumba, de la ceca a la meca- hizo honor a su primer apellido: nunca concibió el odio sin motivo o la fruslería como norma o la fullería como método de falso progreso -las trampas implícitas del verbo trepar- en el aspecto estrictamente personal. Durante más de cuatro décadas -pongamos que hablamos de las primeras del siglo XX- Manuel Bueno -su rúbrica reputada y nunca repuntada- ocupó la primera plana de diversos periódicos de máximo prestigio nacional. Manuel Bueno creaba toda una mundología -carente de fantasmagoría- extraída de cualquier noticia sutil -la pura delectación literaria suscrita en los márgenes de una aparente información volandera-. Aportó al periodismo -digámoslo así- el difícil arte -la pirueta elegante sobre la cuerda floja- del mirar largo -profundo- y escribir corto -y nunca superficial-. Esa maestría del equilibro de la estilográfica sobre el sentido y la imprevista e impredecible orientación de una crónica… De un artículo, de un reportaje, de una entrevista.
Hoy me apetece dedicar este ‘Jerez íntimo’ -en dos entregas: la segunda, pasado mañana miércoles- a la crónica social. Y, al tomar recado de escribir y tras sentarme al teclado inalámbrico del iPad, he recordado el aliento de Manuel Bueno. Porque las negritas de la crónica local no saben de estratos ni de cargos institucionales. Y porque las señas de identidad de una ciudad ascienden o descienden indistintamente del pulso diario según las esferas de la oficialidad y de la anonimia. De esto sabía un rato Elena Fortún o FabiánVidal. Y hasta, por extensión cronológica, Manuel Barrios -coincidente en las iniciales con Manuel Bueno-. Nadie ha de ser menos que nadie al punto de merecer su mención en el papel prensa -que es lienzo sobre el que dibuja palabras el cronista-. “Ni tú bordas pañuelos, ni yo rompo contratos”, cantaba y todavía canta -ahora un tanto más en petit comité- Joaquín Sabina. Considero que la columna de opinión ofrece el riesgo -¿la valentía?- de la sobreexposición. Con sus ingredientes de visión, demarcación y -sobre todo- interpretación. José María Izquierdo añadiría la salsa de la divagación. José Luis Martín Descalzo -otro escritor de periódicos tristemente olvidado en estos tiempos de laxitud- dejó dicho que por lo común “preferimos beber la papilla que nos sirven los telediarios en lugar de tratar de formarnos nuestra propia opinión sobre las cosas”. Hete aquí, por consiguiente, la función del articulista: ofrecer la suya para identificación u oposición -de pensamiento y no de obra- del lector.
Comienzo trasladando mi franca felicitación a la pareja tanto profesional- ambos pertenecen a la plantilla de la reputada inmobiliaria Solerahogar- como sentimental formada por los excelentes amigos Jessica Jiménez Montes de Oca y Adrián Lomas García. Sendos, canela pura en rama. Bonísimas personas. Gente guapa, que diría el recordado FaustinoRodríguez -del bar Juanito-. Jessica está en estado de buena esperanza: dentro de sí crece la niña Adriana. Su llegada, Deo volente, se prevé para el 28 de abril. Entonces las sonrisas florecerán enseguida en los rostros de los niños Gema y Miguel, los hermanitos que ya sueñan con las nanas blancas de quien dibujará mofletes de inocencia y melodías de biberones en esta familia donde prima, sobre cualquiera otra prioridad, el amor verdadero.
Y, por contraste, una defunción: la del también amigo y ejemplar caballero José MaríaPemán Domecq, hijo pequeño del escritor, articulista, jurista, dramaturgo, académico de las Academias de las Españas -escritas en plural- José María Pemán y Pemartín. De los nueve hijos de Pemán, José María fue el único que nació en el Castillo de san Javier -así se denominó popularmente la gran casa de la familia en la gaditana Plaza de SanAntonio-. Siempre me estimulaba conversar por largo con José María, quien adoraba -como Dios manda- al autor de sus días y no escatimaba minutos en relatarte recuerdos tan íntimos como anecdóticos del progenitor en sus visitas a Estoril, la asistencia a las sesiones de la Real Academia Española o los desayunos de instructivas charlas paternofiliales. José María fue un hombre entusiasta y emprendedor. Con su natural dinamismo unía, como en un triángulo obtusángulo, Jerez, El Puerto de Santa María y Cádiz. Ha dado un salto al cielo cuando contaba la edad de 86 años para enseguida comprobar, de primera mano, cómo en el paraíso se conserva la salada claridad que su padre acertó a descubrir en la muchacha trimilenaria que dio en llamar Tacita de Plata.
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