Jerez: estados de buena esperanza, natalicios y defunciones (II)

Jerez llora la muerte de Pepe Ballesteros (segundo por la izquierda), de la Venta Esteban.
Jerez llora la muerte de Pepe Ballesteros (segundo por la izquierda), de la Venta Esteban. / Manuel Aranda

21 de enero 2026 - 05:11

Hay quienes consideran -con razones de peso y fundamentos académicos- que la necrológica es un género stricto sensu del periodismo. Suscribo esta afirmación. En paralelo han de incluirse -¡antes de la implosión de la muerte aconteció la explosión del parto!- los natalicios. Lo contrario es tomar las de Villadiego. O parafrasear martingalas. La muerte que se pluraliza -así como las resultantes del desgarrador accidente de tren en Adamuz (Córdoba)- exige -desde la sensibilidad del articulista- punto menos que la ancha fecundidad del alfabeto para describir, siquiera grosso modo, la estela de dolor extensible a tantísimas personas. Entonces la escritura -como la letra del viejo refranero- también con sangre entra. Como la descripción de una herida sin cicatrizar al dictado de la estilográfica abierta en agraz…

Entre quien escribe y quienes leen subsiste una especie de combustión de los sentimientos. Un linaje de identificaciones probablemente incierto de genealogías pero verosímil de analogías. La semántica salta entonces a la palestra del papel prensa con tiritones de convalecencia, aunque segura de su propia supervivencia frente al tratamiento -a la incursión- de la temática que, por ventura o infortunio -¡la actualidad manda!-, le tocó en suerte. ¿En suerte? La crónica local -sus nunca inalámbricos ecos de sociedad- es fedataria -ora en prosa poética ora en redacción de frases asertivas- de los nacimientos y las muertes, alfa y omega del convecino, bienvenida y despedida de quienes -ciudadanos a mucha honra- formaron y formarán parte del pulso de la urbe. Y, entretanto, la vida que pasa… como en la celebérrima letra de la tonante canción de ‘Pata Negra’ de finales de la década de los 80.

En el corto trayecto que comienza en el 4 de enero del presente año en curso y finaliza al alba del pasado jueves 15 han fallecido sendos miembros de un matrimonio que se quiso a rabiar de principio a fin -décadas de incondicional entrega al amor compartido (recíproco) y a la exquisita educación de sus hijos José Ramón, Mercedes, Dulce, África, Javier y Vanesa-. Me refiero a Maruja Franco Ortega y a José Pinto Berraquero. Entre el cielo y el suelo apenas estuvieron distanciados 11 días mal contados. No sólo han permanecido juntos -manos entrelazadas- hasta que la muerte los separase. La eternidad, hoy, los acoge. Maruja venía sufriendo diferentes achaques de salud por veces más insalvables. Su marido José se marchó -a buscarla de nuevo- mientras plácidamente dormía. Como si soñara con el verso del poeta: “Espérame, que yo te sigo”. Cuanto ellos han dado a sus hijos no puede, ni de lejos, cuantificarse. Tampoco, por descontado, las alforjas de cariño recibido cuya cantidad sin medida ambos trasladaron -como aval, como recompensa- allí donde ahora el color celeste domina los espacios y el tiempo se detiene como en una transposición de la magnitud física sin segunderos. Maruja y José, enamorados ayer y siempre, descansen en paz.

Acunemos -entonando la dulce nana de la ea, ea, ea- un nacimiento harto esperado. Parabienes y eclosión de felicidad -¡tan fértil de flores blancas!-. Magnitud del llanto niño que dibuja sonrisas en la cristalización de la esperanza hecha realidad. El milagro de la gestación que arriba allí donde la libertad -el nacer a la verdad de la existencia- muestra sus mofletes anacarados y donde la patria sin banderas posee la pe inicial de la palabra “padres”. Dios sigue creyendo, efectivamente, en la acción y la consecuencia de los seres humanos. El 23 de diciembre vino al mundo Iván Castro Maraver -peso: 2,590-, primogénito de Susana Maraver Puerto y Ángel Castro Moreno. Susana y Ángel están hechos de la pasta -del hecho- diferencial de las alianzas -esposa, esposo- auténticos. La una y el otro con corazones que no les cabe en el pecho. Sé de lo que hablo y yo me entiendo. Felicitaciones en cantidades industriales para los abuelos paternos -otro matrimonio ejemplar de gente bonísima a la que profeso, desde hace muchos años, invariable afecto y a los que muchos tenemos y sostenemos ley de inquebrantable amistad: Ángeles Moreno García y Rafael Castro Cabrera- y para los maternos: un abrazo sincero que dedico a Susana Puerto Paz y un beso para las estancias azules en cuyo sereno gozo habita Rafael Maraver Delgado desde 2019. ¡Bienvenido a esta tierra jerezana -que te pertenece como la rosa al piropo-, pequeño Iván!

¡Qué decir de la muerte de Pepe Ballesteros, el hostelero risueño por naturaleza tras la barra de la Venta Esteban, que no sepan ya los jerezanos! Si jamás se le cayeron los anillos del esfuerzo ímprobo y/o del trabajo a destajo o/y de la excelencia como sello personal -distintivo de calidad que siempre dejaba buen sabor de boca-, nada que añadir, señorías, cuando, quebrándose nuestra emoción, leemos la dedicatoria -por separado- in memoriam de sus hijos. ¡Cuánto amor regaló y cuánto amor recoge y hoy transporta, el bueno de Pepe! ¡Gracias por todo, gracias por tanto! Dije el pasado lunes que este artículo ofrecería dos entregas. Fallé en las predicciones. Pasado mañana viernes, más. ¿Quizá la tercera y última?

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