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Jerez: estados de buena esperanza, natalicios y defunciones (III)

Miriam González González y Alejandro Revaliente Mera han sido padres de una hermosa niña llamada Carlota.
Miriam González González y Alejandro Revaliente Mera han sido padres de una hermosa niña llamada Carlota.

23 de enero 2026 - 05:38

Este ‘Jerez íntimo’ dedicado a recentísimos estados de buena esperanza, natalicios y defunciones -el lunes publicaré la cuarta y sí última entrega de la serie- me ha granjeado no pocas satisfacciones. Las familias de los destinatarios han agradecido muy de veras las distintas menciones. “Nada que agradecer”, comento -convencido y ojalá convincente- a personas tan bien nacidas: un servidor tan sólo levanta acta de de aquello que palpita Jerez intramuros. Obedeciendo, sin más ni más, al ‘Signo y viento de la hora’, por expresarlo con el título de la compilación de artículos de José María Pemán publicado en 1970 por Salvat Editores-Alianza Editorial (ejemplar que adquirí hace veintisiete años, a módico precio, en una librería de viejo y de nombre comercial muy propicio –‘Reciclaje’- abierta entonces a un tiro de piedra de la catedral de la Encarnación de Almería). Me refiero a José María Pemán padre y no a José María Pemán hijo (fallecido hace escasamente una semana y quien supo defender a capa y espada el legado -en la ancha dimensión que este caso ocupa- de su padre). Dentro del Pemartín por mamá y del Domecq -por ídem- corre sin variaciones la misma sangre. Por cierto: en este recomendable libro -de extensión media: 174 paginas, formato bolsillo- Pemán aborda la vaporosa consecuencia de la timidez para con la creación -los peligros de que el creador se adormezca “entre las dulzuras de sus laureles hipotéticos”-. ¡Cómo supo indagar el autor de ‘Las flores del bien’ en los claroscuros del ser humano!

Por todo lo anteriormente expuesto en la reflexión -no prologal- de esta columna, extiendo mis parabienes a una familia jerezana de pura cepa: los Revaliente Mera. Decir, en Jerez, Ángel Revaliente Domínguez es hacerlo de un periodista -vocacional a nativitate- de casta y cuerpo entero que, Deo gratias, ha sido profeta en su tierra -a la que ama con arrobo de cadete enamorado hasta las trancas de la niña de sus ojos-. Tras las imprevistas marchas -prácticamente antier- hacia la redacción de linotipias y primeras planas del periódico ‘Reino Eterno’ de Andrés Luis Cañadas y Jerónimo Roldán, Ángel Revaliente -que goza de una excelente y por veces más rejuvenecida salud de hierro- asume un decanato (periodístico local) cuya corresponsalía -a pesar de la merecida jubilación y del justo descanso del guerrero en los cuarteles de invierno a favor de la 24/7 convivencia familiar- gestiona con amplia generosidad de sabios consejos, remembranzas objetivas relatadas al son de una sorprendente y sorpresiva memoria fotográfica y contrastada veracidad de quien estuvo al pie del cañón de los acontecimientos a lo ancho de largas y sucesivas décadas.

Revaliente -que cuenta con una calle justamente frente por frente a su domicilio de antes y ahora- es historia viva de Jerez. Viva y rediviva. Conocedor a fondo de los tuétanos de la intrahistoria jerezana y de los tentáculos que la movilizaron o inmovilizaron -depende el caso y la cosa-. Testigo directo. Y hacedor y constructor y forjador de la realidad cotidiana y de hazañas ciudadanas. En el uso (deontológico) y no el abuso (pro domo sua) del ejercicio de la profesión. Al buen amigo he aconsejado -no hasta la saciedad pero sí al menos tantas veces como dedos poseemos en cada mano- que debería escribir su autobiografía. O, cuanto menos, dictar a un tercero sus memorias autorizadas. Las prohibidas han de evitarse a rajatabla. Editoriales interesadas de suyo por esta aportación libresca no escasearían ni zigzaguearán a la remanguillé. Verba volant, scripta manent. Lo escrito, sí, permanece. Contra silencios, frivolidades y novelerías. Permanece y dura, como lo fugitivo en la Roma sepultada bajo sus ruinas, a partir del ultimo verso del celebérrimo soneto de Quevedo. Las revelaciones de Revaliente al abrigo del Jerez de los años sobre todo 60, 70 y 80 resultarían tan pletóricas como poliédricas. Con nombres en negritas y con análisis sociológicos de seguro atinados y punteros. Ángel jamás permaneció inmóvil, como el colibrí de la barroca obra de Henry Miller. ¿Pactamos tácitamente este reto siquiera como estela en negro sobre blanco para enseñanza de las novas generaciones?

Ángel y su inseparable esposa Soledad Mera Guijo habían previsto asistir -previa confirmación- al Pregón de los Reyes Magos pronunciado este año por Gemma García Bermúdez. Durante la misma mañana de la jornada del acto me remitió un mensaje de WhatsApp justificando el motivo de su ausencia: había sido, de nuevo, abuelo. Una hermosa niña, Carlota Revaliente González, quiso ser natal de Jerez en una fecha además harto señalada: 26 de diciembre, horas pulmonares de una Navidad -¡la nuestra!- radiante de zambombas, palillos y panderos. Merced a ella, los Revaliente y los González sí que han apostado a toda costa por el nacimiento. En el belén enhebrado de la urdimbre familiar. Primero fue Jesús y, veinticuatro horas más tarde, Carlota. Aún sostenemos en la retina la felicidad a espuertas que reinó en los sentimientos de los jóvenes Miriam González González y Alejandro Revaliente Mera cuando aquel 27 de julio de 2024 -tal se observa en la fotografía de Esteban Pérez- contrajeron matrimonio. Ahora el hilo de la cometa de la alegría sigue sobrevolando por las buenas nuevas. Mi enhorabuena también para los abuelos maternos: Charo González y Jorge González (quien, contento, observa esta dicha allí donde -nubes arriba- nada es aparente ni doloroso). ¡Dios te bendiga, Carlota!

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