Manuel Fernández García-Figueras
Sherryzanías
Es peor que el infierno”, “Lo peor que te puedes encontrar en la vida estaba allí. No sé cómo es el infierno, pero debe ser muy parecido”, “Lo que hemos visto allí es una barbaridad”, leíamos en las crónicas de los compañeros Fernando Pérez Ávila y Diego J. Geniz sobre la tragedia de Adamuz. 39 víctimas mortales de momento, más de 150 heridos, 48 hospitalizados, 12 ingresados en la UCI, cientos de familiares viviendo una noche y una mañana agónica sin saber qué había sido de los suyos, 39 familias llorando a sus muertos.
Sean cuales sean las causas del accidente, la fatalidad tuvo un siniestro protagonismo al hacer coincidir el descarrilamiento de un tren con el paso de otro en sentido contrario. Según fuentes de Renfe, el fatídico intervalo de tiempo que provocó el choque fue de 20 segundos, lo que imposibilitó que actuara el mecanismo de frenado de emergencia cuando hay un obstáculo en la vía. A veces todo se conjura para empeorar las cosas. El azar, la mala suerte, la fatalidad, el destino, llámenlo como quieran, hizo que se cruzaran en ese punto trágico, en esos segundos mortales, el tren que había salido de Málaga camino de Atocha y el que lo había hecho desde Atocha camino de Huelva. Y que nunca llegaron.
45 minutos antes de que el infierno se desatara en Adamuz, Josep Pons había empezado a dirigir en el Maestranza sevillano Un réquiem alemán de Brahms y el coro cantaba las primeras palabras del texto: “Bienaventurados los que padecen, pues ellos serán consolados”. En el momento terrible del impacto, a las 19:45, la soprano y el coro cantaban la quinta sección del Réquiem: “También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo. Os consolaré como una madre consuela a sus hijos”. Sin saberlo, se estaba cantando un réquiem por quienes morirían durante su interpretación, mientras el azar iba haciendo confluir los dos trenes, mientras por unos malditos 20 segundos chocaron, mientras gritos, llantos, gemidos, agonías, muertes, llenaban la noche, mientras las primeras noticias cortaban la respiración a quienes esperaban a los que nunca llegarían. Deseo de todo corazón que para todos ellos, quienes murieron, quienes sufren y quienes lloran, se cumpla lo que en el Réquiem de Brahms se cantaba.
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