Un hecho que mantiene a Bélgica traumatizada fue la empresa colonial del rey Leopoldo II, quien a finales del siglo XIX constituyó una empresa, bajo el nombre de Estado Libre del Congo, para la explotación de Centroáfrica. Las aventuras coloniales entonces unas eran gananciosas y otras no. Las más eran deficitarias, y se hacían por rivalidades entre potencias, y siempre para obtener réditos futuros. La diferencia de la empresa colonial del rey belga es que para ganarse el apoyo internacional invitó a asociarse a su proyecto empresarial al resto de los potentados euroamericanos, incluido el rey Alfonso XII. La suya fue una de las colonizaciones más brutales. Los congoleños eran explotados sin piedad para hacerles sacar caucho rojo. El régimen de esclavitud y el maltrato creó una justificada leyenda negra sobre la colonización belga, con varios millones de muertos a sus espaldas. La Bélgica actual ha buscado expiarla pidiendo perdón hace seis años.
El granadino Ángel Ganivet, siendo en aquella época canciller español en Amberes, tuvo una experiencia relacionada con la aventura colonial leopoldina que lo volvió contra los modos europeos. Un día fue avisado de que en el hospital había un español que agonizaba. Se presentó allá, donde yacía un señor llamado Agatón Tinoco, que dijo ser nicaragüense de origen portugués. El moribundo le hizo un relato despiadado de su aventura de buscador de fortuna en el Congo, recomendándole que nadie se metiese en aquel sórdido mundo. Ganivet, ya bautizado de anticolonial, sólo salvaría al “colonialismo amoroso” de los ibéricos que había producido el mestizaje por donde iban.
Siguió a esta historia la célebre novela, del polaco Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, donde se relata en primera persona, por la directa experiencia del autor, el mundo selvático, oscuro, y violento del Congo, con ese inquietante personaje de fondo que es Kurtz, traficante de marfil. Se trata de uno de los textos más logrados sobre las sevicias de la colonización, que inspiró a su vez la película Apocalypse Now de F. Coppola, trasladando el espacio imaginado a Vietnam.
En esta cadena de conocimiento, el ensayista palestino-norteamericano Edward Said, consagró su primer libro a Conrad. Said, conocido por su crítica al orientalismo, sin embargo, fue en el libro conradiano donde alcanzó más enjundia. El americano, como le llama familiarmente Arafat, en los últimos años de su vida, se mostró muy activo en la intifada, el levantamiento palestino. Se le vio incluso, ya muy enfermo, lanzando piedras. A pesar de su militancia en la OLP, fue muy amigo del director judeo-argentino Daniel Barenboim. Como los dos eran pianistas dieron a la luz en Sevilla a una fundación para el diálogo entre jóvenes palestinos e israelíes empleando la música como punto de unión.
Ahora, Trump, en una alocada fuga hacia delante que ha desestabilizado al mundo, ha ideado una reconstrucción inmobiliaria de Gaza. Se trata de un proyecto personal, eufemísticamente llamado “junta de paz”. Ha invitado a él a medio mundo. Las reglas del juego son las mismas que las del infausto Leopoldo: poned vuestra parte de capital para hacer resort de lujo donde hubo ruinas y cadáveres, que serán olvidados, y recibiréis vuestras ganancias.
Desde luego, las imágenes de Leopoldo y de Trump se superponen. Este negocio ya lo habíamos visto antes. Es posible que se salga con la suya, ya que, al fin y al cabo, los gazatíes (territorio que pertenece a Egipto en el plano histórico) no podrán hacer nada frente a esa conjunción de sátrapas. Pero el lugar en sí está maldito como lo estuvo el Congo. Quien crea que la historia se resuelve concitando el olvido se equivoca. Los fantasmas de los dolientes con irritante tozudez retornan. No habrá paz en la tierra gazatí mientras no haya justicia para los inocentes asesinados con precisión milimétrica. De momento, la historia leopoldina vuelve como comedia.