La tribuna

Pleroma

Pleroma
Alfonso Lazo
- Historiador

De pronto es como si todo el mundo se hubiera puesto a escribir, hablar y hasta cantar sobre Dios y el catolicismo. Ya la concesión del Premio Nobel de Literatura 2023 a Jon Fosse, convertido al catolicismo a mediados de los años ochenta, indicaba el cambio que se estaba produciendo en los países de la UE, tan olvidados de lo cristiano. De hecho creo que estamos ante la nueva de un catolicismo nada timorato ni pío, sino con el espíritu del corredor que corre en el estadio hasta la meta (Saulo Dixit).

Un catolicismo que es ante todo una historia, una narración llena de optimismo que comienza con Jesús en un banquete de bodas, festín donde se produjo un problema con el vino y que Jesús resolvió aportando un vino mejor. Porque el Jesús histórico nunca fue un triste y pálido asceta, hasta el punto de que sus adversarios lo acusaban de glotón y bebedor banqueteando con pecadores y pecadoras. Se ha señalado a veces que desde sus orígenes el cristianismo y el mundo son incompatibles. Yo prefiero quedarme con frases bien precisas del Evangelio: “Y amó tanto Dios al mundo...” o “No te pido Padre que los saques del mundo, sino que los preserves del mal” o “Aprended lo que significa. Prefiero la misericordia al sacrificio”. Pero ¿quién leía hasta ahora en Europa los Evangelios?

A partir de la llamada Década prodigiosa (1965-1975) con su punto cenital en mayo de 1968, el pensamiento progre se convirtió “de facto” en la ideología obligatoria de la mayor parte de Europa Occidental y la Costa Este de Estados Unidos. Una ideología cuyo centro distintivo fue lo antirreligioso, lo anticristiano y muy en especial, lo anticatólico. Pero en una aparente contradicción, acertó André Malraux en pleno siglo XX con aquello de “el siglo XXI será religioso o no será”. Inevitable en efecto, ante la vacuidad del materialismo cientifista y filosófico, ignorantes de una antropología y una nueva teología bastante atrayentes.

No es nuevo que los historiadores más finos en el estudio de la larga duración vengan distinguiendo entre cultura y civilización: cultura sería todo lo que hace el hombre y no lo hace la naturaleza, civilización por el contrario es cultura más Bondad, Verdad y Belleza. Sin embargo (y esto es lo que el catolicismo de hoy resalta del mensaje implícito del Jesús histórico), estas realidades de bondad, verdad y belleza, consideradas en sí mismas, no se encuentran en la naturaleza del planeta Tierra ni en cualquier otro lugar del universo; ya que no existe distinción posible entre lo bueno y lo malo cuando la única ley natural, a falta de dioses preceptores, es la ley del más fuerte. Ni siquiera existe la verdad en un cosmos carente de observador, ni tampoco, va de suyo, es posible el concepto de belleza. Más si en la naturaleza cósmica resulta evidente la ausencia de realidades no materiales ¿cómo es que el ser humano (mera materia para el pensamiento ateísta) puede ser consciente de realidades no naturales como la bondad, la verdad y la belleza?. Por fuerza tales realidades únicamente pueden provenir del exterior, de una fuente exterior a lo visible, pesable y medible que los cristianos llamamos Dios. Así, no puede ser tomada por extravagancia que frente a la nada final que ofrece el materialismo sean ya muchos los que se vuelven hacia la esperanza ofrecida por el cristianismo.

Porque la esperanza ofrecida es enorme, “como si” la Deidad necesitase de los humanos para completar su creación. Y si eso es así, se comprende que de esa “realidad” surja una ética sencilla y clara. Escribe Pablo de Tarso del Pleroma, de la plenitud de la creación, del Reino que llega, y es por eso que todo lo que facilita y acelera su llegada sería bueno, mientras que retrasarlo es el mal: virtuoso, cuanto ayuda a nuestro prójimo sin perjudicar a otros; pecado, en cambio, cuando le haces sufrir. A mi entender, son esas las cosas que abren o cierran las puertas del Reino. Una nueva tierra bajo un nuevo cielo y una vida perdurable.

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