V Centenario de la primera vuelta al mundo | Tribuna libre

Sanlúcar y el cosmódromo de la modernidad

  • El punto de partida y regreso de la I Vuelta al Mundo era el Cabo Cañaveral de la época y las naos, sus naves espaciales

Jardines interiores del palacio ducal de Medina Sidonia, en Sanlúcar de Barrameda. Jardines interiores del palacio ducal de Medina Sidonia, en Sanlúcar de Barrameda.

Jardines interiores del palacio ducal de Medina Sidonia, en Sanlúcar de Barrameda. / D.C.

La ciudad de Sanlúcar de Barrameda se localiza en el vértice del verdadero ‘Cabo Cañaveral’, del ‘Baikonur’, de los momentos de la transición entre los siglos XV y XVI; por su emplazamiento y su papel histórico Sanlúcar se convertiría en un núcleo privilegiado ubicado en el seno de un contexto geográfico, cultural e histórico realmente singular en la Historia de la Humanidad: el eje que conforman el Golfo de Cádiz (en toda su amplitud) y el río Guadalquivir, un espacio al que ya hace años nos atrevimos a llamar el ‘Baikonur’, el ‘Cabo Cañaveral’ de la Modernidad, de los siglos XV y XVI: el ámbito desde el que partían las ‘naves espaciales’ de aquellos tiempos, las naos, carabelas, carracas y luego los galeones que surcaban la inmensidad del ‘espacio exterior’ de la época, esto es, los azules prados de Neptuno, los océanos.

Hace ahora 500 años un barco regresaría a Sanlúcar de Barrameda marineado por un puñado de valientes de esos de los que a veces la Historia se hace eco, un puñado de hombres exhaustos, olvidados por todos, a quienes nadie ya esperaba, comandados por el marino vasco Juan Sebastián de Elcano quien con el éxito de su decisión de poner proa a Occidente desde el Lejano Oriente conseguiría dar forma a la I Vuelta al Mundo.

No era extraño que un barco llegara desde lejanas tierras a Sanlúcar de Barrameda en los albores del siglo XVI: las orillas sanluqueñas estaban hechas a ver arribar y partir naves de forma cotidiana, siendo la ciudad un enclave esencial en la desembocadura del Guadalquivir y el Golfo de Cádiz, un verdadero punto de inflexión en las navegaciones entre el Mediterráneo y el Atlántico, entre los mundos europeo y africano, entre el interior del Guadalquivir –con el gran núcleo y puerto hispalense– y las grandes rutas oceánicas que brindaban sus horizontes hacia el mundo exterior a estas tierras del Suroeste hispano.

La Sanlúcar de la transición entre los siglos XV y XVI es, además, una población en transformación, una villa en el acmé de un momento histórico complejo, que está definitivamente trascendiendo, en lo físico, de un recinto amurallado (la cinta de muralla guzmana que cercaba el actual corazón del Barrio Alto y que a su vez había rebasado a la vieja muralla de tapial del antiguo hisn de época islámica) y que hacía tiempo empezaba a resultar un corsé demasiado ceñido para la Sanlúcar de esos momentos históricos, tan abigarrados y cargados de acontecimientos.

De este modo, que una nave procedente de tierras muy lejanas arribase al puerto sanluqueño tras una navegación larga y compleja no tendría tampoco nada de extraordinario: el histórico eje de comunicaciones de la desembocadura del viejo río Baetis sabía bien lo que era contemplar, a lo largo de los siglos y desde la Antigüedad, la presencia de naves y gentes procedentes de distantes tierras, de geografías remotas, desde los tiempos en que los navegantes fenicios alcanzaban estas costas meridionales y Roma se enseñoreaba de las mismas, hasta la Edad Media, cuando los hombres del Norte, los vikingos, asolarían este bético litoral allá por el siglo IX, cuando el poder islámico controlaba las orillas y las tierras del Guadalquivir, el antiguo río Grande.

Dicho lo cual, ¿qué podía tener, entonces, de singular, de especial, de extraordinario, el que una embarcación procedente de tierras lejanas arribase hasta unas riberas sanluqueñas tan acostumbradas desde antiguo a ver llegar a sus playas embarcaciones de toda naturaleza y condición y de múltiples procedencias tras haber coronado una muy larga navegación…? Lo que hacía de ese maltrecho barco, la nao Victoria, y de ese no menos maltrecho a la par que reducido grupo de valientes que lo tripulaba un conjunto extraordinario, verdaderamente singular y único, era en primer lugar la propia naturaleza del viaje que les había llevado tan lejos para devolverles al punto de partida del mismo.

Junto a todo ello es de destacar la propia esencia de la expedición y el hecho de que después de tres eternos años de navegar los azules prados de Neptuno estos escasos 18 marinos supervivientes de los más de 200 que iniciaron esta odisea hubiesen conseguido, insospechadamente, volver a la Sanlúcar de Barrameda que les había visto hacerse a la mar culminando así entre septiembre de 1519 y septiembre de 1522 la Primera Circunnavegación de la Tierra, la Primera Vuelta al Mundo, el viaje más extraordinario acometido hasta ese entonces por la Humanidad, navegando siempre hacia Occidente.

La maltrecha nao Victoria, con su tripulación de héroes comandada por Juan Sebastián de Elcano, llegaba por fin (cuando nadie la esperaba ya) a Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522, tras una travesía azarosa y plena de peligros iniciada precisamente en Sanlúcar de Barrameda tres años antes, el 20 de septiembre del año 1519.

Este azaroso periplo había llevado a la flotilla comandada inicialmente por Hernando de Magallanes (una pequeña Armada compuesta por las naos Victoria, Santiago, San Antonio, Trinidad y Concepción), al servicio del emperador Carlos V, a zarpar desde Sanlúcar de Barrameda con los últimos destellos del verano de 1519 para afrontar las incertidumbres de las navegaciones oceánicas en busca de las especias guardadas en las Islas del Maluco, en el Extremo Oriente, hasta que dicha expedición, reducida a la singular presencia de la nao Victoria en su retorno a las aguas sanluqueñas y desaparecidos en los diferentes avatares del viaje la mayoría de los marinos que la comenzaron en 1519, colmaría sobradamente las expectativas de quienes la lanzaron a la mar. Fue la culminación de un viaje, primero de su especie, que demostraba empírica y definitivamente la esfericidad de la Tierra y que venía a representar a todas luces un avance sin parangón en los horizontes de la Humanidad.

Así, después de tres largos y azarosos años de navegación, se completaba la Primera Vuelta al Mundo, se abría un horizonte nuevo ante los ojos de la Humanidad, y Sanlúcar de Barrameda tenía el honor de ser el marco de referencia y el alfa y omega de ese crucial momento de la Historia.

Sanlúcar de Barrameda, espacio privilegiado en la intersección del Golfo de Cádiz y la desembocadura del río Guadalquivir, enclave fundamental en el desarrollo de las navegaciones oceánicas, de las exploraciones que redondearon el Orbe y permitieron desarrollar la primera mundialización del planeta, vino a constituir (como hemos señalado en no pocas ocasiones con anterioridad) el vértice de ese auténtico ‘Cabo Cañaveral’, de ese ‘Baikonour’ de la transición entre los siglos XV y XVI (del momento histórico entre las Edades Media y Moderna), un núcleo privilegiado en un marco geográfico, cultural e histórico capital de cara a la posterior evolución de la Historia de la Humanidad: el Golfo de Cádiz y la desembocadura del Guadalquivir.

Este espacio privilegiado del Golfo de Cádiz y la desembocadura del Guadalquivir tenía en la ciudadela de la corona de la Barranca y su extensión en el Arrabal de la Ribera, en la Sanlúcar de las postrimerías del Cuatrocientos y los comienzos del Quinientos, el punto axial de referencia para las navegaciones oceánicas que habían llegado hasta el lejano y legendario archipiélago de las Afortunadas, por ejemplo, y más allá del mismo, hasta el Caribe y con ello hasta el Nuevo Mundo Americano, de mano de las expediciones colombinas, que también –como su promotor y protagonista, el almirante Cristóbal Colón– guardaron una estrecha relación con la entonces villa sanluqueña.

Sanlúcar, como decimos, se constituía, en los albores de la Modernidad, como el eje de un verdadero ‘Cabo Cañaveral’ de la época, desde donde se hacían a la mar las ‘naves espaciales’ del momento, aquellas naos como las de Magallanes y Elcano.

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