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El caso de Antonio Cobo
a la vuelta de la esquina
El caso de Antonio Cobo
Francisco Reinoso | Actualizado 08.02.2012 - 08:44
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Muchos estamos presenciando los juicios que se desarrollan en Madrid contra el juez Baltasar Garzón. Aparte de la simpatía o rechazo a su persona, una cosa es cierta: pretendió cerrar de una vez por todas las heridas de los familiares de los fusilados por los golpistas seguidores de Franco.
Antonio Cobo Peña, tío al que no tuve oportunidad de conocer, de tendencia anarquista, hablaba esperanto y trabajaba en la proyección de cine. A la edad de 18 años, en 1936, fue fusilado por las fuerzas fascistas en la carreta de La Trocha. Jerez estaba tomada por las fuerzas militares y falangistas. En Jerez no hubo guerra, ni resistencia. Lo fusilaron saliendo del trabajo y sin juicio. Ni siquiera un falso juicio militar.
Recuerdo a mi abuela llorando con una foto de su hijo Antonio, cuando le echaban en cara que era madre de María Luisa Cobo, una de las fundadoras del Sindicato de Emancipación Femenina, adscrito a la CNT.
Fusilaron a mi tío; metieron presos a mi abuela viuda y a los dos hijos mayores. Dejaron en la calle a dos menores de edad, que fueron recogidos por la ‘prima Filomena’, madre de Manolo, un buen empleado del Ayuntamiento de Jerez. Todo por ser familia de María Luisa Cobo, la “comunista libertaria”. Mi abuela siempre tenía una ‘mariposa’ de aceite encendida iluminando dos estampas: una de San José, otra de la Virgen del Carmen rescatando a las ánimas benditas del Purgatorio. Conservo el rosario de mi madre, republicana, gran lectora, solidaria, que siempre me dejó ser monaguillo en Santa Ana, lo cual fui muchos años. Mi familia siempre fue señalada despectivamente por los ganadores.
Mi tío Antonio, no sabemos dónde está enterrado. No hay documentos de juicios. Escribió una pequeña nota a mi abuela para que le llevara ropa a la cárcel. No pudieron entregar la ropa: lo fusilaron.
Al sacerdote Jorge Adur, consiliario de la JIC, al joven de la JIC Alejandro Sackman, les hicieron desaparecer en la dictadura Argentina. Ambos sin juicio. Pero allí hay justicia reparadora.
El juez Garzón intentó descubrir dónde están enterrados tantos fusilados después del final de la guerra. El fascismo no perdona, porque está agazapado en la democracia y son tontos útiles.
Yo quiero saber dónde está enterrado mi tío y quiénes lo fusilaron obedeciendo órdenes de quién.
No tengo odio. Tenerlo es una tontería, pero mi abuela se merece un respeto. Ella y yo recitamos el “perdona nuestra ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Pero tanto sufrimiento debe ser reparado. Mi tío era un joven inquieto, lector, aficionado al cine. Mi tía María Luisa era una mujer luchadora por la emancipación de las mujeres, en una época que eso era revolucionario. Mucha solidaridad y mucho amor a la justicia. El juez Garzón se merece un monumento. Mi respeto y apoyo.
Antonio Cobo Peña, tío al que no tuve oportunidad de conocer, de tendencia anarquista, hablaba esperanto y trabajaba en la proyección de cine. A la edad de 18 años, en 1936, fue fusilado por las fuerzas fascistas en la carreta de La Trocha. Jerez estaba tomada por las fuerzas militares y falangistas. En Jerez no hubo guerra, ni resistencia. Lo fusilaron saliendo del trabajo y sin juicio. Ni siquiera un falso juicio militar.
Recuerdo a mi abuela llorando con una foto de su hijo Antonio, cuando le echaban en cara que era madre de María Luisa Cobo, una de las fundadoras del Sindicato de Emancipación Femenina, adscrito a la CNT.
Fusilaron a mi tío; metieron presos a mi abuela viuda y a los dos hijos mayores. Dejaron en la calle a dos menores de edad, que fueron recogidos por la ‘prima Filomena’, madre de Manolo, un buen empleado del Ayuntamiento de Jerez. Todo por ser familia de María Luisa Cobo, la “comunista libertaria”. Mi abuela siempre tenía una ‘mariposa’ de aceite encendida iluminando dos estampas: una de San José, otra de la Virgen del Carmen rescatando a las ánimas benditas del Purgatorio. Conservo el rosario de mi madre, republicana, gran lectora, solidaria, que siempre me dejó ser monaguillo en Santa Ana, lo cual fui muchos años. Mi familia siempre fue señalada despectivamente por los ganadores.
Mi tío Antonio, no sabemos dónde está enterrado. No hay documentos de juicios. Escribió una pequeña nota a mi abuela para que le llevara ropa a la cárcel. No pudieron entregar la ropa: lo fusilaron.
Al sacerdote Jorge Adur, consiliario de la JIC, al joven de la JIC Alejandro Sackman, les hicieron desaparecer en la dictadura Argentina. Ambos sin juicio. Pero allí hay justicia reparadora.
El juez Garzón intentó descubrir dónde están enterrados tantos fusilados después del final de la guerra. El fascismo no perdona, porque está agazapado en la democracia y son tontos útiles.
Yo quiero saber dónde está enterrado mi tío y quiénes lo fusilaron obedeciendo órdenes de quién.
No tengo odio. Tenerlo es una tontería, pero mi abuela se merece un respeto. Ella y yo recitamos el “perdona nuestra ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Pero tanto sufrimiento debe ser reparado. Mi tío era un joven inquieto, lector, aficionado al cine. Mi tía María Luisa era una mujer luchadora por la emancipación de las mujeres, en una época que eso era revolucionario. Mucha solidaridad y mucho amor a la justicia. El juez Garzón se merece un monumento. Mi respeto y apoyo.
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Soy anarquista, hablo esperanto y me gusta mucha el cine. Y como yo muchos, así que donde quiera que esté (aunque sea el pasado) Antonio Cobo estará orgulloso de que sus ideas sigan vivas.
Tu tio y tu tía si que se merecen un monumento!
Gracias. Salúdame si me ves y te identificas. Paco