viaje a portugal

Un paseo por el fondo del mar

Manuel Romero Bejarano | Actualizado 22.07.2012 - 19:13
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Empieza la fiesta. Lisboa lo ha preparado todo para que pasemos un día maravilloso. Alfama nos aguarda dormida en su colina abrazando el castillo de San Jorge y el Chiado se ha colocado enfrente, igual de alto, para que nos fijemos en sus iglesias barrocas. Allá lejos Belem espera para recordarnos que hubo un día en que Portugal conquistó el mundo y en medio el puente 25 de abril se alza orgulloso y colorado después de haber tirado por su barandilla a Oliveira Salazar.
Todo está dispuesto. En la mesa café y pasteles de nata y luego a la calle. Lisboa nos monta en el metro y luego en un tranvía tan cascado que parece que se va a quedar en una cuesta. Nos lleva a que presentemos nuestros respetos a la hermosa serenidad de la plaza del Comercio y luego nos aúpa en un ascensor aún más viejo que el tranvía para que la veamos desparramarse ladera abajo hasta besar al Tajo. Nos da otro café y luego corriendo al Monasterio de los Jerónimos a emborracharnos de piedra y glorias pasadas.
Lisboa se sienta con nosotros junto al río a tomar una cerveza y nos susurra al oído con su acento meloso, los nombres más bonitos de sus calles: Janelas Verdes, Poço do Mouro, Forno do Tijolo, Jardim do Tabaco, Pedras Negras, Terreiro do Trigo, Milagre de Santo Antonio, Saudade… Y otra vez a pisar sus aceras de mármol blanco hasta el lujo de la iglesia de san Roque y después al delirio de azulejos y oro de Madre de Deus. La ciudad nos invita a comer en un sitio diminuto y oscuro, pero muy acogedor. Nos atiborra de bacalao  y vino hasta que el cuerpo no puede más y a los postres nos propone un rato de reposo en el fondo del océano. Nadie entiende a qué se refiere.
El Campo de las Naciones es un lugar extraño, un cementerio ultramoderno lleno de turistas y fantasmas. Allí está el mar. Allí, sobre el mar se eleva el océano contenido por altas paredes. Lisboa nos deja a las puertas del abismo, nos besa y promete recogernos a la salida.
Todo es azul y silencioso en el Oceanario. Hay niños corriendo, gente que grita y hace fotos, risas y flashes, pero es imposible oír tanto jaleo en las profundidades marinas, donde no hay música ni llanto, donde cada movimiento es suave y elegante, donde el hombre solo acude a morir y, en escasas ocasiones, a contemplar tesoros hundidos.
Sin saber cómo hemos estamos paseando por fondo del mar. Ese reino salvaje y mudo vedado a los humanos. Nadie parece percatarse. Vuelan tiburones y barracudas, rayas, sargos y corvinas. La morena acecha y el pez guitarra se desliza con aplomo. No nos molestan. No existimos en este templo de color cobalto donde se ejecuta una danza eterna. El universo de lo desconocido. El reino de los monstruos y los mitos. Una gigantesca columna burbujeante que abre sus puertas a los peregrinos. La armonía y la calma fundidas en un enorme tanque callado y azul, silencioso y azul.
Podría pasar años enteros pegado a este cristal respirando la paz abisal, vagando sin rumbo por la masa líquida, bebiéndome la oscuridad a grandes sorbos, pero alguien interrumpe mi sueño azul profundo
-Manolo, vamos, que Lisboa espera…
Ungidos por la gracia marina salimos a la superficie. Unos pingüinos se burlan de nosotros mientras se lanzan una y otra vez a buscar quién sabe qué. Unos cenutrios nos dicen adiós, indiferentes mientras nadan bocarriba. Ellos son los dueños del paraíso, pienso mientras veo a la salida otra vez a Lisboa, que ha vuelto para llevarnos de farra.
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