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Capital aborrecida

  • Fernando Castillo analiza la imagen negativa del Madrid sitiado entre las fuerzas sublevadas, que heredaron la tradicional desconfianza hacia la ciudad por parte de las provincias castellanas.

Puerta de Alcalá, con el escudo de la URSS y retratos gigantes de Maksin Litminov, Iósif Stalin y Kliment Voroshílov, Madrid, 1937. Puerta de Alcalá, con el escudo de la URSS y retratos gigantes de Maksin Litminov, Iósif Stalin y Kliment Voroshílov, Madrid, 1937.

Puerta de Alcalá, con el escudo de la URSS y retratos gigantes de Maksin Litminov, Iósif Stalin y Kliment Voroshílov, Madrid, 1937.

Lúcido conocedor de las entrañas o de las cloacas del París ocupado, de la obra de Hergé o de la de Modiano, Fernando Castillo retoma en su no del todo nuevo ensayo un tema al que ya dedicó una monografía mayor, Capital aborrecida (2010), donde trataba de la "aversión hacia Madrid en la literatura y en la sociedad, del 98 a la posguerra", para profundizar ahora en la imagen de la ciudad asediada durante la Guerra Civil desde la perspectiva de los sitiadores. Esa imagen se resume en la palabra mencionada en el título, Madridgrado, tomada de una olvidada novela de Francisco Camba que fue publicada en el año de la victoria aunque la acuñación, ciertamente reveladora, se debía a la famosa verborrea radiofónica de Queipo. Para aquellos Madrid ya no era Madrid y la propaganda del Movimiento se mostraba en este punto menos deudora del imaginario fascista que de la tradicional desconfianza hacia la modernidad capitalina. De este modo, argumenta el autor, la visión reaccionaria que había impugnado primero el liberalismo y después las reformas de la República se actualizaba frente a la sovietización que no sería sino un drástico agravamiento de la enfermedad moral que amenazaba con destruir desde hace décadas las viejas esencias castellanas.

El relato de Castillo engarza con claridad y solvencia el análisis de los antecedentes ideológicos del odio a la capital con la evolución política de la preguerra desde la caída de la monarquía hasta el estallido del conflicto, que en el discurso de los sublevados elude su condición civil para recalcar el carácter extranjerizante de lo que llamaban la anti-España. La llegada de las Brigadas Internacionales, cuya intervención fue decisiva en las afueras de Madrid, y el creciente peso de los comisarios soviéticos en la estrategia política y militar de los gobiernos republicanos durante la contienda, ofrecieron la excusa para calificar a la capital como una colonia de Moscú, tomada por supuestos enemigos exteriores pese a la resistencia silenciosa de la mitificada quinta columna. Escritores y periodistas afines como Foxá, Neville, Giménez Caballero, Pemán, Francisco de Cossío, Fernández Flores, Tomás Borrás o Jacinto Miquelarena reflejaron en sus textos -citados y glosados por Castillo en pasajes que ilustran muy bien los argumentos de su tesis- esa mezcla de añoranza por la idealizada ciudad del antiguo régimen, desprecio de las influencias extrañas que habían roto la presunta armonía entre las clases y sed de venganza contra quienes a su juicio eran los responsables de la tragedia.

Madrid era un dolor que no paliaban las ofensivas de los facciosos -todas fracasadas, antes de la conquista final que no pudo acometerse hasta la descomposición de la República- sobre la ciudad cuyos cercanos edificios, calles y plazas eran contemplados con una mezcla de ansiedad e impotencia desde las posiciones ganadas en la Ciudad Universitaria o los márgenes del Manzanares. La animadversión estaba tan arraigada entre los nacionales que no acabó con la toma de la capital -estatuto que le disputaron en la posguerra ciudades de probada lealtad como Burgos, Valladolid o Salamanca- y reaparecería en los escritos posteriores de quienes seguían recelando tanto de los habitantes de los barrios populares -donde los honrados menestrales de antaño habrían dejado paso a agitadores resentidos- como de unas costumbres plebeyas, licenciosas y alejadas de la austeridad asociada a la pureza provinciana. Madrid, como Rusia, era culpable y hubo que esperar años hasta que se disipara un rencor vinculado a zonas concretas -la reordenación urbanística, sólo en parte realizada, fue una de las prioridades- que cargaban con el estigma de haber sido rojas y debían ser purgadas. A la larga, sin embargo, el recelo de la urbe y la nostalgia de la vida agraria no evitaron -no podían evitar- que no sólo la ciudad, sino el país entero se transformara en una sociedad muy distinta de aquella con la que habían soñado los partidarios de la excepción española. En este como en otros aspectos, fueron los vencedores los que acabaron perdieron la batalla de las ideas.

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