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Hiperactividad e indolencia

El mal del ímpetu. Iván Goncharov. Traducción Selma Ancira. Minúscula. Barcelona, 2011. 110 páginas. 12,50 euros.

El nombre de Iván Goncharov (1812-1891) está indisolublemente ligado a la novela Oblómov, un clásico de la literatura rusa del XIX, pero también a su larga polémica con Turguéniev, a quien acusaba de plagio y con el que mantuvo una enemistad irreparable. De posición acomodada, Goncharov cursó estudios universitarios e hizo carrera en la burocracia zarista, donde ejerció, entre otras, la indeseable magistratura de censor, pero sus altas ocupaciones no le impidieron publicar relatos y novelas de aparente intención social.

Escrito en 1838, veinte años antes de su citada obra maestra, El mal del ímpetu adelanta, sólo que en sentido contrario, la apuesta por la inacción de Oblómov, paradigma de la clase ociosa dominada por la abulia, una suerte de Bartleby eslavo que lleva al extremo la famosa sentencia de Pascal donde se atribuyen todos los males del hombre a su empeño en moverse de casa. En efecto, al contrario que el alicaído terrateniente de la novela, los burgueses impetuosos que deambulan por este relato de juventud se entregan a una hiperactividad desenfrenada, descrita por el narrador como una grave enfermedad contagiosa.

Lejos de la "heroica indiferencia hacia el mundano ajetreo" que ejemplifica un amigo de la familia, los Zúrov -incluida la abuela medio lisiada- se muestran perturbados por "una alegría salvaje" en cuanto aparecen los primeros indicios de la estación cálida. Excitados e incansables, caminan, corren o trepan durante horas hasta que quedan extenuados, como enloquecidos por un mal odioso contra el que no existe remedio. El mal del ímpetu es un relato irónico que anticipa la moderna obsesión por el ejercicio físico y el esforzado disfrute de los excursionistas compulsivos, pero también puede ser leído como una caricatura del tipo emprendedor que protagoniza -para bien o para mal- nuestro tiempo acelerado.

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