De libros

"En todas las familias hay convulsiones"

  • Ignacio Martínez de Pisón, uno de los mejores escritores activos en español, regresa a la ficción con 'Derecho natural', una saga familiar con la Transición como telón de fondo.

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), retratado antes de su intervención en la Feria del Libro de Tomares (Sevilla). Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), retratado antes de su intervención en la Feria del Libro de Tomares (Sevilla).

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), retratado antes de su intervención en la Feria del Libro de Tomares (Sevilla). / José Ángel García

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) vuelve a reflexionar sobre la historia reciente de España en Derecho natural (Seix Barral), la primera novela que publica tras obtener el Premio Nacional de Narrativa en 2015 con La buena reputación.

De nuevo con la Transición como telón de fondo, como hiciera en Carreteras secundarias, El tiempo de las mujeres y El día de mañana, el autor afincado en Barcelona insiste aquí, con mucho más humor que en otras ocasiones, en su fidelidad al realismo y a ese lenguaje transparente, tan preciso como aparentemente sencillo, que nunca se deja llevar por el ornato o la musicalidad.

Derecho natural retrata a una familia desestructurada en los años que van desde el final del franquismo a la segunda mayoría absoluta de Felipe González. La Transición, además de servir de marco temporal, permite a Pisón centrarse en cómo se formó la nueva legalidad en España a través de un estudiante de Derecho, Ángel Ortega, que narra en primera persona las estrambóticas peripecias familiares "y admira profundamente a Gregorio Peces-Barba y demás juristas encargados de abolir una legislación falsa o anómala, como lo era la del franquismo, e iniciar una legislación democrática equiparable a la de cualquier otro país europeo", explica el autor.

"El editor Miguel Aguilar escribió que 'nos sentimos orgullosos de nuestros abuelos, que solucionaron sus diferencias a tiros, y nos avergonzamos de nuestros padres, que trataron de resolverlas dialogando'. Es una frase que cito a menudo. Por mucho que se pueda denostar la Transición, su mayor éxito fue que intentó solucionar mediante el diálogo las diferencias tan graves que había y eso es una lección que debemos aprender. Ahora me da la sensación de que cualquiera que sostuviera un discurso así sería insultado y le llamarían fascista, porque la política actual se hace de espaldas a la búsqueda del consenso. Todos fingen que quieren negociar pero, en realidad, nadie está dispuesto a negociar con otras condiciones que no sean las suyas: los independentistas, Rajoy, Podemos... Y lo difícil era negociar entonces, cuando había una violencia política muy fuerte, un ejército golpista y una crisis económica gravísima; cuando se venía de una dictadura en la que había unos vencedores que tenían España como botín de guerra y otros señores que representaban a la España vencida. Y no sé si por ello, o a pesar de ello, hubo acuerdos y se fraguó un pacto de convivencia que nos ha permitido vivir muy bien durante más de treinta años".

Otro de los grandes temas de este libro es la responsabilidad. O cómo uno, a veces, tiene que arreglar cosas que no ha estropeado porque debe pensar en un bien superior. "Por el mal ejemplo que le han dado los padres y el desorden en que ha crecido, el narrador tiene un ideal de rectitud que persigue en su vida doméstica y quiere aplicar también a ámbitos más grandes como la construcción de la propia sociedad. Y la palabra clave es la convivencia. Cómo solucionamos los problemas de convivencia sea en el pequeño ámbito de la familia o en el gran ámbito del país", continúa Pisón.

La música popular, la que sonaba en los transistores del franquismo y en las primeras televisiones autonómicas, está también muy presente desde la primera a la última página de este libro. Y es que, como ocurriera en Carreteras secundarias -"la única de mis novelas que ha sido adaptada dos veces al cine"-, el autor reproduce aquí aquel jugoso intercambio de roles: un padre tarambana e incapaz de asumir sus compromisos, que se gana la vida como imitador del cantante Demis Roussos (Big Demis es su nombre artístico), y un hijo razonable y conciliador que tendrá que hacer las veces de cabeza de familia ante la constante fuga del progenitor cada vez que su mujer se queda embarazada.

A ese padre embaucador que, previamente, ha sido actor en spaghetti westerns y en producciones de serie B, guionista y admirador de Paul Naschy, el lector nunca podrá detestarlo del todo porque, cree Pisón, "en nuestra tradición cultural los golfos nos caen bien". "Por muchas picardías que haga el Lazarillo de Tormes, si pudiera comerse todas las uvas del ciego y evitarse el tortazo, lo aplaudiríamos. Este hombre tiene una mentalidad pueril, se comporta como un eterno adolescente y, por contraste, el hijo mayor es el que tiene que madurar de prisa".

La industria cinematográfica de la época también queda fielmente reflejada en esta novela, una de cuyas escenas más desopilantes tiene que ver con el rodaje en Burgos de Las petroleras, cinta en la que el futuro Big Demis participa. "Aquella película de Christian-Jaque reunió por primera vez a las dos bellezas de la época en todo su esplendor: Brigitte Bardot y Claudia Cardinale. Fue un western muy malo. Pero es que yo no escribiría una novela donde alguien trabajara en una película de Ingmar Bergman porque lo que me gusta es desmitificar, conseguir la toma de tierra".

Creador de atmósferas intimistas donde se estrujan secretos y mentiras, en las novelas de Martínez de Pisón siempre son importantes las casas que ocupan los protagonistas desde que debutara en el panorama literario en 1984 con la hermosa nouvelleLa ternura del dragón. "La casa es una expresión de estabilidad y los que viven a salto de mata, como le ocurre durante a un tiempo a esta familia, no han encontrado literalmente su sitio en el mundo. Tener una casa, para siempre o sin fecha de caducidad, te da una idea de que ya estás integrado y formas parte de una vida sólida y estable, aunque, como le ocurre a mi narrador, esa vida nunca haya existido y sólo hubiera destellos de convivencia armoniosa mientras se estaba fraguando la ruptura. Ángel, el hijo mayor, piensa que las familias normales son felices por el mero hecho de serlo y la prueba de que no es así es que en todas las familias hay conflictos y convulsiones. Y si no los hay en 50 años, en el año 51 esa familia se rompe de pronto sólo porque al abrir el testamento del abuelo hay que decidir qué hacer con los muebles".

A Pisón, en suma, le gusta hablar del pasado pero sin explotar la nostalgia, algo que le resulta "innoble". "Me gusta creer que la literatura sirve para captar el espíritu de una época y transmitirlo a la generación posterior, la de mis hijos, que lo ignoraban todo de Demis Roussos". "Muchas de las culpas que se le echan ahora a la Transición vienen de gente joven que no conoció la España anterior al 82 y no puede imaginarse cómo cambió este país. En aquella época de Peces-Barba la tolerancia se consideraba una virtud y ahora la virtud es la intransigencia, la ira, la agresividad. Y hay cosas que lo han facilitado, como por ejemplo internet, los comentarios a las noticias, los trolls... Es un fenómeno nuevo al que nos va a costar adaptarnos y es que la percepción de la realidad ha cambiado por culpa de las redes sociales. Pero que ahora que no hay violencia política ni existe ETA se condene a alguien a un año de prisión por contar un chiste malo sobre Carrero Blanco deja en muy mal lugar a la justicia española. Porque si algo tiene que hacer una democracia es defender el derecho a la libertad de expresión", concluye Pisón.

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