Grandes del Flamenco

Antonio Mairena y Jerez

SI hubo alguna vez un cantaor que fuera verdaderamente responsable, con su destino de artista grande del flamenco, ese no fue otro que el gran maestro de los Alcores, Antonio Mairena, de cuyo nacimiento se cumplirá este año el centenario. Los que le conocimos y escuchamos, los que le seguimos y admirábamos, sabíamos cuan especial era su interés por aprender, por conocer, cada día más y mejor, la ciencia y el arte de los viejos maestros que le habían precedido y de los cuales aprendió todo lo que sabía; y con el respeto tan enorme con que se dedicó a difundir aquella herencia que supo conservar, mientras vivió, como el más rico legado de sus mayores, en el cante.

Antonio Cruz García, Antonio Mairena, para la historia del flamenco, mantuvo encendida, especialmente en la etapa posterior al momento en que ganara la celebrada Llave de Oro del Cante, en 1962, la llama viva de una antorcha que sabía tenía que traspasar a quienes vinieran detrás de él, para continuar, con el mismo afán con que él lo hizo, una historia que solo podía mantenerse con seriedad y con respeto; y que, desgraciadamente, de entre los que han venido detrás, muy pocos han sabido apreciar, al intentar tirar por caminos más fáciles, escogiendo confusos vericuetos; con el absurdo pretexto de modernizar, adaptar y actualizar, lo que ya era una tradición sabiamente incrustada en el alma de nuestro pueblo.

El cante del maestro era un cante con ambición de universalidad. Nunca el cante estuvo mejor dirigido hacia un futuro de prestigio, como cuando él lo quiso llevar por esplendorosos senderos de gloria; aún sin que el flamenco hubiera llegado a alcanzar, todavía, las altas cotas de universalidad que él buscara con tanto ahínco. Pero su gesto, su gesta de artista, tuvo esos destellos, esa magnitud. Antonio Mairena se supo tomar siempre, con responsabilidad de elegido, con altitud de miras, con gran profesionalidad, su preponderante papel de guía flamenco, de maestro en ejercicio, indicando siempre el buen camino a las jóvenes promesas del cante que habrían de sucederle.

De haber vivido algunos años más, Antonio Mairena se habría visto decepcionado por esas nuevas generaciones que han hecho del cante, más que un arte, un “modus vivendi”; aunque, naturalmente, debemos salvar algunas aunque escasas excepciones, tan notables como la del veterano maestro Fosforito, en la cima de su arte, con el cetro en su poder de la actual Llave de Oro del Cante; y, entre los novísimos, la del joven Miguel Poveda. Decididos ambos a seguir ese mismo camino que el maestro marcara con tanto acierto. Fosforito por propio magisterio, por propias convicciones; Poveda, por afición y entusiasmo; por querer aspirar a un justo y merecido encumbramiento que, en plena juventud, le está llevando a superar el listón al que otros muchos no han sabido llegar y ante el que muchos han optado por lo más fácil; renunciar al verdadero camino y tirar por trochas y veredas más fáciles, que no conducen a ninguna parte; y con lo que engañan a los públicos más ignorantes del verdadero cante cada día. Porque el suyo es un cante sin historia; aunque nos digan lo contrario; intentando hacernos comulgar con ruedas de molino.

Antonio Mairena que amaba el cante de verdad, fuera de donde fuera, y que sintió, desde siempre, especial predilección por los estilos de Triana, de Jerez y Los Puertos, tuvo siempre en Jerez un referente y un modelo flamenco a seguir. Su amor fue la pureza, sobre todo y por encima de todo, y su ídolo más importante, el jerezano Manuel Torre, al que consideraba su principal maestro, su modelo a seguir; al que nunca renunció, basando en él toda su trayectoria artística que le llevaría a ser el cantaor más completo de su tiempo.

En Jerez, en nuestro Teatro Villamarta, tras ganar en Córdoba la Llave de Oro del Cante, recibiría Antonio Mairena, en 1962, el primer homenaje nacional que se le dedicó en vida. Nosotros habíamos tenidos el honor de estar junto a él, en la capital de los califas, la noche que recibió de manos del bailarín Antonio el aurífero trofeo; acompañándole junto al mítico bailaor Vicente Escudero, en el Alcázar de los Reyes Cristianos. Aquí, en nuestra ciudad, recibiría, a su vez, distintos premios a su importante y destacada obra artística; y por su meritoria labor sería nombrado director honorario de la Cátedra de Flamencología, a la que siempre apoyó y respaldó con su prestigio y su magisterio. Ese título lo llevaría el maestro con verdadero orgullo, demostrando siempre su amistad y su cariño hacia Jerez y su cante; dedicando precisamente uno de sus mejores discos, en 1972, al cante de Jerez. Disco que sería presentado, con todos los honores, en la Bodega-Museo de San Ginés de la Casa del Vino, en una inolvidable noche de memorable evocación, en la que cantó de forma asombrosa por todos los viejos estilos jerezanos, acompañado a la guitarra por el rey Melchor de Marchena.

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