Grandes del Flamenco

Pilar López, la gran maestra

  • La majestuosidad y la elegancia en el baile, quedan bien reflejadas en esta fotografía de una Pilar López, en la plenitud de su arte. Archivo del autor

Había que haberla visto bailar, en sus buenos tiempos. No digo cuando todavía iba con su hermana Encarna 'La Argentinita', sino cuando creó su propia compañía. Yo la vi bailar, por primera vez, en Villamarta, allá por los años sesenta, cuando aún le vivía su marido Tomás Ríos, al que conocí entonces. Pilar, la gran maestra, maestra sin saberlo y sin proponérselo, era la bailaora más serena y elegante que, hasta entonces, había visto. Una señora, en la vida y sobre el escenario. Entonces sería cuando me enamoré de su baile, de su arte majestuoso, señorial y solemne.

Más tarde, sabría los grandes conocimientos que Pilar atesoraba en materia de baile. Un baile que ella, humilde en el fondo, siempre decía que había aprendido de su hermana, a cuya memoria y a cuyo arte rindió siempre culto, cuando lo cierto era que, sin ella saberlo, ni proponérselo, la había superado. Mientras que Encarna fue la gracia, ella fue la elegancia y el magisterio. El nombre de su hermana quedaría asociado para siempre a Ignacio Sánchez Mejías, a Federico García Lorca y a los demás poetas e intelectuales del 27; pero el nombre de Pilar López tan solo quedó asociado a su baile. Nada más y nada menos. Sólo a su baile.

Y, a su vez, sin proponérselo, sin querer enseñar, enseñaba a su gente, a sus bailarines, a sus bailarinas. Pero, especialmente, a los hombres de su compañía: Alejandro Vega, Gades, Maya, Güito y tantos otros, serían ejemplos agradecidos de esas enseñanzas. Y qué cosa tan difícil debe ser enseñar, para que aprendan los discípulos; sin ejercer de profesora, sin que se note apenas el apabullante magisterio; haciendo fácil lo difícil, como quien no quiere la cosa. Esta vuelta por aquí, este movimiento por allá, esos brazos, esas caderas… Esa estética. Pero, sobre todo, la ética. Bailar con ética. ¡Qué cosa más rara y más difícil!

Porque Pilar era así. Baile en estado puro, rebosándole por todos los poros de su piel, desde el moño a los tacones. Baile sin violencia, reposado, garboso, con la figura siempre muy enhiesta. Hablándole de tu al cante y a la guitarra. Sin falsas gitanerías, sin desplantes a destiempo, sin estridencias. Taconeando lo justo y necesario, lo inevitable; con armonía. Levantando los brazos con exquisitas maneras de sacerdotisa, en actitud de ofrenda a los dioses. Helénica elegancia, la de la maestra, que hasta hablando era bailaora. Y lo mismo te enseñaba un paso, en plena comida campera, degustando un "perol", como le vimos hacerlo con Matilde Coral, nuestra amiga del alma, allá en la sierra cordobesa, hace de esto pero que muchos años; como se revestía de sencilla autoridad y te daba una soberana lección, explicando los secretos del baile, en plena Cátedra de Flamencología, cuando recibió el homenaje que esta le rindió en González Byass, entre artistas y poetas, venidos de varios rincones de nuestra tierra andaluza.

El dominio, la templanza de Pilar, bailando, era algo asombroso. Su figura señorial llenaba toda la escena. Andaba bailando y bailaba andando, con la más rara perfección, con encantadora finura y maravilloso discurrir por los floridos vericuetos de su propia coreografía. La cabeza alta, esbelto el talle, hacia delante el busto; los pies sin levantar el vuelo, apenas, de las enaguas. Y los brazos, arqueados, girándolos a compás; componiendo la figura, de perfil o de frente; con flamenca marchosería; siempre en actitud garbosa. Siempre.

Esa era doña Pilar López Júlvez, maestra mayor del baile flamenco de las Españas, reina de los mejores aires de soleares, seguiriyas, tangos… Madre y maestra del baile flamenco y español del siglo XX. Gran dama de la serenísima corte de la gaditana Telethusa. Receptora, ánfora y recipiente luminoso de las viejas soleras de la danza, sonando graciosa y musicalmente en los universales odeones del flamenco. Generosa enseñante de lo imposible; delicada, dulce y suave danzarina; cuya clase corría parangón con su magistral manera de entender y concebir un arte que, por encima de todo, es y debe ser armonía; armónicas maneras de mover el cuerpo; con clase, con deleite; con verdadera y sincera entrega y gozo; creando siempre belleza de inigualables perfiles, con empaque, con sobriedad, con afán de perfeccionamiento estético.

Pilar López, la gran maestra; siempre maestra; madre y maestra del baile flamenco. A su gloriosa memoria, en señal de homenaje, vayan estas humildes líneas de apasionado admirador.

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