La crítica · Teatro Villamarta

Talento para abrirse paso

  • Ana Morales denota por encima de todo seguridad y confianza en todo lo que hace, dos detalles importantes y palpables.

Encontrar el camino idóneo es, en muchas ocasiones, un laberinto para la mayoría de jóvenes artistas. Tanto que se cae en el riesgo de acabar perdidos o agarrados al estereotipo que no lleva a ningún lado. No es el caso de Ana Morales, una bailaora que por encima de todo denota seguridad y confianza en todo lo que hace, dos detalles importantes y palpables. Sabe lo que quiere, y simplemente con eso todo es más fácil. A esa claridad de ideas se le une un entuasiamo en su profesión y un estilo logrado. Forma parte de una generación de estudiosos constantes, a la que le gusta mirar atrás y eso, en un mundo en el que los vaivenes y las modas también tienen su efecto, vale por dos o simplemente marca. 

Su concepto escénico puede ser denso pero concreto, y ahí está su virtud. Por eso, ayer en el estreno en solitario en el Teatro Villamarta planteó, en 'Los pasos perdidos', un espectáculo muy directo, sin hilo argumental, con suites de bailes continuados, pero todo bien ordenado y sobre todo muy íntimo. Sin salirse del tiesto, para entendernos.

Durante casi hora y media la catalana descubre sus inquietudes y las comparte con David Coria, parte implícita del proceso creativo, como se comprueba durante la obra, y sin duda, el hombre de moda en este inicio del festival. A pesar de lo alargado de su sombra, sabe retirarse a tiempo para no estorbar ni restar protagonismo a la bailaora, aunque eso sí, cuando la escena le requiere no duda en demostrar que estamos ante un hombre con mucho futuro, desprende por sí solo una personalidad sobre el escenario, y eso hoy día, no está al alcance de todos. Para muestra un botón, su baile por guajira, ejemplo de plasticidad y donosura. 

La selección minuciosa que prepara Ana Morales, porque desde los cantaores hasta los guitarristas pasando por el detalle de la Escolanía de Los Palacios, están escogidos a conciencia, se conjuga bien a lo largo de esos ochenta minutos, dando muestras de su capacidad camaleónica para cambiar de registro y para poner de relieve no sólo su elegancia cuando baila por soleá tangos o farruca (se agradece que no haya caído en el tópico de bailarla con pantalón), sino también para atajar un clásico como la Malagueña de Lecuona con la misma solvencia que el resto. Tiene unas bases sólidas y eso se aprecia a primera vista; técnica, coordinación, interpretación, y un manejo del tempo sobre las tablas que hacen que las coreografías enlacen sin chirriar. 

Sus apariciones se alternan con pinceladas de cante y toque, en algunos casos con Juan José Amador y Miguel Ortega, como siempre soberbio en todo lo que hace, y en otros con la personalísima guitarra de Rafael Rodríguez (impresionante en las jácaras 'Tú' y sobre todo al interpretar la farruca de Sabicas) y el sosiego de Salvador Gutiérrez, un artista más pausado y convencional. No falta el piano de Pablo Suárez, otro elemento importantísimo en la escena. 

Yendo de menos a más, el público supo reconocer la labor de un montaje que de momento ha sido una de las grandes noticias del Festival, pero al que quizás, le falta algo más de emoción. Todo transcurre por cauces tan formales que a veces se echa en falta un poco de nervio, de improvisación, eso que da consistencia al arte. Dicen que el arte es emoción y puede que esto sea lo único que se echa en falta en 'Los pasos perdidos'. Todo está tan medido, que se pierde la chispa. De cualquier forma, esto no es óbice para reconocer un trabajo logrado, creativo, perfectamente estructurado y que refleja la realidad de la generación de artistas que está por venir. 

Baile

Los pasos perdidos

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