Una noche de grandes sobresaltos

El ciclo ‘De Peña en Peña’, uno de los clásicos en este Festival de Jerez pero que de un tiempo a esta parte está perdiendo calidad artística (y no será por el presupuesto destinado al mismo), arrancó el pasado viernes en la Peña La Bulería. Hasta los topes se puso la sede de esta señera institución, situada en pleno corazón de La Plazuela, todo para ver en directo a la joven Carmen Herrera.

Nadie quería perderse la actuación de una bailaora con gran talento y que encontró a la pareja ideal para rescatar al duende. Sí, el duende, ese a que a veces es difícil encontrar y del que muchos dicen que ni existe. Sea lo que sea, duende, pellizco o como se llame, lo cierto es que apareció por la Calle Empedrada a modo de baile y cante. En parte gracias a los hermanos Alfonso y José Carpio, dos colosos para una noche cargada de emotividad.

Ambos pusieron la peña bocabajo con ese aire tan peculiar de los Mijita, una familia que aún conserva la pureza del cante. Curiosamente, no fue metiéndose por Jerez, sino acordándose de Caracol. Con la zambra ‘La Salvaora’ al compás de bulerías, José y Alfonso alternaron estrofas estremeciendo la sala y exprimiendo el mejor baile de Carmen Herrera.

Fueron momentos mágicos, inolvidables, y que junto con la perfectísima guitarra de Domingo Rubichi, encendieron la mecha de una velada que a más de uno le puso vello de punta. Qué manera de cantar, señores.

Fue sólo el colofón de una actuación en la que la jerezana, que el pasado año ya dejó buenas sensaciones en la Compañía, ofreció  a los presentes una primera parte de baile por seguiriyas,  y una segunda haciendo soleá.

En ambas, Carmen apuntó una cosa fundamental, como corroboró posteriormente y en público su propia mentora, Ana María López, que su periplo en Jerez está finito. Es hora de buscar nuevos retos porque condiciones no le faltan.

Seria y sobria en la seguiriya, de nuevo guiada por las voces de los Carpio, y expresiva a más no poder en la soleá, la joven bailaora dio todo lo que tenía y más, de ahí la explosión de júblico y aplausos con la que el público la despidió. Fue una cadena de acontecimientos en poco tiempo difíciles de digerir. Tanto es así que hasta Ana María, pendiente de todo lo que hacía su ‘apadrinada’, se atrevió a decir: “La alumna ha superado a la maestra”. Su pataíta por fiesta agrandó aún más a una noche con argumentos suficientes para seguir apostando por un ciclo que ahora más que nunca necesita calidad, porque los experimentos son para otras fechas.

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