Jerez, tiempos pasadosHistorias, curiosidades, recuerdos y anécdotas

Cantos y bailes en los fines de fiesta de las funciones teatrales de los siglos XIX y XX

  • El Ole y el Jaleo de Jerez, dos atrevidos bailes nuestros que escandalizaron hasta en la Ópera de ParísBailarina interpretando el Jaleo de Xerez, según un grabado de 1838.

SALVO en los espectáculos de flamenco y algún que otro especial, el fin de fiesta es algo que ha desaparecido prácticamente de las funciones teatrales, sean de drama o de comedia. Pero en el siglo XIX y hasta bien avanzado el XX, los fines de fiesta eran algo normal, incluso diríamos que obligado, en el teatro que entonces se hacía en nuestro país.

Concretamente, en nuestra ciudad, en el teatro Principal, el fin de fiesta era algo corriente, incluso algo que la misma crítica teatral exigía, como en la 'Revista Jerezana' pedía el crítico Almaviva, en 1859: 'Aconsejamos a la empresa, sea la que quiera, que no olvide los bailes nacionales, verdadero aliciente para el público jerezano; siempre que las parejas valgan la pena de mirarse'.

Veinte años antes, en 1839, se representaba en Jerez un drama con un título tan largo como 'Doña María de Molina, Reina Regente de Castilla, en la menor edad de Fernando IV', cuyo autor no se mencionaba, pero sí el nombre del autor del decorado, que representaba el interior de la iglesia del Monasterio de las Huelgas, de Valladolid, que había sido pintado por don Mariano Zafrané Toral. Pues bien, como complemente a dicha función, se anunciaba la tonadilla 'El Presidiario'; concluyendo, según decía el programa, con el canto y baile de la jota aragonesa, estando el teatro completamente iluminado.

El baile de la jota era un número bastante corriente de ver, al final de muchas obras de teatro. Aunque también lo eran las llamadas sevillanas mollares, que vemos anunciadas, el mismo año, tras una comedia cómica - de las llamadas de gracioso - en tres actos, en que, además, concluida la misma, se cantó una cabatina de la ópera 'La cazza ladra'. Y, como cosa bastante curiosa, tenemos la representación de un melodrama, a cuyo final un bailarín ejecutaría el llamado Baile Inglés, nada menos que ¡con doce cuchillos en los pies!, cosa que sería digna de ver por lo insólita.

Con motivo del cumpleaños de la reina gobernadora, se representó en Jerez la comedia nueva de don Ventura de la Vega, titulada 'La mujer de un artista' y, a continuación, se anunciaba el baile de la jota aragonesa; cantándose varios juguetes de la opera 'El Califa de Bagdad' por Ramona García, y el rondó de contralto de la ópera "Semíramis", a cargo de la cantante Manuela Tapia.

Sin embargo, un baile tan de esta tierra como el Ole, no era bien visto por muchos aficionados al teatro, quienes en 1847 protestaban, en el periódico 'El Jerezano', por medio de una carta, en la que pedían a la empresa de la sociedad dramática que "no anuncie jamás el Ole tal como aquí se baila, siquiera por consideración a las muchas personas que asisten al teatro y a quienes repugna". Tal vez porque fuera un baile algo picante, cosa que creemos bastante exagerada, si lo miramos con ojos de hoy. Y lo mismo pasaba con otro viejo baile bolero, 'El Jaleo de Xeres', del que Teófilo Gautier que lo vio bailar, la noche del 25 de septiembre de 1837 decía de él que era "el paso más atrevido y descarado de cuantos se han visto en la Opera de París. Fue fenomenal, escandaloso, inimaginable, pero fue encantadorý Una danza para levantar a un muerto".

Siendo el baile, como hemos dicho, generalmente número de fin de fiesta, tras las acostumbradas representaciones de comedia o de drama, de vez en cuando, aunque raramente, solían anunciarse en nuestra ciudad grandes espectáculos, como éste que vino al Teatro Principal de la calle de Mesones, el 13 de mayo de 1847: nada menos que la Compañía de Baile del Teatro de la Puerta de San Martín, de París, dirigida por el señor Lurenzon, que se presentaba tras haber actuado con gran éxito en el Teatro del Circo, de Cádiz.

Durante tres días, a función por noche, estuvo actuando en Jerez, maravillando a los cientos de espectadores que abarrotaron el teatro.

Inútil es decir que, en las noches carnavalescas, tanto en el teatro, como en los casinos y sociedades de recreo, los bailes que reinaban eran los propios de Carnaval, donde el único protagonista era el público, disfrazado de las más insólitas maneras, y escudado tras la correspondiente máscara o antifaz.

Ya en los años veinte y treinta del pasado siglo, la costumbre del fin de fiesta seguía manteniéndose en el teatro; dándose el caso de que la gran bailaora Pilar López y su hermana la célebre Argentinita, bailaron en un uno de ellos, en el recién inaugurado Villamarta. Y si nos acordamos de los años cincuenta, cuando pasaron con tanto éxito por nuestro primer coliseo las huestes nunca olvidadas de "Los Ases Líricos", con Purita Jiménez, Tino Pardo, Esteban Astarloa y Fernando Heras, como primeras figuras, era una buena costumbre de dicha compañía organizar grandes fines de fiesta, como el que celebró - por poner un solo ejemplo- el primero de mayo de 1950, con motivo de la Fiesta del Sainete, patrocinada por la Asociación de la Prensa jerezana, en que después de representarse el juguete cómico-lírico 'Chateaux Margueaux', con música de Fernández Caballero, y 'El Barberillo de Lavapiés', de Barbieri, se cantó en el extenso fin de fiesta el 'Ay que ver', de 'La Montería'; las romanzas de 'Luisa Fernanda' y 'En el balcón de palacio'; más el dúo de 'La Chulapona'.

Y después de una emocionante antología de la zarzuela española y un desfile de inmortales personajes zarzueleros, se remataría la función, a modo de traca, con una gran final, a cargo de toda la compañía, cantando el pasacalle de 'La Verbena de la Paloma'.

Los que asistimos a esa función, nunca olvidaremos una noche tan hermosa, en que hasta la sala del teatro había sido previamente perfumada por Mafalda y todas las espectadoras obsequiadas con flores de Pepín y tarjetas perfumadas.

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