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Teoría y práctica de la hipocresía

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Si tuviese que resumir en una sola palabra la característica que mejor define la sociedad en la que vivimos y de la que todos formamos parte, diría, sin pensarlo dos veces: la hipocresía. Esta miseria del espíritu, tan despreciable, dañina y repugnante, se ha instalado a sus anchas, infectando como negro contaminante e infestando como metástasis mortal todo el entramado social que los humanos hemos construido para relacionarnos entre nosotros.

No existe ámbito, círculo, ambiente, o estamento, desde el más pequeño o familiar hasta el más trascendente, nacional o internacional, que esté a salvo de las perniciosas e irremediables consecuencias de esta desgracia, que nos puede. Familia y amistades, asociaciones, clubes, peñas y cofradías, partidos políticos, confesiones religiosas, prácticas ideológicas, o movimientos alternativos, todos, sin fallar uno sólo de ellos, todos están invadidos, en mayor o menor medida, por este auténtico cáncer social que es la hipocresía. La razón es sencilla, por evidente e inevitable: la presencia, insalvable, de un común denominador en todos estos diferentes grupos de humanos: el hombre.

Inherente, por lo visto y vivido, a la condición humana, la hipocresía es esa forma sutil y envenenada de mentir, de falsear con astucia y sigilo la autenticidad de un sentimiento, esa habilidad para duplicar una 'verdad' que nunca ha sido, ese fingir una sinceridad adulterada, esa tendencia, al parecer irrefrenable, al peor de los engaños: el que resulta cuando desnaturalizas una emoción.

La teoría, esa que supuestamente denosta la mentira y ensalza la honestidad y la nobleza, es una quimera en la que nos 'educan' para vivir en una comunidad que nunca vamos a encontrar, porque no existe; para trabajar con unas herramientas que no sirven, porque no son las que necesitaríamos para conseguir lo que de verdad importa; para ir en busca de unas metas que no podremos lograr, porque no están al final de ninguno de los caminos que la formación a la que nos obligan pone a nuestro alcance. Esta teoría, la que nos cuentan, es la primera gran mentira: sólo nos dicen lo que saben que queremos escuchar, para obtener lo que quieren, no les importa que no sea lo que necesitamos para vivir, les importa, sólo, lo que ellos quieren para vivir.

Pero, a pesar de lo dicho y del brutal condicionante que la sociedad ejerce desde el principio sobre todos y cada uno de sus miembros, no nos llamemos a engaño: no hay más culpables que nosotros mismos. Todos, menos los estúpidos, somos conscientes, antes o después, de la farsa en la que nos movemos, y todos podemos tomar las decisiones que nos permitan salirnos de ella. Si no del todo, al menos para que la mierda, en lugar de llegarnos al cuello, nos alcance hasta un poco por debajo de las rodillas, ¡que no es poco!, al menos para comenzar.

En la práctica, lo que sucede en la práctica es que las personas, la inmensa mayoría de ellas, aceptan, antes o después, la 'teoría' hipócrita en la que han sido mal educadas. La admiten, la asumen, e incluso, tristemente, hasta la perfeccionan, aún a sabiendas de lo que están haciendo. Puede que algunas de ellas no sean plenamente conscientes de aquello a lo que están renunciando, pero sí saben muy bien lo que están eligiendo: lo fácil, lo más cómodo o lo menos incómodo -si lo prefieren así-, lo que apaña, más que soluciona, conflictos inmediatos, evitando confrontaciones desagradables, molestas, o inconvenientes, pero… ¿a qué precio?, pues a costa de caer en el peor de los cinismos: desertar, con lúcido desparpajo, de lo cabal; desistir, sin complejos, en el intento de acercarnos a lo íntegro; mentirse, con paradójico orgullo y letal vanidad, como personas, que es lo mismo que renegar de intentar serlo… ni más, ni menos.

Todo no es sino una gran mentira, todos somos el engaño que permitimos ser, más que monumental, trágico, desde el principio que nos dan, hasta el final que cada uno quiera darle. Para ser patéticamente coherentes con el sainete en el que vivimos -y al que nos empeñamos en dar tintes de seriedad-, y no morir de vergüenza en el burdo intento, nos inyectamos dosis, para mí ya insufribles, de hipocresía, ¡como si eso fuese algo parecido a una vacuna, que no existe, para una lacra que persiste!

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