La crítica literaria

QUIZÁS Mallarmé se pasó cuando se refirió de modo genérico a los críticos, definiéndolos como "esos individuos que se mezclan en lo que no se ocupa de ellos". Ciertamente, conocemos a críticos de esos que repiten todas las antiguallas, todos los tópicos, todas las difusas generalidades y todos los comentarios sórdidos (como si estuvieran persuadidos de que el "vareo" es la única manera de que olivos y escritores rindan buena cosecha), tras los que siempre se parapetan los que carecen de talento. No debemos dejar de reconocer, sin embargo, que alguna vez hemos tratado con otros de una erudición y una ecuanimidad admirables.

Usaba antes el término "antigualla" porque la crítica inflexible y ácida no es exclusiva de nuestro tiempo. Guardo en mi biblioteca una obra titulada "Juicio crítico de los principales poetas españoles", escrita por un tal José Gómez Hermosilla y publicada en 1840, en cuyo prólogo dice : "…Advierto que sólo examinaré las que solemos llamar poesías o composiciones sueltas, no las dramáticas; y sólo de escritores antiguos, porque hacer figurar a la gran mayoría de los de nuestro tiempo sería agravio para aquellos… Sépase que indicar los descuidos de los buenos escritores es todavía más útil que el alabar sus aciertos; porque para imitar estos se requiere una como inspiración que no pueden dar las observaciones críticas, y para evitar aquellos basta que se muestren con el dedo". La lectura de esta advertencia del autor a sus lectores explica por qué en el lenguaje común, criticar signifique tanto como "sacar defectos".

Pero no debemos ser demasiado críticos con el crítico Gómez, porque esto casi siempre fue así entre la gente torpe de su oficio. La pregunta, por tanto, es : "¿A qué se debe la severidad con que tan a menudo se conducen los críticos?". No lo sé con seguridad. Quizás sea porque el mal crítico examina los textos pensando que su autor los escribió para él, para regalar su fina sensibilidad literaria y sus profundos conocimientos académicos; cuando hasta el más tonto sabe que todo escritor escribe para un público heterogéneo, un batiburrillo de gentes en el que conviven el erudito con el ignorante, unidos por un mismo asombroso interés por la lectura. Es como si el honrado confitero juzgara cada pastel de los que prepara pensando en su empalagado paladar y no en el menos avezado del de sus clientes, seguro que entonces apenas si pondría alguno a la venta.

Pero no ocurre así. Muchos críticos literarios son meros archivos andantes de lecturas y de datos, y nada les gusta más, tras leer un texto, que componer un gesto de desdén, diciendo : "Esto mismo lo escribió ya Quevedo". Como si el plagio fuera algo raro en la Literatura : en la "Divina Comedia", Dante copió sin disfrazarlos versos de Virgilio y, en el "Alcalde de Zalamea", Calderón describe situaciones y hasta versos completos tomados de Lope.

Como decía al principio, he tenido trato con varios críticos temibles. Aunque creo que el más ácido de todos es Don Germán Duarte, que me daba clases particulares de Literatura cuando yo estudiaba Bachillerato. Era hombre rígido, de ingenio ático, intransigente con los errores gramaticales y dotado de una hiriente ironía, de la que hacía ostentación cada semana en la sección del periódico local "Actualidad Literaria", que él dirigía. Su prosa tenía la apariencia del cuchillo que corta la manteca, pero no había que profundizar mucho en ella para descubrir que su filo no tenía nada de inocente.

Por aquella época, yo tenía afanes de poeta, aunque -como ahora - poco talento para los versos. Los que componía me nacían de las pesadumbres de un amor que se me resistía y que yo trataba de rendir con las armas de la poesía. Recuerdo de entre aquellos poemas, una cuarteta de la que me sentía especialmente orgulloso y que era la envidia de mis amigos y de las amigas de la que me traía por la calle de la amargura y que decía : "Las horas que tiene el día/ las he repartido así : / nueve, soñando contigo/ y quince pensando en ti".

Un día, Don Germán nos puso como trabajo en clase una redacción con el título "La madre". Al rato, yo la había concluido, pero como conocía su rigor crítico y su guasa, demoraba el momento de entregársela para que la corrigiera. Al fin, me decidí y él empezó a leerla muy lentamente. Cuando terminó, alabó la buena sintaxis y su contenido.

Resultaba patente que ese día estaba de buen humor. Pensé entonces que era aquel un momento propicio para presentarle mi celebrada cuarteta y ganar puntos en su estima literaria. La leyó despacio, clavó la vista en el techo y se quedó callado. Cuando me pareció que su silencio duraba demasiado le dije, impaciente : "¿Qué le parece Don Juan?".

Se repanchigó en la silla y dijo sin mirarme : "Por lo menos, dos cosas están claras : duermes mucho y sabes sumar bien : nueve y quince, veinticuatro".

Fue el último poema escrito por mí que leyó. Aunque, la verdad, se clavó tan hondamente su puntiaguda ironía en mi dignidad de poeta que, desde entonces, apenas a cuatro o cinco personas de mi intimidad he dejado que lean mis versos.

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