Balance

Bailan, luego cabalgamos

  • La muestra jerezana se reinventa un año más para lograr escapar viva de las garras de la crisis y los recortes.

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La décimo sexta edición del Festival de Jerez se ha cerrado con una leve caída en el porcentaje de espectadores frente a la última edición: se ha pasado de algo más de 34.000 a casi 32.000. Buen dato, no obstante, aunque casi insólito para una muestra que no ha dejado de crecer año tras año. La crisis generalizada, obviamente, explica y justifica este frenazo en seco. Ya en el balance de aquella entrega de 2011 todos coincidían en señalar que había sido la muestra más complicada a la hora de poner en pie de cuantas se habían puesto en marcha hasta la fecha. Nos equivocamos. El agujero negro de la Gran Recesión y los recortes a diestro y siniestro que padecemos han provocado que culminar con éxito la celebración del evento de este año aún haya sido, si cabe, más milagroso. Eso, teniendo en cuenta que probablemente estemos ante uno de los festivales con mayor proyección y que menos ayudas y patrocinio ha tenido desde sus orígenes de cuantos se celebran en Andalucía. Así las cosas, el recorte en un tercio de la programación, con la supresión de los espectáculos de la medianoche, pudo ser algo necesario por razones presupuestarias, pero se ha revelado dañino para los cimientos del certamen de baile flamenco y danza española, con una caída espectacular en el ambiente nocturno tan celebrado por quienes lo visitan y, especialmente, por una clara merma en cuanto al rico caleidoscopio de propuestas y oportunidades que hasta ahora se ofrecían. Si el área formativa del Festival ha logrado salir airoso un año más, con una ocupación casi del 100%, es cierto que se ha notado una menor afluencia de visitantes foráneos y de atmósfera festivalera en las calles del centro. Paradójicamente, en este año de vacas flaquísimas es cuando más ha brotado un auténtico Off festival, con un interesante ramillete de alternativas diarias (en las horas con vacíos en el cartel oficial) que, por desgracia, no han encontrado la respuesta esperada de público (sí, sí, de nuevo la crisis) por mucho que nos parezca inaudito que haya habido conciertos en directo que 24 horas antes apenas habían llegado a vender seis entradas. Sin embargo, el camino está trazado y hay que seguir confiando desde la vertiente privada en el potencial del flamenco pero siempre enfocando la oferta hacia la rentabilidad. Aquí han entrado en juego las peñas, que han vuelto a convertirse en un filón más allá de los escenarios oficiales. El programa ha sido escaso pero esa insana costumbre del gratis total ha servido de imán para los aficionados de medio mundo que se han dejado caer por Jerez estos días. No estaría de más empezar a pensar en recuperar aquella fórmula de la peña de guardia que tanto calor y color daba al certamen a coste casi cero. Vendrán tiempos mejores, no cabe duda, y a eso se aferran promotores, organización, empresas colaboradoras, artistas, cursillistas y aficionados. Lo importante es que, a pesar de los pesares, se sigue bailando, cantando y tocando. Luego cabalgamos.

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