Tribuna libre

Cervantes en las bibliotecas jerezanas del siglo XVIII

SE ha escrito que el XVIII fue el siglo en el que España redescubre la que desde entonces es la obra más universal de su literatura. Su ingenioso autor saldrá entonces de los estantes y será aupado a la cumbre del Parnaso español. Y si a lo largo del siglo XVII sólo hubo seis ediciones del Quijote, en este se sumaron treinta y tres.

Este fue un redescubrimiento promovido por la intelectualidad. Pero, ¿cuál había sido la recepción de las obras cervantinas entre los lectores jerezanos del Setecientos?  Hay que partir de un dato clave: que a mediados de ese siglo sólo el 35% de la población masculina jerezana y un 10% en el caso de la femenina sabía leer, y esto gracias a los avances que en la escolarización se habían gestado en nuestra ciudad por aquellos años (véase nuestro estudio sobre la Educación en el Jerez del XVIII). No obstante, el no saber leer no era a priori un obstáculo para acceder a la cultura escrita, al menos a parte de ella, sobre todo la a literatura de entretenimiento, pues la lectura oral colectiva fue una práctica muy extendida.

Pero, cabría preguntarse: ¿cuántos y quiénes fueron los que poseían libros entonces?  Teniendo en cuenta las limitaciones de las fuentes documentales, se puede afirmar que sólo el 5,6 % de la población jerezana de la segunda mitad del XVIII había reunido una cantidad de libros susceptible de ser incluida en los inventarios de bienes, que por muerte u otra circunstancia eran protocolizados ante notario. Esta población poseedora de libros ostentaba un status económico medio-alto. Sin embargo, la riqueza no siempre equivalía a la posesión de bibliotecas. 

Con estas consideraciones previas, busquemos, tomando como base los casos que hemos estudiado en la monografía sobre la biblioteca de Manuel del Calvario Ponce de León y Zurita, la presencia de la obra de Miguel de Cervantes en las bibliotecas particulares del Jerez de esa época.

Comencemos apuntando que la literatura no fue la lectura que más espacio ocupó en los estantes de aquel siglo. Esto, evidentemente, acota y acorta la búsqueda. Así, por ejemplo, entre los 47 títulos que formaban la biblioteca del veterinario Pascual Martínez no encontramos un solo libro de este contenido. Ni tampoco entre los 78 reunidos por la propietaria agrícola Sebastiana Lizano. El arquitecto Domingo Mendoviña, por su parte, declaraba en su testamento que poseía “algunos libros e instrumentos de su ejercicio de arquitectura, todo de corto valor”. El abogado Matías Franco sólo poseía a su fallecimiento 10 títulos (22 tomos en total). De literatura sólo conservó cinco tomos con la obra de Quevedo y la novela satírica “El Siglo Pitagórico”. 

En efecto, la literatura del Siglo de Oro continuaba siendo leída con interés. Por ejemplo, por el aristocrático matrimonio de Joaquín Ponce de León e Hipólita Trujillo. En su centenario palacio de la calle San Blas - hoy vergonzosamente en ruinas - contaban con 114 títulos. La Historia y la Religión tomaban la mayor parte de los anaqueles, lo habitual en las bibliotecas barrocas no profesionales. En siguiente lugar, la Literatura. Aquí de nuevo nos saluda Quevedo, sus anteojos y una selección de doctos autores latinos, como Ovidio y Virgilio. En cambio, el cosmopolita marqués de Montana, poseedor de una ostentosa librería en la que guardaba 97 títulos, había fijado sus intereses literarios en la producción gala contemporánea, principal foco cultural de la Europa del momento. De producción nacional sólo hallamos a Calderón, y ello pese a que, después de la Historia, la Literatura había sido el segundo de sus intereses lectores. 

Más variedad en cuanto a obras literarias encontramos en la biblioteca de la aristócrata y potentada Jerónima Juana Caballero Ortiz de Zúñiga. Haciendo escrutinio de sus 42 registros, dedicados la mayoría a la Historia y a las Vidas de santos, topamos con algunas obras literarias, como la del polifacético Torres Villarroel y con autores del siglo anterior que continúan insistentemente presentes, como Zabaleta o Baltasar Gracián. Doña Jerónima también solazó sus días con la “Novelas sin las vocales” y con la poesía  de sor Juana Inés de la Cruz. Y Cervantes sigue sin asomar. 

Aventuremos nuestros pasos, ahora, en busca de próspera fortuna, hacia las bibliotecas más nutridas de ese Jerez de tintas oxidadas. En la Carpintería Alta, en el número 17, erigió su barroca morada - hoy vilmente abandonada a la especulación - el retablista Matías José Navarro. En sus numerosos y prolongados ratos de ocio, vigilando de reojo el sudoroso laborar de sus hermanos, Matías pudo leer - ¡por fin! - los dos tomos del Quijote, pero también a los omnipresentes Quevedo, Gracián, Mateo Alemán, Vélez de Guevara y a otros muchos. ¿A qué manos irían a parar tras su muerte sus 339 libros? Quién sabe si alguno de ellos, tras la almoneda de sus bienes, cruzó la puerta del palacio renacentista de su vecino, el regidor Manuel Ponce de León. Como aristócrata ilustrado, Ponce de León defendió el mérito de los escritores españoles frente a las sañosas críticas vertidas desde el otro lado de los Pirineos. Un movimiento cultural que, como dijimos, sacará del cautiverio del olvido a ese escritor tan laureado, curiosamente, por franceses e ingleses. Así, reunió una biblioteca que fue una de las seis “más copiosas y selectas” del Jerez de entonces. En 1796 alcanzaba los 910 títulos de variadas materias. De ellos, 144 eran obras literarias. De Cervantes, Ponce de León adquirió “La Galatea”, “Don Quijote”, “El amante liberal” y un tomo con sus obras dramáticas. 

A parte de la famosísima de Villapanés, existieron más bibliotecas de cierta entidad, pero su contenido quedó silenciado en los documentos. Con todo, los casos expuestos apuntan hacía una conclusión: que las obras de Cervantes no fueron una lectura prioritaria; otras atrajeron más que las hazañas de Don Quijote o las ocurrencias de Tomás Rodaja, tal es el caso de “Las aventuras de Telémaco” del francés Fénelon, un auténtico best seller que no excusaba su presencia en casi ninguna biblioteca. En esto, Jerez no fue un caso aislado. Más que un abuso lector que acabó físicamente con el ejemplar, como especuló T. Dadson, quizás haya que aceptar que otros autores tuvieran una mayor aceptación popular y que también, como sucede hoy, los fulgores de las novedades fueran los que guiaran el gusto - bueno o malo - de los lectores.   

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