Don Quijote en el cine

  • Ferrán Herranz hace un concienzudo repaso a todas las adaptaciones y todos los proyectos inconclusos para la pantalla de la inmortal obra de Miguel de Cervantes

El ejercicio es sencillo. Y bochornoso. Si el lector se decidiera a consultar cuántas adaptaciones para la pantalla ha inspirado en Inglaterra un coetáneo de nuestro Miguel de Cervantes como fue William Shakespeare, en la comparación notará el ostracismo sufrido por el manchego y su obra más celebérrima en los platós y pantallas nacionales. Si exceptuamos el cariño confeso de Manuel Gutiérrez Aragón, que firmó una espléndida serie televisiva y una irregular película en su honor, y alguna adaptación más espiritual que literal como Honor de caballería (2006), el paisaje cinematográfico castellano está más achicharrado que en mitad del verano. Ferrán Herranz ha dado buena cuenta de ello en su libro El Quijote y el cine, recién publicado por Cátedra, y cuya lectura permitiría entonar por enésima vez un oportuno Nostra Culpa.

Admito las dificultades para adaptar satisfactoriamente una novela de la complejidad del Quijote, pero no estoy seguro de que éste haya sido el mayor obstáculo, sino el desinterés conjunto de industria y de público. En general, el interés de nuestro cinematografía por nuestros clásicos ha sido o bien escaso o bien desatinado. Una fuente inagotable de argumentos, experiencias y ensueños como la literatura del Siglo de Oro habría regado anchas vegas en otras latitudes, pero en España, cuando se hizo, se ha hecho con demasiado engolamiento y solemnidad, como si el único acercamiento posible a los clásicos fuera el del respeto castrador; un respeto excesivo que seguramente nace de la falta de familiaridad.

La obra de Cervantes ha sido ignorada de manera vergonzosa… y eso que no hay que pagar derechos de autor. Algunos puristas dirán que mejor así, que el cine robaría lectores al libro. ¡En absoluto! Una buena adaptación, pues de eso se habla, será una lectura inteligente del texto o no será, y bien podría despertar la curiosidad del espectador antes que el espanto.

A lo anterior añadiríamos la maldición que parece cernirse sobre Cervantes y sus criaturas. Como si, además de llevarse su biblioteca por los aires, el mago Frestón hubiera hecho un sortilegio para abortar cada tentativa seria de inmortalizar sus hazañas en la pantalla, en la filmografía sobre el Quijote son infinitamente más atractivos los proyectos inconclusos que los acabados. La fascinación de Orson Welles por la España embrutecida y odiosamente exótica de la dictadura franquista lo llevó a poner en marcha uno de sus trabajos más arriesgados y desfavorecidos: el rodaje empezó en 1957, aunque el realizador ya hablaba del proyecto algunos años atrás; la posproducción se prolongó durante dos décadas y quedó truncada con la muerte del cineasta en 1985; en 1992 se distribuyó un montaje de Jesús Franco, autorizado por Oja Kodar, la última compañera de Welles y legítima heredera del material filmado; no es necesario decir que la película resultante es sólo una aproximación a lo que pudo ser y no fue.

También tenemos el caso reciente de Terry Gilliam, cuyo The Man Who Killed Don Quixote expiró por una conjunción nefasta de tormentas varias, una hernia discal de Jean Rochefort (que debía incorporar al Caballero de la Triste Figura) y el pánico súbito de los productores. El rodaje se canceló a la semana de iniciado; quedan unos pocos metros de película, una crónica del desastre en formato documental -Perdidos en la Mancha (2002)- y la esperanza de que, algún día, Gilliam consiga llevar a buen puerto este proyecto.

Ferrán Herranz habla de otros numerosos intentos frustrados de adaptación como uno, a partir de un guión de Alvah Bessie, con Walter Huston como Don Quijote y Charles Chaplin como su escudero. En la lista debe incluirse la segunda parte de la serie de Manuel Gutiérrez Aragón, frustrada a causa de las muertes del productor Emiliano Piedra y de Fernando Rey -una lástima, pues Fernando Rey y Alfredo Landa son probablemente los mejores Quijote y Sancho nunca vistos en una pantalla-.

Y una última nota de color: a finales de los años 50, el productor Dino De Laurentiis tentó a Federico Fellini con una versión de la novela con Jacques Tati como el hidalgo manchego. En fin, un puñado de derrotas más en la cuenta de nuestro buen caballero. El ingenioso hidalgo podía vérselas con gigantes descomunales pero ningún libro de caballerías lo avisó contra los molinos de la ignorancia o la indiferencia.

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