CINE de salón

Ejemplo de memoria histérica

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PROBABLEMENTE sea El ministerio del miedo (1944; a la venta en la colección Clásicos de Oro que edita Suevia Films) uno de los largometrajes menos conocidos y valorados en la dilatada filmografía del cineasta de origen austriaco Fritz Lang. Película que como le ha ocurrido a tantos y tantos directores (se me viene a la cabeza El gran carnaval de Wilder) siempre estuvo a la sombra de otros títulos que pasaron a la historia como las obras maestras 'oficiales' de sus respectivos autores. En el caso de la trayectoria languiana, éstas bien podrían reconocerse en Metrópolis; M, el vampiro de Dusseldorf; Perversidad; o Los sobornados.

Pero aparte de lo anterior, el solapamiento aquí es doble, pues también ha ayudado el hecho de que El ministerio del miedo se enmarcase dentro de ese tríptico, con Lang ya asentado en Hollywood, sobre el que recayó el peso de la propaganda norteamericana en plena Guerra Mundial, y que arrancó con El hombre atrapado (1941) y prosiguió con Los verdugos también mueren (1943), otra cinta excepcional. Sin embargo, lo paradójico y llamativo de la supuesta rémora que para el filme podría tener la circunstancia de erigirse en alegato antinazi en pro de las 'naciones libres' es que ese retrato de la sociedad estadounidense narcotizada y paranoica que traza el firmante de Encubridora sigue vigente en la actualidad, más de sesenta años después de haber superado felizmente ese escenario bélico mundial. Y ahí, justamente, reside el secreto de lo ágil, misteriosa e inquietante que nos sigue pareciendo a día de hoy, pese a lo prejuicioso y simplista de identificarla con la propaganda como sinónimo de manipulación, esta adaptación de la novela homónima de Graham Greene.

La nación más poderosa del mundo se ha sentido en todo este tiempo y, en paralelo, la más frágil, la más dada a la vulneración de su engranaje político y militar, y la más preocupada y ocupada en satanizar lo ajeno, la sempiterna amenaza exterior. De eso, soterradamente, habla Lang en la película, aunque no fue hasta años más tarde cuando radicalizó su postura antisistema y Norteamérica y la industria hollywoodiense pasaron directamente a considerarle como un apátrida.

Aquí el MacGuffin, que no es lo único que el largometraje posee de hitchcockiano, es una tarta que el protagonista, recién salido de un manicomio en el que ingresó injustamente (otro 'tic' del maestro londinense: introducir la figura del falso culpable) gana en una feria benéfica y en cuyo interior se esconde un microfilm con claves militares estratégicas robadas por los nazis. Desde ese mismo momento, no exento de cierta épica, un sensacional Ray Milland, que encarna la figura de un hombre atormentado y corroído por su pasado, se verá envuelto en una red de espionaje cuyos miembros no tendrán reparos en tratar de deshacerse de él para dar caza al pastel.

De por medio, el romance, las falsas apariencias, el temor por tropezar en las mismas piedras y la intensidad de una cinta que se sabe imperfecta (la resolución de ciertas secuencias son del todo inverosímiles, así como el happy end impostado que choca de frente con el típico fatalismo languiano), pero que se revela capaz de impedir que decaiga nuestro interés. Y sin pestañear un segundo ni dudarlo en ningún momento, reconocemos asistir a una lección de cine en su expresión más elevada, la que sólo genios como Lang, honestos y sin altos vuelos, pueden ofrecernos. Mientras tanto, algunos seguirán mezclando arte y política, y haciendo de la cultura el más vil y pútrido de los negocios.

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