La ciudad de la historia por Eugenio J. Vega Geán y Fco. Antonio García Romero

Historia sanitaria de Jerez (I), epidemias en el Siglo Ilustrado

HOY ofrecemos la primera de varias entregas que iremos publicando hasta el final del curso sobre una interesante y muy viva historia de la sanidad y el estudio de las patologías en nuestro Jerez desde el siglo XVIII. Su autora, Mercedes Benítez Reguera, es jerezana y actualmente realiza sus estudios de Medicina en la Universidad de Valladolid. Ha manejado las fuentes documentales y consultado la bibliografía para presentarnos este concienzudo resumen sobre el tema. Los coordinadores

La centuria ilustrada supone una época de gran aumento demográfico a nivel general, incremento que en Jerez no pasó desapercibido, aunque los primeros años no fueron muy halagüeños: los 3.337 vecinos (unos 14.000 habitantes) con que contaba la ciudad en 1693, se quedan en 2.690 (unos 11.200 habitantes) en el año 1713, según González Beltrán y Pereira Iglesias (1999). La situación revierte a finales del siglo, llegándose a contar en 1787 un total de 47.711 almas según el Censo de Floridablanca. Quizás sea el aumento demográfico una de las causas del recrudecimiento de las enfermedades epidémicas, estudiadas por José Rodríguez Carrión en su tesis doctoral 'Medicina y sociedad en el Jerez de la Ilustración' (1993).

En aquel tiempo, existían los siguientes hospitales: el Hospital de la Caridad, como albergue del peregrino y alimento para el necesitado, así como para dar sepultura a los difuntos sin familia; el Hospital de la Sangre, u Hospital de Mujeres, fundado en 1485 en la calle Taxdirt y que contaba con 12 camas para enfermas, iglesia, sala de cabildos, botica, sacristía, patio de naranjos, camposanto y dos enfermerías, además de los aposentos del cura y del enfermero; el Hospital de San Juan de Dios o de La Candelaria, dedicado a la atención a incurables y convalecientes, fundado en 1575 por el Beato Juan Grande en la actual Alameda Cristina, contaba con cuatro enfermerías con capacidad para 22 enfermos, un patio, refectorio, botica, despensa, caballeriza y un corral; y el Hospital de Jesús María, con funciones sanitarias desde 1754 en unas casas de la calle del Pollo, logrando sobrevivir hasta el año 1838.

Así pues, como nos indica Carrión, "nos encontramos en el periodo ilustrado con una ciudad con solo cuatro hospitales, a cual peor dotados y con apenas cien camas para una población de más de cuarenta mil almas".

Esta red hospitalaria atendía las necesidades sanitarias de los jerezanos, agravadas por las epidemias, sobre todo a finales de siglo: entre 1785 y 1786 sobrevinieron las fiebres tercianas. Se trataba, según las respuestas de los médicos jerezanos al cuestionario que sobre la enfermedad les envía el Ayuntamiento, de un proceso que cursaba con "vehemente calentura, ardor y dolor en las manos..., repugnancia a todo género de alimentos..., nauseas y vómitos frecuentes..., fuertes dolores de cabeza... y todo el cúmulo de síntomas que produce una terciana maligna, y que como tal fue vencida con el uso de la quina".

Los médicos alegaban, como causa de la rápida expansión y de la difícil contención de la enfermedad, el lamentable estado de las vías publicas, pues "nuestras calles son las cloacas de todo el vecindario en donde depositan los escombros, los excrementos mismos, y lo que puede repetirse sin horror, los cadáveres de los animales, así pequeños como grandes, hasta que los consume la podredumbre". Se combatió a base de sangrías, medicamentos temperantes y, si no remitía, con la quina. Para alimentarse los sanitarios recomendaron carnes blancas de cerdo y pescado blanco, lamentablemente algo inalcanzable para la mayoría de los bolsillos de los jerezanos de la época.

También nos visitó la viruela, una dolencia que, según los médicos, "poco socorro debe esperar de la farmacia. La dieta y las sangrías hacen todo su bien".

Recomiendan, para combatirla, la ingesta de tisanas de arroz, garbanzos, pan, cebada, horchatas, sopas, gazpachos, potajes y frutas. Sin embargo, no logró erradicarse hasta el siglo XIX.

La Salud Pública fue durante el siglo XVIII una preocupación constante de los gobiernos ilustrados, ya advertidos por las epidemias del siglo anterior. Como ejemplo, una Ordenanza Real de 1750, que obligaba a los médicos a "dar cuenta de aquellos enfermos que padezcan enfermedades contagiosas, exponiéndose a multa de doscientos ducados y un año de suspensión y cuatrocientos ducados y destierro si reinciden". La responsabilidad de quemar todos los bienes personales de los enfermos contagiosos recae en el 'alcalde de casa', que en caso de fallecimiento habrá de disponer el "picado y blanqueado de las paredes, así como el enladrillado de la alcoba". La quema de las ropas debía hacerse a más de media legua de la ciudad, en presencia del Alcalde y del escribano para evitar la picaresca.

Pero no debió cumplirse, pues el corregidor de Jerez, Martín José de Rojas, en 1764 (y seguimos con Carrión) "da cuenta en Cabildo de la absoluta inobservancia de las mismas por parte de los médicos, que no cumplen con la obligación de dar cuenta de los enfermos contagiosos que existen o han fallecido, especialmente de tisis, por lo que no se pueden llevar a la práctica las medidas preventivas desarrolladas en las Ordenanzas". Pero también esto cayó en saco roto, pues en 1786, un nuevo corregidor, Fernando Zenito, estableció una multa de doscientos ducados para aquellos profesionales de la sanidad que no cumpliesen la normativa en materia de salud pública.

Efectivamente, la higiene de Jerez a finales del XVIII era deficiente, con calles convertidas en auténticos estercoleros, los matarifes arrojando los despojos orgánicos a la vía pública y los mismos vecinos haciendo caso omiso a cualquier ordenanza al respecto. Los avisos a médicos y directores de los hospitales no empiezan a surtir efecto hasta las severas penas que se establecen para los infractores en 1786.

Además, los hospitales existentes en Jerez en aquella época eran insuficientes para atender a una población de más de 45.000 habitantes. Con unas cien camas en total, apenas podían sostenerse. Tan solo funcionaba con cierto decoro el de San Juan de Dios, por estar abierto a todo tipo de enfermos y tener una congregación a su servicio, además de ser el de mayor capacidad. Pero aquellos que podían costeárselo recibían tratamiento en sus propias casas, ya que eran sobre todo los pobres y carentes de recursos los que recurrían a los hospitales.

No estaba la ciudad mal dotada, en cambio, de médicos, cirujanos y sangradores, pues casi todos los años hay en torno a veinticinco ejerciendo la profesión en total. Esta relativa abundancia quizás sea debido a la cercanía del Real Colegio de Cirugía, por lo que muchos jerezanos pudieron estudiar la profesión cerca de sus hogares. Estos médicos, como afirma Carrión, eran hombres ilustrados, comprometidos, y así lo demuestran cuando no dudan en criticar abiertamente la desidia de la administración en el tema sanitario. Muchos de ellos serian socios fundadores de la entonces naciente Sociedad Económica Jerezana, que emulaba las Sociedades de Amigos del País que proliferaban por toda España y reunían a los sectores más cultivados de las poblaciones.

Cuando la ciudad creía haber superado un siglo plagado de brotes endémicos, sobrevino la epidemia de fiebre amarilla de 1800, que trataremos próximamente.

Bibliografía:

ORELLANA GONZÁLEZ, C.: 'Fuentes documentales básicas para la historia de la sanidad y la hospitalidad jerezanas (siglos XV-XX)', en 'Revista de Historia de Jerez' 2 (1994), Jerez de la Fra., 1992.

RODRÍGUEZ CARRIÓN, J.: 'Medicina y sociedad en el Jerez de la Ilustración', tesis doctoral inédita, Universidad de Cádiz, 1993.

SANCHO DE SOPRANIS, H.: 'Historia social de Jerez de la Frontera al fin de la Edad Media. II. La vida espiritual', Jerez de la Fra., CEHJ, 1959.

Centro de Estudios Históricos Jerezanos www.cehj.org

Mercedes Benítez Reguera

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