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Mercé, en volandas

  • El cantaor jerezano puso un brillante punto y final a los Jueves Flamencos

Hay quien dice que pasa en un soplido. Que se despide con aire y con viento fresco. Nada más lejos de la realidad. Aire es la propina. “Aire es lo que a mí me hace falta”, salta, con gracia, en una de esas noches de flama donde uno se acuerda de Welles y Ritt. Largo y cálido verano el que estamos pasando... Aire es lo último. La racha final que termina de jalonar las almas. Porque José Mercé hace un recital concebido desde el centro de su cuerpo y alumbrado para disfrute del público. El público que abarrota la última gala de los Jueves Flamencos. El público que pide otra, otra y otra y que se va con Aire entre las manos. Con Aire y con una lección de maestría en los estilos clásicos del jondo. Aire y Mercé, en volandas. ¿Qué más quieren?  

A mí me vale. Me vale su entrega. Lo da todo en malagueñas, soleá, alegrías, seguiriyas y bulerías. Me vale su traje blanco, cuya chaqueta sólo aguanta el estilo de El Mellizo, donde esconde su mano, buscándose el corazón. Dice y duele. Se gusta y nos gusta.  Ya en camisa, oscura como su voz de caverna, afronta la soleá. Echa un pulso a sus pulmones y une fraseos, mantiene el compás y entrevera un fandango, balbucea, se lanza, se atempera... Demostración del dominio de la respiración. La respiración que viene a ser como el silencio entre las notas de un piano. Donde se esconde la música. Cobijo de melodías. Y de compás.

A su lado, Diego el del Morao. Joven, valiente, buenísimo. También conquista ovaciones que arranca con falsetas frescas y acompasadas. “Diego, Diego el del Morao”, repite Mercé para que el nombre del tocaor se nos grabe a fuego, como a fuego está su guitarra.

Bien por alegrías. El jerezano derrocha sal. Y ánge. Como cuenta al inicio del recital, que pone fin a la cita de la peña Enrique el Mellizo, bebió de “el Tablao, de Cádiz, uno de los tablaos de más ánge y arte que he visto en España entera”. Lo demuestra en las alegrías que culmina en mirabrás. Con Diego y Pedro de Chana a las palmas. Unos magos del compás como han demostrado durante todo el festival.  

Contrastes para finalizar. Del llanto de la seguiriya a la fiesta de la bulería. Igual de sublimes. En el palo de poder el cantaor se ajusta al filo de la silla, encoge los hombros, desfigura su rostro, interpreta y retuerce su cante carísimo. Convulsionan las manos. Las suyas, en el cenit de la pieza. Las nuestras, en aplausos. Con las bulerías lo vemos en pie. Su paseo por el estilo lo hace fuera de micrófono e intercalando vueltecitas con mucho tino. Sale de escena. Y entra. Aire en el bis. El respetable corea el estribillo.  “Que tengas la puerta abierta”, canta Mercé. “La alegría de mi casa”, contestamos. “Buenas noches, Cádiz”. Adiós José “y que no sea la última”, como exige una señora  en contestación a las palabras del cantaor: “Es la primera vez que me traen a este festival”.

Quien no viene por primera vez, y que asista muchísimos años más, es Mariana Cornejo. La gaditana llega con la misma gracia de siempre, el mismo temperamento, el mismo compás. Y con letra nueva. Una preciosa chufilla escrita por el periodista Javier Osuna donde, a través de la propia historia de la cantaora, se recuerdan muchos de los nombres que han escrito la historia del baile y del cante del flamenco gaditano. Preciosa, sí señor.

Mariana de Cádiz, con la maestría de Pascual de Lorca a las seis cuerdas, nos deleita cantando esta nueva copla. Y una soleá. Y unos tangos ricos en matices. Pero nos arrebata el corazón con las alegrías y las bulerías. Esas alegrías mecidas, tranquilas, garbosas. Gaditanas cien por cien. Esas bulerías donde siempre cabe un bolero. “Ay, si tú me dices ven”. Imprescindible, Mariana en los Jueves.

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