Partitura apasionada

  • Los componentes del Trío Kubelik hicieron sentir a cada espectador la grandeza de una música plena de belleza

La formación trío con piano es una de las mas interesantes dentro de la diversidad de los conjuntos de cámara, en ella el piano, dada su condición de instrumento polifónico, suele vertebrar el discurso y enfrentarse a las cuerdas, violín y violonchelo, cuyo dúo permite abrazar la amplia tesitura que el teclado ya posee. En el transcurso de las diferentes etapas de la historia de la música, el trío de cuerda y teclado ha evolucionado de acuerdo a las posibilidades que cada instrumento ofrecía en su momento, así pues, durante el barroco el violín imponía su hegemonía mientras el clave, antecesor del piano, asumía la función de bajo continuo mientras el violonchelo se limitaba a doblar algunas voces.

En el clasicismo, segunda mitad del siglo XVIII, con la invención del piano-forte, pero asimismo con nuevos planteamientos armónicos propuestos por músicos como Haydn y Mozart, la estructura de esta forma fue cediendo mayor autonomía y carácter a cada instrumento, dentro de las particularidades antes mencionadas, para desembocar en los diferentes estilos que promulgó el Romanticismo durante el siglo XIX.

El pasado jueves tuvimos la oportunidad de asistir en Villamarta al concierto del Trío Kubelik, una joven formación fundada en Praga en 1992 que basa sus programas en el repertorio de la música checa, sin descuidar por ello las obras de otros autores. Y así quedó reflejado en el programa propuesto: el cuarto Trío en si bemol mayor, op. 11 de Beethoven, originalmente escrito para clarinete, violonchelo y piano, aunque posteriormente se editó la versión que allí escuchamos; el Trío núm. 2 en re menor de Martinu y ya en la segunda parte, el Trío en fa menor op. 65 de Dvorák.

El trío de Beethoven es una obra que se enmarca dentro de su primer periodo creativo por lo que no extraña la evidente influencia clasicista en su armonía, a pesar de ello se vislumbra en ciertos pasajes y modulaciones la senda que poco a poco iría tomando su carrera. Los Kubelik encararon con decisión la lectura y solo el violonchelo pareció, a veces, no estar tan implicado en el juego de esta pieza que utilizaron de introducción.

La trayectoria creativa de Bohuslav Martinu (1890-1959) abarca el segundo tercio del pasado siglo y es difícil encuadrarlo en un estilo concreto dado que evidencia evoluciones e involuciones en su conjunto, con todo, logra crear un lenguaje reconocible y propio. Con su segundo trío en re menor H 327 parece querer volver al neoclasicismo y el Trío Kubelik al menos así lo dio a entender limando cualquier arista.

Se puede afirmar que el eje del concierto fue el Trío de Dvorák, partitura apasionada y hermosa que sin restar categoría a las dos preliminares se imponía con claridad por dificultad, importancia y duración, la expresividad y el fraseo que exige a cada intérprete no fue óbice para que los componentes del Trío Kubelik se involucraran hasta la médula, sintiendo y haciendo sentir a cada espectador la grandeza de una música plena de inspiración y belleza. Por esta razón, la propina que ofrecieron luego, una pequeña obra de Antón Reicha, solo sonó bonita tras el ardiente vendaval del músico bohemo

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