Picasso, el gran pretexto

YA hemos escrito en varias ocasiones sobre la importancia artística de la ciudad de Málaga. Museo Picasso, Salas de la Coracha, Museo Carmen Thyssen, Salas de Unicaja, espacios de la Diputación, galerías Alfredo Viñas, JM e Isabel Hurley y, por supuesto, la Fundación Pablo Ruiz Picasso y sus salas anexas en la misma plaza de la Merced, son espacios expositivos que constatan lo anteriormente planteado. Esta última institución, una de las primeras que en Málaga se crearon y una de las que, con más dinamismo, ha actuado a lo largo de los años, ha visto renovado recientemente su organigrama regidor. A la cabeza de la misma se ha puesto a una de las mentes más lúcidas que, en lo artístico, existe en Andalucía y que ya demostró su capacidad gestora al frente del Museo del Grabado Español Contemporáneo de Marbella, llevando a éste, durante el tiempo en que él lo dirigió a las máximas cotas de significación expositiva. José María Luna ha llegado a la sede de la casa natal de Picasso y ya se nota su mano firme y sabia. La exposición de Manolo Valdés lo atestigua; una exposición que, en contra de lo que pudiera parecer por lo recurrente del artista, nos lleva a un conocimiento absoluto de la obra amplísima del pintor valenciano; una obra que supone un ejercicio de absoluto compromiso con la variedad material y estética de la plástica moderna y que nos descubre a un artista completo, impactante y generador de los máximos postulados de una nueva figuración transmisora de planteamientos históricos conocidos, pero llevados a la práctica con personalidad, rigor y máximo carácter creativo.

A Manolo Valdés, aquel miembro del Equipo Crónica, junto a Rafael Solbes y a Juan Antonio Toledo, las Meninas siempre fueron iconos para una obra que él sacó su máximo partido. Los personajes velazqueños realizados por Manolo Valdés posibilitaron una nueva dimensión iconográfica que, después, otros hicieron suyos. Sin embargo, las obras del artista valenciano suscitaron una particular estética en torno a una realidad que, desde Velázquez, Picasso fue el iniciador y Valdés su continuador más privilegiado.

Por eso, esta muestra que se ha inscrito dentro del Octubre Picassiano y que conmemora el nacimiento del pintor malagueño, aquel 25 de octubre de 1881, nos conduce por la obra que ha tomado a Picasso como pretexto para que Manolo Valdés recree su máxima personalidad plástica y estética. Casi medio centenar de piezas realizadas en Nueva York, ciudad donde actualmente reside, entre 2000 y 2011, nos sitúan en un Valdés artista completo, tocando todos los materiales - pintura, escultura, grabados y collages - y manifestando un ejercicio expresivo de la más absoluta contundencia formal.

Las obras del Picasso malagueño - también se podría afirmar del Velázquez picassiano - descontextualizan la realidad del modelo y crean un nuevo sentido estético. Manolo Valdés profundiza en las formas, potencia su carácter creativo, ya de por sí poderoso, establece un diálogo con los argumentos de Picasso y los dota de increíble materialidad; materia formal conformante que se hace impactante y hasta sobrecogedora en las esculturas, que se manifiestan exuberantes de expresión en los collages y sutiles en los monotipos.

Una exposición que transporta hasta la emoción y el goce por la obra de arte total; que desencadena auténticos guiños de complicidad al conseguir unificar el genio creador de Manolo Valdés y de Pablo Ruiz Picasso y, asimismo, por lógica extensión, a veces, conducirnos al germen iniciático de la obra velazqueña.

Muestra, que como su nombre indica, es un bello pretexto para dialogar con una parcela de un arte que hacen sublimes artistas geniales.

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