Historia

Pickman: un final de época

  • Miguel Martorell cuenta en 'Duelo a muerte en Sevilla' la vida y la estrambótica muerte, a duelo de pistola, del marqués de Pickman.

De aquella bofetada habló toda Sevilla, en los salones más adinerados y en las calles más humildes, pero ni el más fantasioso -o el más malicioso- habría llegado a imaginar en sus chanzas de corrillo en lo que desembocaría varios días después. La historia, excéntrica y novelesca, la ha recuperado Miguel Martorell, profesor de Historia Política y Social de la UNED, y parece digna, como apunta, de "una trama de ópera, de folletín, de comedia bufa, de cuento romántico e incluso de esperpento".

Situémonos: es una noche cálida de principios de siglo XX, casi veraniega aunque en el calendario reza 6 de octubre, y en el Teatro Cervantes "lo que se dice toda Sevilla, la crema de su señorío y el elemento oficial" -como anotó un cronista de prensa, pletórico por encontrar allí una butaca para él-, tras las consabidas maniobras para ver y ser visto, se disponía a disfrutar de la zarzuela Gigantes y cabezudos. En esas entra fuera de sí Rafael de León y Primo de Rivera, el marqués de Pickman: nuestro hombre. Que armando mucho jaleo se planta ante Vicente Paredes Maroto, en principio su amigo, y a la postre capitán de la Guardia Civil, y no contento con insultarlo espera a que el militar se ponga en pie para, a la vista de todos, propinarle con su "mano hercúlea" -escribió el cronista de antes, al que sólo le faltaron las palomitas- una "tremenda bofetada". Gritos, alboroto, comidilla de primera para unas pocas semanas.

En ese momento, el aristócrata, que un día tuvo dinero a manos llenas, aunque al parecer le quemaba en ellas, había dilapidado su fortuna, lograda al convertirse en el tercer marqués de Pickman por medio del matrimonio con María de las Cuevas Pickman, hija bastarda y luego reconocida del segundo marqués de Pickman y propietaria de la fábrica de loza de La Cartuja. Y ahora la estaba cortejando el capitán Paredes, o eso pensaba el marqués, herido en su orgullo y harto de escuchar rumores jocosos sobre la maravillosa sintonía que había entre su mujer y el capitán, precisamente el hombre al que había tenido que pedirle el marqués unos préstamos para poder seguir viviendo sin ahorrarse ni una sola alegría.

Los llamados lances de honor eran en esos días del año 1904 casi un residuo de otros tiempos, pero para el capitán seguían siendo tan válidos como siempre. Paredes retó al marqués a un duelo, no uno cualquiera, sino "uno salvaje, en condiciones extremas, a pistola, a muerte", cuenta Martorell. Fue el 10 de octubre, cerca de Alcalá de Guadaíra, en un terreno de los Pickman. Y cayó el marqués, con una bala en el pecho, casi en el centro del corazón.

"He escrito cosas sobre la Hacienda española durante la Guerra Civil o los reglamentos del Parlamento en el siglo XIX, y no nos engañemos, soy el primero que sabe que eso no puede ser ameno. Para nadie", se ríe Martorell. "Pero esta historia sí daba pie a intentar algo que yo creo que los historiadores estamos obligados a hacer: sin renunciar al rigor, al mismo tiempo intentar comunicar, divulgar, llegar a más gente de la estrictamente académica. Algunos colegas, cuando les contaba la historia, me decían: 'No puede ser, te lo estás inventando'. ¡Pues no! Es absolutamente real en cada uno de sus extremos", dice el autor de Duelo a muerte en Sevilla. Una historia española del novecientos, un libro recién publicado por el Centro de Estudios Andaluces y Ediciones del Viento. "Es fascinante e incluso divertida -añade el investigador y profesor-, pero es que a través de esta historia se pueden explicar muchas cosas fundamentales para entender no sólo la España y la Sevilla de aquella época, sino del siglo XX en general".

El concepto de honor y su evolución, la fiebre de los duelos en toda Europa, los conflictos entre el poder militar y el poder civil -"sin ir más lejos, el Gobierno de Maura intentó perseguir y detener al capitán, en vano"-, las complejas relaciones del poder civil con la Iglesia, "que tenía la última palabra en aspectos fundamentales y cotidianos de la existencia de todas las personas", las formas de vida y de ocio de la aristocracia de la época, las "salvajes" condiciones laborales en el otro extremo del espectro social, la lucha de clases y el anticlericalismo que en aquella época comenzaba a organizarse con eficacia entre los trabajadores... Con aliento narrativo, Martorell acerca o aleja al marqués de Pickman del centro del relato, introduce paréntesis, puntos y aparte, comentarios al hilo del relato para componer, en efecto, no sólo el retrato de un personaje ciertamente singular, castizo y bon vivant, sino también de una época.

Falta la guinda. Porque hasta muerto dio que hablar Pickman. El toque de relato gótico, de "tinieblas y camposanto" y fantasmas no, pero casi. Como era tradición en la fábrica de La Cartuja, cada vez que un patrón moría, los trabajadores acompañaban al cadáver en procesión hasta el cementerio religioso de San Fernando. Pero Pickman había muerto en duelo, práctica prohibida y condenada por la Iglesia, y por si no estaba claro lo recordó expresamente el poderoso arzobispo Marcelo Spínola: el marqués no merecía una sepultura sagrada, por lo que iría al cementerio civil, el corralito, reservado -a sus ojos- a la hez de la sociedad. Los obreros se amotinaron, la mayoría por respeto al finado pero muchos otros también en acto de desafío a la Iglesia, y llegaron hasta a "secuestrar" el cadáver para impedir que los guardias cumplieran esa orden. De madrugada, la rebelión fue sofocada. Pero quedó la historia, impregnada -hasta hoy- de ese raro magnetismo del mundo de ayer.

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