Poética de mono fluorescente

A Elvira Lindo se le multiplican los (mismos) personajes en la pantalla. Y es que las barrenderas autoconscientes que protagonizan esta desconcertante Una palabra tuya, basada en una novela suya del mismo nombre y adaptada y dirigida por Ángeles González-Sinde (La suerte dormida), ya cobraron vida antes en uno de los sketchs de Ataque verbal, de Miguel Albaladejo. Lo cierto es que aquí seguimos con una cierta poética del lumpen, con esa mirada condescendiente y lírica hacia la clase trabajadora ibérica y sus avatares de soledades urbanas y otras enfermedades del alma entre carritos de limpieza y rutina de barrio periférico, o lo que es lo mismo, reescribiendo el costumbrismo en clave posmoderna y desde una cierta distancia intelectual.

Nuestras antiheroínas de la escoba y el mono fluorescente resisten los envites de la precariedad y los contratos basura, pelean por su dignidad en voz baja, esquivan la amistad a tumba abierta y no pueden salir de su círculo vicioso por más que se lo propongan. González-Sinde juega a estilizar esta miseria cotidiana en clave íntima y a impregnar lo que podría haber sido un dramón de Ken Loach o León de Aranoa de un aire ingenuo y naif (oígase la música de Julio de la Rosa) a través de un improbable sentido del humor enfrentado al drama más crudo en una extraña salsa en la que los ingredientes no acaban de mezclar del todo.

Es ahí, en esa insospechada transición de la comedia de opuestos (Malena Alterio y Esperanza Pedreño siempre en el límite de la caricatura, siempre demasiado cercanas a sus personajes televisivos) al dramón de trasfondo castizo (véase la escena del niño en la cuna o los viajes al pueblo), donde Una palabra tuya no acaba de encontrar no ya sólo su tono justo, sino su ritmo y su respiración interna para dar auténtica vida propia a unos personajes más cercanos a la literatura que a la vida. Y no era eso, ¿verdad?

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