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La ciudad de la historia por Eugenio J. Vega Geán y Fco. Antonio García Romero

La calle de la Merced y Gonzalo Torné (I)

 LO primero que conocemos de Gonzalo Torné es que nació en la jerezana calle de la Merced, en el nº 32. Lo último que sabemos de él es su próxima exposición en la Galería Fernando Herencia, en la calle Ruiz de Alarcón, allá en Madrid. Será entre diciembre de 2012 y enero de 2013. Este acontecimiento y el hecho de pasar a diario, y varias veces, por la calle de la Merced, me han llevado a sacar de mi cajón de sastre algunas frases que he ido encontrando y colocarlas con la ayuda de mi ‘corazón-desastre’.

La calle de la Merced empieza por la S de Santiago y termina por la M de Merced, dos edificios religiosos con un historial de siglos sobre sus espaldas-cubiertas (no sé cuánto tiempo seguirán cubiertas sus cubiertas). Principio y final de una calle que se desmorona, que se deshace por momentos, resumen y paradigma de la propia ciudad. La iglesia de la Merced perdió parte de su fisonomía no hace mucho tiempo. Los que peinan canas, o no necesitan peinarse, la recuerdan con campanario.

La iglesia de Santiago, hermoso ejemplo de combinación entre gótico y barroco, ahora se podría catalogar como una obra de Christo. No me refiero al Cristo judío sino al Christo búlgaro, el artista plástico que empezó empaquetando una botella (espero que no fuera de jerez) y acabó envolviendo el Reichstag, el parlamento alemán (lástima que lo tuviera tan pocos días empaquetado). Santiago parece una obra de Christo pero en precario: envuelta en chapas metálicas, en redes y andamios. Y así, tan solo con esa imagen, la conocen ya muchos jerezanos jóvenes. ¿Cuándo las autoridades se pondrán de acuerdo para dejarnos la iglesia de Santiago como se merece? ¿Cuándo las autoridades se pondrán de acuerdo para dejarnos el escenario cultural que Jerez se merece?

La perspectiva hacia el fondo de la calle es esperanzadora porque se ve casi todo verde. Han colocado una serie de grandes macetones con arbolitos que ayudan a camuflar las fachadas. Algunas son neo-kitsch y otras, lamentablemente, neo-nada: tan solo los muros (vivas expresiones del décollage), envolviendo espontáneos jardines agrestes. Casas sin finalizar, sin empezar siquiera. Puro arte conceptual, en el que resulta más importante el proceso de creación que el propio resultado final. En esta calle podemos ver el land-art, los empaquetados, el arte kitsch, el décollage, la instalación, el arte conceptual, los graffiti… Cualquiera diría que quiero hacer bromas convirtiendo la calle de la Merced en una sucesión de muestras de movimientos vanguardistas; “¡qué tontería, no soy nada sutil, si yo solo pasaba por aquí!”. Lo cierto es que paso por esta calle con mucha frecuencia, y me preocupa porque no siempre ha estado así. Hubo un tiempo en que en ella se escuchaba la guitarra de Javier Molina, el ‘Brujo’. José Soto, de tanto pasar por ella cuando era niño, camino de la basílica de la Merced, se llevó parte de la calle enganchada en su nombre y ahora lo conocen como José Mercé, que no es más que la manera de decir Merced por estos lares. En la plaza de Santiago se forma un triángulo de cantes con las voces silenciosas del Terremoto, el Sordera y Tío José de Paula, que de vez en cuando se escapan a la peña de este último, en la calle de la Merced, adonde se reúnen los seguidores del arte flamenco para escuchar sus cantes con tanta fe como si de un rito religioso se tratara. Aún resuenan sus ecos en la cercana calle Cantarería, como no podía ser menos. Entre la calle Armas de Santiago y Picadueña Alta, Luis el de la Pica se ha instalado en una rotonda donde espera que venga Camarón a romperse la camisa, como lo hacía en vida en el Arco, otra vez, de Santiago. En este Arco, que no es gótico o apuntado como los de la iglesia, se apuntaba el diestro Curro Romero para compartir con los parroquianos un vaso y un cante de Luis. A la otra pieza del tándem del arte del toreo, a Rafael de Paula, dicen que le vieron hablando con Diego Carrasco y con Pedro Rivera acerca de un traje grana y oro que le quieren coser con alfileres de colores. Diego y un catalán de nombre Miguel (no todos los catalanes se llaman Artur) y de apellido Poveda, le entregan a Rafael, con una maestría total, su traje de grana y oro con esos alfileres de colores.

Yo me pregunto: ¿cómo son los colores de esos alfileres? Es una pregunta retórica fácil de contestar. Seguro que son como los colores de los cuadros de Gonzalo Torné. Yo definiría la obra de Gonzalo como un cante por bulerías. Un continuo e infinito cante por bulerías. Si contemplaras una serie de cuadros de distintos autores, inmediatamente identificarías los que son de Gonzalo. Si escucharas una serie de cantes, identificarías los que son por bulerías. Pero si analizas más detenidamente cada cuadro de Gonzalo notarás que tienen matices diversos, cada obra es una manera diferente de expresarse, una forma distinta de interpretar. Cada una está hecha en un determinado momento, con un sentimiento distinto, con una nueva actitud. Cada artista dice sus bulerías a su manera. Terremoto, la Paquera, Luis el de la Pica, José Mercé, Miguel Poveda…, no cantan las mismas bulerías, aunque las letras sean las mismas, aunque hayan salido del mismo compositor. Los cuadros de Gonzalo Torné suenan todos a bulerías pero no son iguales, se sienten diferentes, se saben únicos. Un cante en la voz de cualquiera de estos intérpretes tiene vida propia: le dice al cantaor cuándo debe entrar, cuándo tiene que hacer un silencio y cuándo debe darlo por acabado; incluso pueden llegar a cantar tan a gusto que la boca les sepa a sangre. Una obra en manos de Gonzalo también tiene vida propia y decisiones: le susurra al oído cuándo debe empezar, cuándo tiene que cambiar de paleta, cuándo se siente tan a gusto que de ella brote un rojo sangre, o cuándo, sencillamente le dice: ya estoy acabada.

Juan L. Sánchez Villanueva (CEHJ)

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