Una ducha nada relajante

  • Hitchcock logró con 'Psicosis' una obra maestra tan perfecta y convincente que sobrecogió al público y dejó además una huella indeleble en los actores

De la misma manera que son frecuentes los rankings donde se evalúan las mejores películas de la historia del cine, es posible encontrar listas en las que lo que se valoran son escenas aisladas, es decir, aquellas secuencias que, con independencia de la calidad del film a que pertenecen, impactaron a los espectadores al punto de permanecer para siempre en el recuerdo. Entre las muchas que se podrían citar y a modo de ejemplo, están: El ametrallamiento aéreo de King Kong en la cima del Empire State Building; las cabriolas bajo la lluvia de Gene Kelly en Singing in the rain; el Nadie es perfecto de Jack Lemmon en "Con faldas y a lo loco"; el cruce de piernas de Sharon Stone en Instinto básico o la manera de "refrescarse" de Marilyn Monroe sobre las rejillas de ventilación del metro de Nueva York en La tentación vive arriba.

Pero quizá la más mítica, perfecta e inolvidable de todas ellas sea la impactante escena del asesinato de Janet Leigh en la ducha de la habitación nº 1 del Bates Motel en Psicosis de Alfred Hitchcock. Sin duda alguna gran parte del éxito y del mérito de esta secuencia radica en su complicada y milimétrica técnica de realización: 33 planos en 21 segundos, múltiples ángulos de cámara, primerísimos planos de partes de la anatomía de la asesinada, del arma homicida y de fragmentos del lugar del crimen; un frenético montaje de esa multitud de tomas cortas (fast cutting) y, cómo no, el fondo musical de chirriantes violines que Bernard Hermann compuso ex-profeso para la escena.

Sin embargo, tan imprevisto estallido de violencia, brutalidad y desesperación (sin que veamos herida alguna, ni la sangre que provocan las cuchilladas y ni siquiera oigamos los gritos de la agredida o el agresor) no causarían tanto impacto si Hitchcock no hubiese estado preparando al espectador (jugando con él) desde el comienzo de la película para dejarle anonadado con el inesperado giro que toma la historia: Después de robar los 40.000 dólares que el jefe de la inmobiliaria donde trabaja, había entregado a Marion (Janet Leigh), para que los depositara en el banco; la secretaria decide huir en su coche a California en busca de su novio del que, en razón de su nueva situación económica, ya no se tendrá que separar más.

Cansada por el viaje y angustiada por los remordimientos de culpabilidad y con la sensación de que todos los que la observan saben que ha cometido un delito, Marion se pierde en medio de una tormenta y se refugia en un motel en medio del desierto regentado por Norman Bates (Anthony Perkins) un muchacho tímido y excéntrico aficionado a la taxidermia que vive en compañía de su autoritaria y misteriosa madre en una casa situada detrás del motel sobre una colina. Tras compartir charla y cena con Norman, Marion, arrepentida, decide que lo mejor es devolver el dinero y ya más sosegada se dispone a darse una relajante ducha. En ese momento Hitchcock que hasta entonces había permitido que el espectador viviese la historia desde el punto de vista de Marion, le agarra -por así decirlo- de la solapa y le zarandea al quitarse de en medio, cuando apenas van cuarenta minutos de película, a Janet Leigh, la estrella y teórica protagonista de Psicosis.

El maestro del suspense deja al público atónito, asesina al personaje de referencia y, aún más, echa por tierra el que, hasta ese momento, era el hilo argumental de la película: el robo del dinero. A partir de ese punto, el espectador desorientado no tendrá más remedio que adoptar el punto de vista del extraño muchacho y de su criminal madre e interesarse por una nueva trama: ¿se descubrirá el crimen? ¿qué será de la asesina? ¿por qué encubre Norman -eliminando las pruebas- a su madre? Hitchcock utiliza la escena de la ducha como una especie de gozne cinematográfico sobre el que apoyar el radical giro argumental que imprime a su película.

Consciente de la importancia de la secuencia y de su trascendencia para el desenlace de la historia, el director se muestra extremadamente minucioso a la hora de rodar los preliminares del asesinato: Norman es un voyeur y utiliza para disfrutar de su "afición" un agujero situado estratégicamente en la pared que separa su oficina de la habitación donde ha alojado a Marion y Hitchcock tiene la sutileza -a pesar de saber que será un detalle que pasará inadvertido para casi la totalidad de los espectadores- de que sea un cuadro con la representación de un relato bíblico (Susana y los viejos), el que Norman emplea para tapar el orificio. En la pintura vemos a la bellísima -y casta- Susana desnuda y en el trance de darse un baño en el río. Dos viejos -a la sazón jueces judíos- observan escondidos las abluciones de la chica y entusiasmados ante tan sensual panorama, deciden abusar de ella. El público "comparte" con Norman la visión de la estupenda Janet Leigh y cuando espera que el chico actúe de forma parecida a los viejos judíos de El libro de Daniel .... la cortina de la ducha se descorre bruscamente y aparece una señora con un cuchillo de carnicero que nos da un susto de muerte que durará hasta que compungidos (por no volver a ver a Janet Leigh hasta que no proyecten Los Vikingos) contemplemos su sangre -atenuada en su color por el agua- perderse por el sumidero de la bañera. Los más listillos del patio de butacas pensarán: ¡claro! la madre es una persona muy posesiva y mata a la chica porque no quiere compartir a su hijo con nadie, es decir, como bien sabe casi todo el mundo, nada que ver con la realidad.

Alfred Hitchcock logró con Psicosis una obra maestra tan perfecta y convincente que no sólo sobrecogió al público sino que dejó una huella indeleble en los actores: Anthony Perkins quedó estigmatizado para siempre por Norman Bates y Janet Leigh confesó en sus Memorias que...¡jamás volvió a ducharse sin echar el pestillo del cuarto de baño!.

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