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En la compañía

El hechizo mágico de Leonor

Pedazo de bailaora Leonor Leal. Menuda es. Aprendió de la danza clásica y la española que el trabajo y la disciplina son imprescindibles para triunfar. En el flamenco, años más tarde, descubrió su verdadera pasión. De la mano de profesores y artistas como Pilar Ortega, Manolo Marín, Juan Parra, Angelita Gómez y Javier Barón creció como persona y artista, y el miércoles por la noche, en la Sala Compañía, re reivindicó como una gran bailaora ante su público con ¡Leoleolé!, un espectáculo "sencillo y cariñoso", como ella misma anticipó.

Tino van der Sman la invitó a soltar los nervios en la farruca, un baile con el que se pudo admirar su bonita figura y su talento natural en casi toda su dimensión. Ataviada con camisa y pantalón negros, la bailaora jerezana exhibió sus enormes y esbeltos brazos con exquisitez, pero fueron las manos más hechizantes que han pasado por La Compañía las que cautivaron todas las miradas.

Su zapateado fue un espectáculo musical, preciso y virtuoso al mismo tiempo, desnudo de cualquier exageración inútil. Y los diez dedos de sus manos y sus dos muñecas le bastaron para explicar el misterio del flamenco. Giró y giró siempre en equilibrio, la cabeza en el centro, la expresión viva en la cara y formando sugerentes diagonales alegradas con los palillos. Femenina, coqueta, técnicamente perfecta y con armas suficientes para atrapar al espectador... Leonor supo reunir sobre las tablas todas las condiciones de una bailaora.

Por martinetes se presentaron los cantaores con El Pulga muy punzante. Sin pausa, Leonor lució un traje adornado con abanicos de colores para mecer los tientos entre sus hombros y las caderas. Los tercios los recogió entre sus manos con encanto y de su temperamento dio cuenta cuando los tangos asumieron el protagonismo. Desnudo una vez más de ornamentos estériles, su baile hizo un homenaje a la limpieza en escena.

El Choro se sumó a la fiesta a ritmo de soleá por bulerías, subrayando la escuela sevillana con su ritmo trepidante combinado con la casta y el buen gusto. Logró efectos muy originales con sus pies y, como la jerezana, supo llenar el escenario en todo momento. Bien colocado, se mostró sobrado de compás, trepidante pero templando a la vez. Muy original en la salida, El Chorro dejó muy buen sabor de boca.

Los dos guitarristas se adentraron en territorio de las minas para presentar sus credenciales y, muy bien compenetrados desde un concepto si se quiere jazzístico, ambos improvisaron mientras el compañero ejecutaba la base del taranto.

La alegría regresó al teatro cuando Leonor, vestida de rojo, formó un torbellino con sus volantes en su paseo por Cádiz. Esta variante le sirvió para dejar patente que también le sobran gracia y salero en un territorio donde se le vio aún más segura de sí misma, disfrutando incluso del momento. En cada acento del cante dejó un detalle, y en la escobilla derrochó energía positiva. Jugó hasta con los silencios, y remató cómo y cuándo quiso en las bulerías. Sin duda, reivindicó todo su poderío desde la humildad. De arte.

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