La privilegiada memoria de Vicente

  • Prieto Bononato rememora una niñez feliz en el libro 'De mi Casa a la Escuela'

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Ha alcanzado los 64 pero ahí sigue, hecho un chaval, con su enorme locuacidad. Vicente Prieto Bononato es hombre interesante, ameno y conversador. Arrollador. Ya jubilado, un buen día, en los últimos meses, se sentó y comenzó a recordar su infancia, la de una infancia feliz. Comenzó entonces a disfrutar escribiendo. Sin pretensiones. Todo gracias a su prodigiosa memoria. "Yo creo que algún mecanismo se abrió en mi memoria: muchos de los recuerdos empezaron a aflorar como una catarata". Todo ese cúmulo de recuerdos infantiles los ha recogido en las 284 páginas del libro 'De mi Casa a la Escuela (recuerdos de una infancia feliz)'. Editado por su propia cuenta y riesgo, ha agotado los primeros cincuenta ejemplares. Su fin es benéfico: Al precio de diez euros, parte de esta cantidad irá destinada a la Asociación Obispo Rafael Bellido. Las siguientes líneas recogen solamente una pequeña muestra de esas innumerables añoranzas.

Todo comenzó en 1942. Don Vicente Prieto Álvarez, maestro nacional, casó con doña María José Bononato Elberto, 'Mape'. 'Mape' era hija de don Manuel Bononato Rodríguez. En su casona del número 14 de la calle Guadalete vinieron al mundo Vicente 'Vicentín' y su hermana María José 'Mapita'. Don Manuel fue hombre influyente en la ciudad desde su cargo de director gerente de Garvey y tuvo mucho predicamento en el sector: Fue capataz de honor de una Fiesta de la Vendimia y obtuvo la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo.

Cuando Vicente sólo contaba dos años, la familia se instaló en la antigua casa-escuela de Juan de Abarca, junto al Carmen. En aquella inmensidad de casa-palacio crecieron Vicentín y Mapita, todo ella a disposición de su disfrute infantil una vez concluida la jornada escolar. Este entorno es el que centra los recuerdos de Vicente. Recuerda a sus vecinas de colegios: aquellas dos viejas maestras, una de ellas con dos hijas solteronas y beatas; el cuarto grande o trastero albergaba una asombrosa 'granja de gusanos'; luego estaba el enorme nísparo del pequeño jardín, los recreos en el recibidor, el patio o la espectacular cancela, aunque también se pirraban por subir a la azotea, que permitía impresionantes y privilegiadas vistas del Carmen, San Dionisio, San Mateo, la Colegial, San Lucas o Santa María de Gracia. También se divisaban con facilidad las lomas de los viñedos y era posible seguir la bajada de las cofradías por José Luis Díez hasta la Catedral. Vicente fue un niño de la posguerra. Vicentín, Vicentín 'cuatro ojos', vivió por tanto en una época de hambre y necesidad. "Si lo comparamos con la actualidad -declara-, aquellos no fueron tiempos tan felices, pero nosotros fuimos grandes hombres que logramos salir adelante".

¿Alguien sabía que la imagen de la Virgen del Carmen hubo de ser retirada de la basílica y escondida en un hueco de escalera de la cercana escuela? Escribe Vicente que los turbulentos años que precedieron a la guerra aconsejaron a los padres carmelitas a poner a buen recaudo la imagen ante el temor -luego confirmado- de que El Carmen sufriera actos de vandalismo. En la escuela se dispuso un escondite que quedó clausurado y disimulado con la colocación de un gran armario hasta el final de la contienda.

Más cosas: Vicente conoció por vez primera a su mujer cuando apenas tenía diez años. Iba de la mano de su madre ante el Cine Maravillas y la niña cruzó ante ellos: "Mamá, ¿has visto a esa niña que ha pasado? Pues a mí me gusta un montón'. Tiempo después fuimos novios y, pasados nueve años, nos casamos cumplidos los 24. Seguimos casados y felices, dispuestos a consumir juntos los años que Dios quiera concedernos".

Mucho tiempo después a todo esto, cuando Vicente ya vivía en Icovesa, Vicente regresó a la casa-escuela. "Permanecía como hipnotizado mirando el patio de mármol en el que aprendí a montar en bicicleta. No pude despegarme de allí hasta que una mujer, asomada al balcón de la galería, me preguntó amablemente si deseaba algo. No pude contestar y, conteniendo las lágrimas, abandoné aquella casa-puerta en la que di mi primer beso de amor. A los pocos años supe que habían derruido el vetusto edificio y en su lugar se aprestaban a levantar unos bloques de pisos que hoy siguen copando la casi totalida de la manzana. '...Mi calle ya no es mi calle, que es una calle cualquiera, camino de cualquier parte...'"

(El libro 'De mi Casa a la Escuela' está a la venta en la librería Recio, en el complejo de Merca-80, al precio de diez euros. Sus beneficios irán a manos de la Asociación ObispoRafael Bellido).

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