La varita y la lluvia

  • El Barrio ofreció un concierto pleno de arte y se reivindicó como uno de los intérpretes más sólidos del panorama musical español

De cero a cien. Quizá sea este el resumen más aproximado del inicio del concierto que José Luis Figuereo, El Barrio, ofreció el viernes ante un público enfervorizado que llenó hasta la bandera -si me permiten tan taurino símil- y que rugió desde que la atronadora guitarra eléctrica rasgó el techo del pabellón de Chapín a las diez en punto de la noche. Con puntualidad británica, cosa que no suele ocurrir en este tipo de eventos, El Barrio saltó a la arena fiel a su estilo personal, o sea: camisa blanca, chaleco abierto y, cómo no, su sempiterno sombrero.

La aparición en el escenario de José Luis y la comunión con su legión de seguidores fue todo uno. La gente, que formó una cola interminable en los alrededores del pabellón, tenían a su ídolo a unos pocos metros, le veían, le escuchaban, así que sólo faltó que empezaran a llegar los temas de su último trabajo 'La voz de mi silencio', para la catarsis completa. En efecto, El Barrio llegó con su voz y su intimismo, con su melancolía, y los espectadores se sintieron purificados por su música.

La puesta en escena, por todo lo alto y a golpe de euros, fue espectacular, sobre todo en el comienzo, con estructuras móviles, convertidas luego en focos de luces, transmisión por televisión en pantallas gigantes, sonido más que aceptable (salvo partes grabadas de El Barrio que acompañaban la voz en directo, sencillamente inaudible) y unos músicos que saben perfectamente con quién están sobre el escenario y qué quiere de ellos.

El público, de toda clase y condición, saltaba, tocaba las palmas y hacía equilibrios para no derramar la maceta de cerveza o de cubata, o para no perder el cigarrito marroquí cuyo aroma estuvo, (al menos por la zona donde este cronista anduvo), a un tris de tumbarme. Gajes del oficio.

José Luis Figuereo se sintió, del mismo modo, encantado de trabajar tan cerquita de su tierra. Saludó a sus paisanos y saludó a Jerez. Dijo que era el santo patrón de la agricultura porque cada vez que viene por aquí, llueve. La gente ovacionó la ocurrencia y siguió disfrutando de 'Buena, bonita y barata', 'Sólo soy historia' o 'Enero', temas de su último disco que fue alternando con algunos de las canciones de sus otros trabajos y que el respetable se sabía de memoria. No en vano, El Barrio dejó que muchas partes de las canciones quedaran en manos de sus seguidores a modo de monumental grupo coral, más o menos afinado, más o menos acertado, pero que gozó durante toda la noche.

José Luis Figuereo, el Barrio, dio un espectáculo sobresaliente de principio a fin. Todo le fue favorable, hasta el sonido, que es caballo de batalla del pabellón. La organización, también perfecta, tanto por parte de El Barrio como de la delegación del Ayuntamiento. Y es que El Barrio está tocado con la varita mágica del éxito, un éxito de años de trabajo que se traduce, tras un recorrido incansable de labor compositora que ha puesto a este artista en el Olimpo del mercado discográfico. Y en ese Olimpo, el dios Figuereo, arrastra masas que le rinden pleitesía allá donde va. Él pone su talento, sus letras y su arte, el público su pasión. El resultado, claro, se llama triunfo.

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