"Todos somos vecinos en el mundo pero cada uno se siente de su tribu"

  • El premio Príncipe de Asturias vuelve a la novela con 'Los desorientados' (Alianza), un libro en el que recrea el encuentro de varios amigos en Líbano, varias décadas después del inicio de la guerra civil

Una novela que no es su "historia" pero sí una historia que le es "cercana". Un relato en el que los protagonistas son "personajes recompuestos o inventados" y en el que cada elemento "evoca algo" de su pasado. Amin Maalouf (Beirut, 1949) recrea en Los desorientados el reencuentro de varios amigos de juventud en Líbano tras la muerte de uno de ellos. "Hay escritores cuya primera tentación es contar su historia, y luego van distanciándose -apunta el autor de León el Africano y Las cruzadas vistas por los árabes-. Yo voy al revés y, con cada libro, voy acercándome a mi época y ami tiempo".

-En Los desorientados, varios amigos retoman el contacto e intentan recrear el ambiente que vivieron durante su juventud, cuando "era casi una coquetería burlarse de la religión de cada uno". ¿Cómo este clima pudo romperse tanto como para que Líbano siga roto hoy en día?

-En el mundo árabe había un dicho común, cuando una persona estaba harta o quería criticar a otra le decía: "Maldita sea tu religión". Era una manera inocua de mostrar malestar por algo. Y hace poco me enteré de que casi matan a alguien en Siria por haberlo dicho... El cambio ha sido así de radical: se ha vivió un cambio de estructura brutal. Es un conflicto de proporciones y de hondura tremendas.

-El ambiente de la novela me recuerda mucho una película canadiense que se llama Las invasiones bárbaras...

-Sí, me gusta esa película, y me ha influido muchísimo... Es de Denys Arcand, me parece, el mismo director de El declive del imperio americano. Bueno, es una actitud natural, creo, el recuerdo de juventud, la nostalgia de aquello que no está... Esa tendencia a la evocación forma parte de la naturaleza humana; el recuperar, aunque sea por un momento, aquello que hemos dejado atrás.

-¿Por qué parece que las voces más sensatas, que no son pocas, son siempre las más inaudibles?

-Totalmente de acuerdo. Y es que la gente sensata no se enfrenta bárbaramente porque piensa siempre en las posibilidades del futuro, en el largo plazo. Ocurre que el mundo, hoy día, está focalizado hacia el presente, el ahora: se funciona según lo inmediato. Si tratas de ir más allá, pensando en lo que puede pasar a diez o quince años vista, no interesa. Ahora no se quiere comprender al otro, se es más impaciente con los demás. No se quiere escuchar, son pocos los que llaman a la conciliación. Lo único que queremos es hablar con aquellos que piensen como nosotros, para refrendar lo que ya pensamos. Somos críticos con el que está en el otro lado: ni siquiera queremos perder unos minutos en pararnos a considerar por qué el otro puede pensar lo que piensa. El mundo de hoy no escucha.

-"Nacer es venir al mundo, y no en tal o cual país". Pero este universalismo -que en otro orden de cosas, vía tecnología, es tendencia inevitable- parece desfasado. Cada vez se subrayan más los tribalismos. ¿Cómo explica esto?

-Adam, mi personaje protagonista dice: "Yo soy el que está en lo cierto, la historia se equivoca". Todos somos vecinos y familiares en el mundo, pero la gente se siente atada a su tribu y, curiosamente, una de las explicaciones más plausibles a esto es el mismo fenómeno de la globalización: es una tendencia que hace que muchos se sientan más amenazados. Pero no sólo las sociedades más débiles y vulnerables, sino también aquellas culturas que han demostrado su preeminencia durante mucho tiempo. Nadie siente que esté al mando de lo que pasa, y una opción es aferrarse a lo "seguro": a las tradiciones y a las diferencias del terruño. Es una de las paradojas más presentes en el mundo actual.

-"Más vale equivocarse en la esperanza que acertar en la desesperación", afirma. ¿Qué esperanza le queda a la primavera árabe?

-Sin duda lo más importante de todos esos procesos es la introducción de la democracia. Ese respeto continúa. Uno se queda más preocupado, por supuesto, cuando se pone a revisar el contenido social: los derechos de las mujeres y las minorías y cuestiones como la libertad de expresión, de información o de cátedra. Pero se ha conquistado un paso democrático que hay que conservar. Yo mantengo mi esperanza en el proceso.

-¿Cómo imagina su regreso a Líbano? ¿La vuelta a una especie de futuro pasado, como hace Adam?

-Mi caso sería distinto a Adam, porque mi opción sería volver a Líbano para quedarme mientras que él sólo acude de visita, con intención de volver. Yo he ido visitando el país, con distinta frecuencia, en los últimos diez o doce años... y en alguna ocasión me he planteado seriamente establecerme allí, pero al final decidí no hacerlo. No me planteo volver para quedarme y me preocupa que el país pueda incluso estar peor de lo que ya está. Con el paso del tiempo, sigo contemplando con cariño el lugar en el que viví pero me pasa en parte como a ese personaje de la novela, que llega a la antigua casa de su juventud, ahora machacada, y dice: "Ea, pues ya está. Vine, vi y me llevé un chasco. Uno pone todo su empeño en decepcionarse y, efectivamente, se decepciona".

-En la novela desarrolla, entre otras, la teoría de los blind spots: aquellas circunstancias históricas que con el tiempo terminaron siendo fundamentales pero que, en un momento determinado, ni siquiera computaban como agravio o falta, como el foto femenino en la época de la Revolución Francesa. ¿Se atreve a desarrollar posibles blind spots para el futuro?

-Por definición, el blind spot es algo que no se puede ver. Es muy difícil ponerse en la suposición de qué obvia cuestión fundamental habremos pasado por alto. Ahora es muy fácil decirse, ¿cómo no se dieron cuenta si cambió la historia de la humanidad? Es algo en lo que pienso a menudo, pero no puedo aventurar muchas respuestas. En la novela se apuntan algunas, como lo referente al maltrato animal, por ejemplo.

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