UNA VUELTA MÁS

Jesús Benítez

El cisma

No hay que frotarse los ojos, ni rascar la coronilla por desconocimiento, ni mirar al cielo intentando salir de dudas. Debemos asumir que EL CISMA nos contempla y, si nadie lo remedia, será irreversible. Para sociólogos, psiquiatras y antropólogos los desencuentros que llevan a rupturas, también llamados cismas, son una constante en las relaciones humanas. Cisma es sinónimo de discordia, desavenencia, disensión, escisión, rompimiento, separación, disidencia, desacuerdo, o sectarismo. Y sus antónimos son ortodoxia, concordia y unidad. El cisma es más habitual de lo que imaginamos y tan verídico como su propio origen.

El cisma nació en el seno de la iglesia, a raíz de las diferencias mantenidas sobre cuestiones disciplinares entre hermanos que comparten un mismo símbolo de fe durante el Siglo III. Por aquel entonces la comunidad de creyentes se dividió en dos: de un lado, el grupo mayoritario o moderado (católicos); por otro, los grupúsculos rigoristas o 'comunidades de los puros' (montanistas, novacianos, etc.). De ahí surgió la figura del hereje, que es en sí mismo un cisma personificado. De hecho, San Agustín dijo que las herejías eran cismas envejecidos. Y no le faltaba razón, pues todo cisma surgía de un defecto de caridad, lo cual suponía atentar implícitamente contra la universalidad del cristianismo.

Amén de consideraciones religiosas, el cisma es como un verano que no quiere dar paso al otoño, precipitando la llegada brusca de un gélido invierno. Algo así como un sastre en paro al que no llaman sus mejores clientes en agosto. Cisma es un amor imposible que llora como una gata en celo a la que no dejan salir de casa. Cisma es un acto de traición entre familias bien avenidas. Cisma es un espejo con Richard Gere y el pequeño Frankenstein retándose por ser el centro de atención. Los cismas pueden ser violentos e impuestos por la fuerza, sin atender a razones, leyes o mayorías. Cisma es la voz que grita en última instancia: "Ahí te quedas".

El cisma ejemplifica al ser humano que rompe consigo mismo en una crisis de personalidad. Los cismas encuentran similitudes con el origen volcánico de la tierra, como esa lava que emerge roja del cráter: angustiada, fuera de sí, buscando salidas que no existen y acabando finalmente en "suicidio" al solidificarse convertida en roca. Y es así como los hombres se abocan también al abismo, actuando contra su propia naturaleza como si fuera un tsunami apocalíptico, colérico, cual fuego o magma incandescente que pretende arrasar y destruir todo lo que encuentre a su paso.

Los humanos nos jactamos de practicar cismas, pues aniquilamos, destruimos y traicionamos sin reconocernos nunca en un mar de errores continuados. Generamos cismas como si fuesen armas de destrucción masiva y después miramos para otro lado sin asumir la culpa. Pero lo peor de todo es que somos incapaces de resolver nuestras propias diferencias, convirtiéndonos así en seres miserables que nacen, crecen, se multiplican y mueren dejando una gran ruina como legado de nuestro egoísmo, irracionalidad e insensatez. Y eso no es cisma, sino maldad…

(*) Jesús Benítez, periodista y escritor, fue Editor Jefe del Diario Marca y, durante más de una década, siguió todos los grandes premios del Mundial de Motociclismo. A comienzos de los 90, ejerció varios años como Jefe de Prensa del Circuito de Jerez.

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