La torre del vigía

Juan Manuel / Sainz Peña

La vida perra

No sé cómo se llaman. Son tres. Uno es viejo, tiene el pelo sucio. El otro es apenas un cachorrillo de mirada inqueta, con el pelo color tabaco. Y el otro es un chuchillo. Están siempre en la calle Larga o en Lancería, junto a un muchacho de sucias rastas que hace juegos malabares ante la indiferencia de los viandantes que apenas le miran y apenas se detienen a echarle unas monedas.

Los hombres, ya lo he escrito aquí en alguna ocasión, no me inspiran mucha más lástima que los perros. Al fin y al cabo, muchas, casi siempre, el individuo es dueño de sus actos, aunque el destino termine por esclavizarle y llevarle a la calle o a una oficina donde odia estar. Pero los perros no. Los perros son esclavos de sus amos. Están a su merced. Pueden dormir calientes en una casa, pero también soportar la lluvia, el frío o el hambre si un cabrón decidió dejarlos en una carretera harto de sus pelos en el sofá o de sus ladridos.

De eso me acuerdo cuando veo a esos perros, solo que ese chico de las rastas me provoca un sentimiento contradictorio. Aquellos tres perrillos, uno tan joven, el otro tal vez callejeado desde que nació, y el último tan cansado, parecen felices. Observan a su amo hacer su número, están pendientes de sus movimientos, pero también dormitan tranquilos a la sombra de algún naranjo mientras su amo se toma un café en el bar, con la absoluta certeza de que ninguno de ellos abandonará a los otros.

Así les pasan los días, los meses y los años, de calle en calle y de ciudad en ciudad, sin más correa que la de su propio cariño, compartiendo algo de hambre, también algunas pulgas y caricias. Una familia sin casa y sin dinero que parece dichosa con sólo una carantoña o un lametón que llene de esperanza un nuevo día lejos de aquel hogar, si es que lo tuvieron alguna vez, y que ya hace tanto tiempo abandonaron.

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