"El pueblo habría luchado antes por el trono y el altar que por la Constitución de 1812"

Juan pablo fusi. catedrático de historia contemporánea

Sobre Cataluña: "La independencia de 1640 fue una muy mala experiencia. Casi pidieron volver" Sobre Franco: "No hubo misterio en los accidentes de Sanjurjo y Mola".

Juan Pablo Fusi, en su domicilio de Madrid.
Juan Pablo Fusi, en su domicilio de Madrid.
Fede Durán

02 de febrero 2014 - 05:04

En cierta forma, esta entrevista es una excepción en el procedimiento cotidiano de Juan Pablo Fusi (San Sebastián, 1945), especialista antes en el pasado reciente que en el ancho y amplio pasado. Su Historia Mínima de España (Taurus) destaca como vademécum por conciso, vale como libro de cabecera por referencial y luce palmito de best-seller en este poco mediático género quizás por ambas razones y alguna más. Catedrático en la Complutense y doctor por Oxford, Fusi deconstruye algunos de los mitos fundacionales del nacionalismo, analiza la decadencia imperial española y dedica varias líneas a diferentes episodios del peculiar serial andaluz.

-De la decadencia española hablaba ya Cervantes en el siglo XVI, quizás demasiado pronto. ¿Dónde situamos el comienzo real de esa cuesta abajo? Me viene a la mente el derecho de paso concedido por Godoy a las tropas napoleónicas (1807).

-Se supone que empieza ya en el siglo XVII, pero tal vez los historiadores hablamos hoy más de pérdida de la hegemonía que de decadencia como tal, porque España en el siglo XVIII se recuperó bastante y el imperio español todavía era muy considerable en términos territoriales. Evidentemente, en las guerras con Francia de mediados del siglo XVII España perdió el dominio militar que había impuesto en Europa durante aproximadamente 150 años. Desde finales del XVIII y hasta principios del XIX se produciría una conjunción desastrosa de hechos: la alianza con Francia, la entrada de las tropas napoleónicas (primero como aliadas de Godoy), la llamada Guerra de Independencia y la pérdida de América -que afectó especialmente a Cádiz y Sevilla-, el reinado catastrófico en todos los sentidos de Fernando VII, y si me apura, la primera guerra carlista de 1836-1840.

-Podemos comparar a austrias y borbones. Carlos V, Felipe II y, en menor medida, Felipe III y Felipe IV (no incluiremos a Carlos II) ofrecen un balance netamente superior a los borbones, que debutan con Felipe de Anjou y perpetran varios liderazgos calamitosos. ¿Fue precisamente Fernando VII el peor rey español de todos los tiempos?

-Fue un rey muy negativo en varios sentidos, tanto más por ineficaz que por reaccionario. Diría que fue una persona con muy poco sentido del gobierno y muy poco interés en él. Su claudicación ante Napoleón fue clamorosa. En 1814, lejos de reconstruir la España constitucional formulada en las Cortes de Cádiz, opta por un golpe de Estado que suprime todas las libertades, imponiendo un retorno al absolutismo y al antiguo régimen. Además, no fue capaz de ofrecer un nuevo pacto colonial en América. España queda muy marginada a partir de 1814 del orden internacional. Y por último, aunque no es sólo el rey culpable, la herencia de su reinado es un pleito sucesorio gravísimo.

-La paradoja es que inicialmente fuese tan aclamado por el pueblo.

-Efectivamente, Fernando VII, entre 1808 y 1814, encarna la soberanía nacional ante los ojos de muchos españoles. Se supone que es prisionero de Napoleón, pero entonces se ignora que ante él se ha humillado, claudicando y aceptando cuantas imposiciones quisiera. Las propias Cortes de Cádiz actúan en nombre de Fernando VII. Aun aclarando que la nación española no es propiedad de ninguna familia, se sigue reconociendo el carácter monárquico de España y por tanto la figura del rey. En 1814, cuando regresa, es aclamado por el pueblo. La que es impopular, y eso conviene también saberlo, es la Constitución de Cádiz, porque el pueblo español habría luchado en la Guerra de Independencia probablemente más por el trono y el altar que por ideas liberales. Ésa es la gran contradicción del lapso 1808-1814, donde hay un proceso constitucional y revolucionario por un lado y una lucha del pueblo español en nombre de valores tradicionales.

-La Pepa no deja de ser el producto de una élite encajonada en una ciudad bajo asedio.

-Eso es verdad, pero no le resta valor histórico, ya que es la primera Constitución de España y añade un punto ya irreversible incluso con monarcas de uno y otro tipo, que es que la soberanía radica en la nación española. Además, establece una serie de libertades y suprime la Inquisición. Como código moral liberal, la Constitución de 1812 tiene mucho de admirable, pero se aprueba en una situación de guerra, de casi vacío de poder. El efecto y la aplicación en el resto de España fue muy breve. Imaginar una España plenamente gobernada por las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812 es falso. En los pequeños espacios que se van liberando, las autoridades locales la aprueban.

-Volvamos al siglo XVII. En 1640 se independizan Portugal y Cataluña, aunque casi en paralelo (1641) emerge y fracasa la intentona andaluza del duque de Medina-Sidonia.

-Hablar en términos nacionales en 1640-41 es un dislate incluso para referirse a la propia España. Sentimientos de pertenencia los hay, pero nada que ver con los de los siglos XIX y XX, en los que ya tenemos sociedades articuladas en torno a opiniones públicas ideologizadas de alguna forma, realidad que no existe en forma alguna en ningún lugar en el siglo XVII. Hacer transposiciones hacia atrás inspiradas por nacionalismos o regionalismos es un anacronismo histórico inadmisible. El episodio al que usted se refiere es un poco oscuro, menos conocido que todos los demás: de todas maneras, hablamos de una política de élites, de la aristocracia. Esas conspiraciones implican muchas veces más una desafección de un sector de la propia corte que no todo un movimiento nacional de algún tipo.

-El anacronismo al que ha aludido es la esencia de los nacionalismos peninsulares. El vasco, por ejemplo. Vitoria siempre fue castellana.

-Y Guipúzcoa. Y Vizcaya, que era un señorío que desde el siglo XII bascula hacia la corona de Castilla. Nunca ha habido un Estado o reino o corona separada en el País Vasco. Esos territorios están enclavados en Castilla, que es incluso la que les da sus leyes territoriales. Decía Ortega que el mito es el fermento de la historia, y por lo tanto son muy importantes por su peso emocional, sean vascos, catalanes o últimamente también andaluces. El mito tiene una función fundacional. A lo largo del siglo XIX se construyen todos ellos: Viriato es un mito, como se mitifican Numancia y la Reconquista y El Cid y el pueblo vasco y la guerra de sucesión en Cataluña y la separación de 1640. Ahí radica la fuerza emocional y fundacional de los nacionalismos contemporáneos, pero la historia es otra cosa.

-Llama la atención que el independentismo catalán santifique más 1714 que 1640.

-Porque la experiencia de 1640 fue muy mala para Cataluña. La incorporación a Francia fue pura sumisión, y la monarquía francesa explotó sin contemplaciones el territorio catalán. La reincorporación a la corona española fue para ellos beneficiosa, casi casi reclamaron volver. Eso tiene mucho que ver con lo que ocurre luego en la Guerra de Sucesión: una parte de Cataluña apuesta más en 1700 por el pretendiente austriaco [el Archiduque Carlos] en detrimento del borbónico [Felipe V] porque el borbón representaba la experiencia de 1640. Lo que no querían era una monarquía de corte tan centralizador. En los dos casos, hablar de Cataluña es falso, porque hay una parte de Cataluña y unas élites catalanas que apuestan por la monarquía francesa en 1640 y por el candidato austriaco entre 1700 y 1714. Pero tampoco había unidad entre ellos.

-¿Tartessos también es un mito romántico?

-Tartessos es un asunto de enorme interés, pero desde un punto de vista estrictamente arqueológico. Parece que existió una entidad territorial en la zona de Huelva y Sevilla de la que existen restos importantes vinculados a una especie de primer Estado en la Península. Si Argantonio y otros nombres fuesen ciertos, serían los primeros hispanos a los que podemos poner un nombre. No sabemos nada del mundo moral, espiritual y creativo de aquella época. Tartessos ya es una sociedad avanzada y compleja, con un cierto tipo de autoridad territorial y comercio, pero de la que tampoco conocemos mucho más.

-Utrecht y Rastatt suponen la pérdida del monopolio comercial con las Américas, del que se aprovechaban especialmente Cádiz y Sevilla.

-La pérdida de América, alrededor de 1825, y dejando aparte Cuba, Puerto Rico y Filipinas, que siguen bajo dominio español hasta 1898, afecta ya poco a España porque la economía peninsular está muy separada. Cádiz y Sevilla sí se vieron muy perjudicadas al principio. El núcleo fundamental de Cádiz sigue siendo del siglo XVIII, parece como si el reloj se hubiera parado ahí. Sevilla, en los siglos XVI y XVII, era dos veces más grande que Madrid, y con un peso económico, artístico y político muy fuerte. No es casualidad que el conde-duque de Olivares, Velázquez y muchos otros tuvieran tanta presencia en la corte española. Todavía en el XVIII Sevilla era una ciudad de más de 350.000 habitantes. Después, en el siglo XIX, una y otra ciudad pasan a ser capitales de servicios de su provincia más inmediata, con un peso cada vez menor y con poco desarrollo económico y creciente marginación.

-¿Podrían haberse prolongado las relaciones coloniales con políticas más hábiles?

-Después de Haití o EEUU era difícil mantener el imperio como tal. Existía una clase criolla fuerte, que no era necesariamente antiespañola o independentista pero que empieza a llamarse a sí misma colombiana, peruana... esos nombres evidencian ya una vinculación muy identitaria hacia sus territorios. El independentismo es minoritario todavía a finales del XVIII, pero España intenta un mayor control de América creando más audiencias e instituciones, y eso produce en muchos casos roces y diferencias. La propia logística hacía muy inviable mantener esa conexión.

-¿Hasta qué punto hizo daño la moda de los pronunciamientos militares? Al fin y al cabo, ése es el germen del franquismo.

-Hay que tener muy claro que todos los pronunciamientos militares del siglo XIX dieron lugar a situaciones o civiles o constitucionales, ninguno de ellos llevó a un escenario militar. No los hubo después del golpe de Espartero o de los pronunciamientos de Prim, Serrano, O'Donnell, Narváez o Pavía. El problema es que se confiere legitimidad al intervencionismo, en el sentido de que el militar de 1923 ó 1936 puede pensar que en España ese mecanismo está respaldado por toda una tradición.

-Define a Franco como un hombre inexpresivo, desconfiado, prudente, conservador y católico. Ampliemos.

-Él mismo decía que sin África no se entendía a sí mismo, por tanto es un hombre de origen militarmente modesto, que hubiera querido hacer carrera de marino por su familia. La Guerra del 98 llevó al cierre durante un tiempo de la academia naval y por eso Franco entra en infantería en Toledo. Sus estudios no fueron muy brillantes, pero a partir de 1912, cuando acaba, marcha a Marruecos y asciende por méritos de guerra. Era valeroso, sin duda alguna, pero en una guerra de columnas con muy pocos frentes y operaciones de castigo más que de gran movimiento de hombres. Franco nunca emergió en los años 20 como un notable estratega. Es muy sabido que se le conocía como un militar sin miedo, misa ni mujeres. Lo de la religión empieza a cambiar una vez que asciende. La propaganda decía la verdad cuando lo destacaba como el general más joven de Europa. Se casa con una mujer de rango socialmente superior, y de África da el salto a la Península ya en puestos burocráticos importantes: director de la Academia de Zaragoza, generalato, Alfonso XIII como padrino de bodas.

-Es curioso que tanto Sanjurjo como Mola fallecieran antes de tiempo, despejándole el camino. ¿Hay resquicios para teorías conspiratorias?

-No hay misterio en los accidentes, que ocurren mucho y más en situaciones de levantamiento militar y guerra civil. Mola se estrella porque había una niebla tremenda. Cualquiera que haya pasado por la Brújula sabe que con el tipo de aviones de entonces que es muy fácil que eso le ocurra a cualquiera. El único que pudiera haber obstaculizado a Franco por tener rango mayor era Sanjurjo, pero tengo la impresión de que en el 36 los militares que se levantan ven a Sanjurjo como alguien del siglo XIX. Podría haber presidido una junta militar durante meses como hizo Cabanellas, pero nada más.

-Torcuato Fernández Miranda fue uno de los arquitectos políticos esenciales de la Transición...

-Siempre tuvo, incluso antes de asumir la presidencia de las Cortes, prestigio y fama dentro del franquismo como hombre muy inteligente, con una formación jurídica exquisita. Fue uno de los preceptores más influyentes de don Juan Carlos. Él idea el proceso para que desde la propia legislación franquista se pueda restablecer la democracia y convocar unas elecciones por sufragio universal. Probablemente luego le pareció que el proceso de democratización fue demasiado lejos. Su gran importancia estuvo asimismo en proponer y potenciar la figura de Adolfo Suárez. No rompió con la legalidad anterior porque el rey fue nombrado en 1969. Estos estados contemporáneos nuestros son complejísimos, y todo el aparato jurídico-regulador-institucional conviene engrasarlo bien porque si no le acaban reclamando a uno un piso que le quitaron en el siglo XIX.

-... Y Enrique Fuentes Quintana fue el urdidor de la evolución económica.

-Junto con Luis Ángel Rojo y alguno más, es uno de los más brillantes economistas del siglo XX. Hay que asociarlo con tres grandes operaciones económicas y nada más que tres: el plan de estabilización de 1959, que cambia toda la economía del franquismo e implica la liberalización y recortes durísimos; los Pactos de la Moncloa, que son casi lo mismo; y la entrada de España en Europa.

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