Poca historia, mucho cuento y menos espectáculo

Crítica 'El juego de Ender'

Carlos Colón

11 de noviembre 2013 - 05:00

El juego de Ender. Ciencia Ficción, Aventuras, EEUU, 2013, 114 min. Dirección y Guión: Gavin Hood (Novela: Orson Scott Card). Intérpretes: Asa Butterfield, Harrison Ford, Abigail Breslin, Ben Kingsley, Hailee Steinfeld, Viola Davis, Suraj Partha.

Orson Scott Gard ganó los premios más importantes en el terreno de la literatura de ciencia-ficción con El juego de Ender, llevada al cine casi 30 años después de su publicación a causa de una larga serie de acuerdos y desacuerdos entre productoras y directores. El guión también llevó su tiempo. El propio autor terminó su primera versión en 2003. La película se estrena una década más tarde. El resultado no está a la altura de lo que sus admiradores dicen de la novela y, sobre todo, del tiempo invertido en su preproducción y su producción. Ya lo dicen los taurinos: tarde de expectación, tarde de decepción.

Año 2070. La humanidad lucha contra unos extraterrestres invasores. Tras bordear la catástrofe se crea una confederación mundial, no exenta de tensiones internas, y un cuerpo especial de supercombatientes entrenados desde niños para afrontar lo que podría ser la batalla final. Ender es uno de ellos. Por alguna razón que desconozco Gavin Hood ha reescrito el guión y dirigido la película. Hood es un pegaplanos correcto y rutinario al que se deben Expediente Anwar y X Men orígenes: Lobezno. Poquita cosa.

Como guionista ha aguado lo complejo sin ganar espectacularidad. Es imperdonable que una película que sacrifica la densidad al espectáculo no se meta en faena de batalla hasta su última media hora. Como director ha convertido este guión que agua la novela en una película más bien plasta. Descuidando los aspectos más interesantes, que son los que tienen que ver con una especie de estalinismo o nazismo antialiegínena que forma/deforma desde niños a los superdotados para convertirlos en máquinas de matar.

La salvan de caer en lo absolutamente irrelevante dos cosas. Una es previsible y la otra no. La previsible son los buenos efectos especiales. La sorpresa es la interpretación del adolescente Asa Butterfield. Una sorpresa a medias porque sabíamos que había aprendido interpretación en la dura y siempre eficaz escuela teatral británica y que nos había dado grandes interpretaciones en El niño con el pijama a rayas y La invención de Hugo. La sorpresa, si acaso, no es que este adolescente actúe maravillosamente, sino que una producción con tantas lagunas lo haya elegido como intérprete. La elección de un siempre estupendo Harrison Ford -Mr. Regularidad- (que está envejeciendo como puede: ahora resulta que los durísimos Estudios eran unos cómodos asilos para las estrellas maduras comparados con el mercado, que los echa a dormir sobre cartones en los huecos de los cajeros automáticos del más feroz dominio de la taquilla que haya existido jamás). Estos dos intérpretes, más algún otro sin techo de productora obligado a aceptar lo que le ofrezcan, como el gran Ben Kingsley, aportan una calidad interpretativa que sirve de contrapeso a la brillante pero vacía parafernalia de efectos. Lo que podría haber sido una La chaqueta metálica espacial acaba en una Starship Troopers con menos gracia y demasiados "¡Señor, sí, señor!".

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