EL ULTIMO LATE NIGHT | CRÍTICA

Cuando la televisión vendió su alma al diablo: terror inteligente

David Dastmalchian encabeza el reparto.

David Dastmalchian encabeza el reparto. / D. S.

La búsqueda del éxito a cualquier precio sin calcular las consecuencias puede ser la base de una película de tema social, ecológico, laboral o político. Pero también de terror. Los hermanos australianos Cameron y Colin Cairnes debutaron en 2012 como guionistas y directores con 100 Bloody Acres en la que, para lograr un fertilizante eficaz que triunfe en el mercado, se utilizan cadáveres humanos. Les procuró una cierta, modesta, distribución internacional que incluyó un premio en el festival de Sitges. En 2016, con Scare Campaign, son los productores de un programa televisivo de bromas y sustos con cámara oculta los que recurren a métodos digamos que poco ortodoxos cuando una web les hace perder audiencia.

En El último late night el tema es también la pérdida de audiencia, esta vez de un programa televisivo de medianoche llamado Night Owls, y lo que su presentador, que a la crisis profesional suma la personal, hace para recuperarla. Con un formato de falsa realidad, lo que se nos muestra tras una introducción es el propio programa tal como fue realizado y emitido la noche de Halloween, y las funestas consecuencias que ello tuvo.

¿Les suena a muy visto? ¿Les echa para atrás el recurso a Halloween? ¿Les da pereza el título original –Late Night with the Devil- porque también están hartos de demonios? No se equivoquen. Los Cairnes, guionistas también como siempre, han sumado muchas buenas ideas que hacen original y distinta esta película. La primera, situar la acción en los Estados Unidos de 1977, desmoralizado tras la sucesión de escándalos políticos que culminaron en el Watergate (primera y única dimisión en su historia de un presidente), humillados y heridos por la guerra y la derrota de Vietnam (primera guerra que perdieron), sacudidos por un terrible crecimiento de la criminalidad -fueron los años más duros de Nueva York (recuerden Taxi Driver)- que incluyó varios asesinos en serie y sacudidos también por la conflictividad social y racial frecuentemente desahogada (y duramente reprimida) con violencia. Eran también los años del despegue de un nuevo terror extremo con El exorcista (1973), La matanza de Texas (1974), Carrie (1976), Halloween (1978) o Alien (1979). Y los del despegue de las versiones más agresivas de la telebasura sensacionalista, la telerrealidad y la guerra sucia por las audiencias que, precisamente en los 70, reflejó Network (1976).

La película presenta ese marco y toma elementos de ese cine y de esa televisión. Basándose, como precedente, en el falso documental de la BBC Ghostwatch emitido la noche de Halloween de 1992 como una supuesta investigación sobre la infección fantasmagórica de un barrio de Londres que los atónitos y aterrorizados espectadores tomaron por real, heredero televisivo del radiofónico La guerra de los mundos de Welles.

Los Cairnes articulan con gran inteligencia el lenguaje televisivo de los 70 -la película, como ejercicio de terror vintage, es casi un ensayo visual sobre códigos narrativos, de texturas de la imagen y estilísticos de la televisión de aquellos años- para crear un juego siniestro y eficaz con un soberbio David Dastmalchian que, por fin, tras sus excelentes trabajos como secundario sobre todo con Villeneuve en Prisioneros, Blade Runner 2019, Dune u Oppenheimer, logra un gran papel protagonista.

Tras esta gran idea de ubicación temporal del argumento y de su inteligente desarrollo con un extremado cuidado formal en fotografía y diseño de producción, los directores, no sin algunos desfallecimientos narrativos, logran que el ritmo, la fuerza y el crescendo  demoníaco de la película los arrolle y pase sobre ellos camino de un final explosivo. Una excelente y original película de terror (o meta-terror) que promete grandes cosas y los hermanos Cairnes logran mantener este tono.  

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